28 de abril de 2014

Una carta cada día

Una carta cada día.
Durante siete meses, en estos cuadernos he escrito una carta cada día.
La primera de todas ellas, en el cuaderno de París que me regaló DM, es del once de septiembre de 2013. La última de todas ellas, en el cuaderno negro que compré en el Carrefour de El Puerto, es del cinco de abril de 2014.
La historia del cuaderno verde ya la conté aquí.

Una carta cada noche.
Decenas de cartas escritas en El Puerto. Muchas escritas de viaje: en Brujas, Quimper, Mont Saint-Michel, Rennes, Burdeos, Caen. Al menos un centenar escrito en Niort, en mi habitación sin escritorio, en la mesa de formica verde o en el sofá que se me quería tragar. Un buen puñado desgranado en Madrid, en la habitación llena de velas.

Una carta cada noche.
Algunos días estaba demasiado cansada y un par de veces se me olvidó, o me acordé ya metida en la cama, entre sueños. Pero siempre escribía doble al día siguiente. De hecho, algunas veces escribía una carta muy breve, disculpándome por no poder contar mi día aduciendo cansancio, y te contaba lo que fuese al levantarme.
Sólo una vez no escribí deliberadamente, cabreada, decidiendo regalar silencio a cambio del silencio recibido: El 11 de diciembre.

Una carta cada día.
Muchas escritas sin testigos, sola en una habitación, o en la calle.
Otras, bajo los ojos de quienes no entendían, de quienes pensaban que se trataba de un diario, o de un relato de tantos.
Muy pocas observadas por quienes sabían de verdad lo que estaba haciendo.

Una carta cada día.
Relatando lo ocurrido de la mañana a la noche, como si de un diario se tratase. Contando por escrito lo que no podía explicar por teléfono, o en ratitos compartidos.
Explicando mis pensamientos, mis emociones, mis deseos, mis preocupaciones…
Describiendo las personas que me rodeaban.

Una carta cada día.
Algunas, teñidas de tristeza, con gruesas marcas de lágrimas que han corrido la tinta y traspasado varias páginas.
Algunas, con párrafos subidos de tono.
Algunas que chorrean miel de puro empalagoso.
Algunas comedidas, sutiles.
Algunas llenas de dudas, a veces sobre cuál sería tu reacción de saber de los cuadernos. ¿Horror? ¿Risa? ¿Ternura? ¿Agobio?
Algunas llenas de certeza, atestiguando el cambio que se ha fraguado en lo más hondo de mí.
En todas, paulatinamente, se va notando un cambio de dirección, un paso de la dependencia al desapego, de la desesperación a la fortaleza.
En una de ellas llegó la serenidad de saber que sin ti sería feliz, que la posibilidad de seguir cada uno su camino era tan buena como la otra. Qué liberador es ese sentimiento.

Tantos días, tantos momentos, tantas palabras…

Durante siete meses, te escribí una carta cada día, con la esperanza de que un día pudieras leerlas todas, de que volviera a poder contarte mi día a día mientras transcurriera, y no en un diferido de papel.

Segura de que el día en que todo se zanjase, en la dirección que fuese, escribiría una última carta y guardaría para siempre los cuadernos o te los haría llegar, según lo que pasase.

Y ese día llegó.

Una carta cada día.
Tres cuadernos de vivencias que por fin he podido darte para que hagas con ellos lo que quieras. Leerlos, guardarlos, tirarlos…
Son tus cartas.
Las cartas que no quise echar al buzón.
Las cartas que recogieron mis vivencias.
Las cartas que suplieron los diarios que siempre me he negado a tener.
Las cartas que me permitieron continuar compartiendo contigo mi rutina desde la peor de las distancias imaginables.

Todas ellas encabezadas con la fecha, todas ellas firmadas.
Todas ellas escritas pensando que eras tú el destinatario. Ni una sola al azar, ni a la costumbre. Son todas para ti, son todas tuyas.

Durante siete meses, he dedicado un rato de mi día a contarte mi presente, hoy pasado, y a imaginar mi futuro, hoy presente

Ahora son tuyas, ahora no es necesario que vuelva a escribir ninguna más. Considera ésta la última de todas ellas.

Una carta cada día.
Una carta cada noche.
Dibujando el mundo en que vivía para que pudieras visualizarlo cuando te decidieras a abrir la puerta del camarote y respirar hondo el aire nuevo.

Tienes correo, aunque no lo esperases.
Sí, tú.
Hay un puñado de cartas que te llevan esperando mucho tiempo. Una por cada día. Una por cada noche. Todas ellas a tu nombre. Todas ellas con mi firma.



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