4 de abril de 2014

Sol, lluvia y granizo

Lluvia.
Frío.
Un viento atroz.

Madrid parece temblar.
Llevo el abrigo rojo y negro, los zapatos marrones impermeables, el bolso.
El pelo suelto.

Estoy sentada en las escaleras del cine Callao, y trato de leer Pirómides.
Observo.

Como un trozo de pizza que no me cabe en el estómago.

Sonrío con una naturalidad y una serenidad que no esperaba sentir.

Camino.

Y de pronto hay una especie de pliegue en las cosas razonables, lógicas, esperables y pensadas.
De pronto el Pitijueves reclama el día para sí, y nos hace merendar en el techo como en Mary Poppins.
De pronto algo, una magia única, un trozo de maravilla, aparece en el centro de Madrid y lo vuelve todo del revés.

Y el Sol sale.

Me quito una pluma enredada en el pelo. Un déjà vu ocupa su lugar.

Y después empieza a granizar como si fuese el fin del mundo. Y algún inconsciente ajeno a todo decide que es buen momento para el romanticismo bajo piedrecitas de hielo.

Las horas pasan como segundos encadenados, aunque en cada segundo cabe un milenio.

Hay que hablar bajito, porque parece que si se alza la voz el hechizo se romperá.
Pero no.
Los hechizos parecen ser más fuertes hoy en día.

El móvil se cae al suelo.

Pizza recalentada, fresas, leche, agua.

Un rehén amordazado en el fondo de la consciencia, para evitar que se haga daño a sí mismo.

Y una tormenta de verano en pleno abril.

Dormir. Silencio, calma, noche. La pureza de los momentos perfectos e inesperados.

Y un despertador que suena sin que nadie lo escuche.

Y decir que no una vez para poder decir mil veces sí.

Y la serenidad de que pase lo que pase siempre va a ser para bien.

Darle una patada a la zona de confort y salir al mundo.


Y en el metro en el que se cruzan los cuatro caminos sonreír un poquito y dejar que el agua fluya como mejor sepa, a sabiendas de que la felicidad es de quienes deciden hacer caso a la intuición, y arriesgar.



Y el Sol volvió a salir, pero el mundo al que alumbraba era nuevo

No hay comentarios:

Publicar un comentario