15 de abril de 2014

Retratos del carromato: Quetzal

Durante esos complicados meses en que todo parecía a punto de desaparecer de la faz de la tierra, hubo un reducido grupo de personas que consiguió mantener los pedazos unidos, y me ayudó a mantenerme entera. Unas veces con una conversación, otras con una bronca en su momento, y a menudo simplemente con largos correos que yo enviaba, y ellos leían y respondían con todo el cariño del mundo.

Ahora que la tormenta ha pasado, siento que les debo algo. Un pequeño agradecimiento por tanto. Y lo voy a intentar hacer de la mejor forma posible, en esta serie de retratos.


***

Al hablar de Quetzal, es inevitable que se escape una sonrisa.

Es de esas personas que, cuando conoces de lejos, admiras. De ésas que te hacen pensar "ojalá yo fuera así, ojalá yo fuese tan segura".

A veces, intimida. Se pone la armadura gruesa y deja a todo el mundo fuera, muy lejos. Sus ojos se aceran, su boca se frunce y casi puedes sentir el frío que emana.

Es inteligente, creativa y ambiciosa. Cuando sabe lo que quiere va a por ello sin dudarlo. Es tenaz, responsable, empática, sensible y luchadora.

Quetzal, aunque no lo parezca, es frágil. Necesita que la quieran, que le den un abrazo muy fuerte, que le digan lo maravillosa que es, porque a veces a la muy tonta se le olvida.
Es muy dulce, y profundamente buena, aunque en ocasiones necesite disimularlo.

Nos acercamos, hace ya media vida, porque las dos teníamos lesiones en los pies. Nos hicimos amigas.

Nos separamos mucho, muchísimo.

Pero las cosas terminan siendo como deben ser, y en aquel verano surrealista que trajo el 2008 nos volvimos a juntar. Establecimos la tradición de ir al Cantina Zapata para después pasear hasta esa pequeña heladería en la que yo siempre pido una tarrina mediana de helado de nueces.

Jugamos durante decenas de horas al "Si fuéramos" y a encadenar palabras sin pensar.

Durante muchos meses al año no nos vemos, aunque internet facilita las cosas. Quetzal tiene una expresividad cibernética que fluctúa muchísimo, pero siempre sabemos algo de la otra.

Cuando empezó la pesadilla estuvo inamovible, aunque a veces no supiera qué decir. Estando en Niort me animó a salir, a no quedarme entre cuatro paredes pensando.

Y a mi regreso todo fue a más.

La he visto casi cada semana, un lujo que pocas veces hemos tenido. Para ella no están siendo meses fáciles, pero saldrá adelante y será feliz. Lo sé. Es sólo cuestión de tiempo, y un par de empujoncitos.

Está en ese pequeño grupo de Whatsapp con una foto del mar partido en dos. Ha descubierto este tiempo cosas que no pensaba encontrar, y que a ratos no le encajan.

Quetzal es pecosa y tiene una sonrisa muy tierna. Tiene un estilazo vistiendo, y desde hace poco es alérgica al chocolate.

Tiene madera para dirigir una empresa con una mano mientras te da los mejores consejos con la otra. Quien quiera tener el privilegio de contratarla debería darse prisa antes de perder su oportunidad.

Su bola de cristal es sabia, aunque sea inmaterial. Pocas veces sus intuiciones se equivocan.

Es una de las tres personas que conservo de mi adolescencia, y no podría ser menos. Quién no va a querer a alguien tan especial lo más cerca posible



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