14 de mayo de 2014

La playa que no existía

Era tan hermosa la playa que no existía...

Tan fina su arena, tan limpia su agua, tan tibio su Sol.
Era en verdad una playa hermosa.

Sus pies hollaron la orilla blanda, dejando un rastro fácil de seguir, un caminito de pies invisibles.

Se sentó con las piernas cruzadas, suspiró, y una sonrisa le separó los labios con dulzura.
Todo era perfecto en aquel instante robado
en aquella playa inventada
tan hermosa...


Deslizó los dedos entre la espuma de las olas que intentaban romperle encima. El agua estaba muy fría, como siempre le había gustado.

Y la hermosa playa se llenó de gente,
de recuerdos,
de personas,
de visitas,
de amigos,
de fantasmas,
de quienes pedían ayuda.

Un ir y venir incesante pero pausado, como las corrientes que, en aquel mar donde no siempre se adentraba, podían llevarle lejos.

Al amanecer, el Sol escalaba montañas para dejar caer la luz sobre el agua con el cansancio de quien ha caminado más de lo que su cuerpo aguanta.
Pero poco a poco el rielar tomaba fuerza, hasta ser un espejo casi metálico en las horas de más calor.
Sin embargo, durante la puesta de Sol, las olas se volvían violetas, naranjas, rosadas... mientras dejaban a la estrella sumergirse para descansar unas horas. Para ocultarse de esa Luna casi llena que llegaba para quedarse una noche más.

Se volvía tan fría la arena durante las horas de Luna... tan blanca...
Seguro que el polvo que cubre los planetas más lejanos es así de fría y de blanca.
Al pisarla, los pies sentían cada helado grano deslizarse entre los dedos, con un escalofrío placentero.
El mar se volvía tinta con estelas blancas, y las estrellas parecían a punto de derramarse sobre el mundo, como una cascada de diamantes tallados en punta.

Y había un silencio íntimo, en una playa en la que ni siquiera el día más caluroso conocía un ruido estridente.
Pero la noche era silencio. Silencio de brisa, de mar rompiente, de grillos silenciosos.

Era tan mágica la noche en la playa que no existía...

Dejarse caer, dejarse dormir, cerrar los ojos. Sentirlo todo.

Y notar con claridad el paso del tiempo que no llega, y que a la vez parece dominarlo todo. Como si la arena de la mismísima playa se derramase, mucho más abajo y más al fondo, en un reloj de arena interminable.

Arena que se derrama y raíces que se clavan en las entrañas de la tierra.
Sol y Luna.
Flor y pluma.

Qué bella era la playa que no existía... qué perfecta.

Oculta en una cala del Alma de quien paseaba, esperaba al momento en que las visitas llegasen.

Pero... ¿qué ocurría en ella cuando nadie la recorría?
¿Acaso dormía, comía y moraba la otra compañera que siempre esperaba allí?
¿O estaba vacía por completo, abandonada a una naturaleza salvaje?
¿Existía acaso, la playa que no existía, cuando nadie la miraba?
¿Una ola que rompe sin que nadie la escuche hace ruido?

Qué más da...

Al cerrar los ojos, al buscarla, allí estaba, y era lo único importante.

Qué hermosa era, qué hermosa es, la playa que no existía.


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