19 de abril de 2014

Retratos del carromato: Miss ChurriBlume

Durante esos complicados meses en que todo parecía a punto de desaparecer de la faz de la tierra, hubo un reducido grupo de personas que consiguió mantener los pedazos unidos, y me ayudó a mantenerme entera. Unas veces con una conversación, otras con una bronca en su momento, y a menudo simplemente con largos correos que yo enviaba, y ellos leían y respondían con todo el cariño del mundo.

Ahora que la tormenta ha pasado, siento que les debo algo. Un pequeño agradecimiento por tanto. Y lo voy a intentar hacer de la mejor forma posible, en esta serie de retratos.


***


Si bien a la mayoría de los retratados en esta saga he logrado darles un abrazo en algún momento de los últimos ocho meses, no es el caso de Miss ChurriBlume. La última vez que la vi fue el día del examen de Ética de la Información, allá por junio. Desde entonces, nuestra comunicación ha sido casi exclusivamente a través de Internet. Bueno, y por carta.

Es decidida. Tremendamente decidida. Acojonantemente decidida. Es un puñetero tsunami una vez que se le mete algo en la cabeza. Y por lo general tiene las cosas muy claras.

Es otra amante de los gatos, y me permitió ser vigilante ocasional de esa preciosidad blanca y psicópata que puso cara de buena para la foto.

Miss ChurriBlume es generosa, aunque no deja que nadie se aproveche de ella. Es vital, es brutalmente realista, es responsable y alocada a partes iguales.

Me llevó a cenar mexicano una noche de lluvia horrible y fue compañera en muuuchas tardes de montaditos después de clase.

Se vino a París y nos lo pateamos entero, haciendo miles de fotos por todas partes, con salida de fiesta por Bastilla incluida.

Tiene un don para encontrar ropa chulísima muy barata, y para extraerle a la vida exactamente lo que quiere de ella.

Desde el principio de esta etapa absurda fue muy ecuánime, algo que nunca le agradeceré bastante. Me ayudó a mantener la cabeza fría, y a aprender a aceptar que si algo sale mal es porque una cosa mejor está en camino.

Su carta, enviada desde Alemania en un sobre rojo, me hizo toda la ilusión del mundo, y la he releído muchas veces para no olvidar el mensaje.

La tengo muy asociada a la uni, a la carrera, a las clases absurdas y las miradas con cejas enarcadas ante las gilipolleces de los que pasan por delante.

Me acuerdo de ella cada vez que alguien me habla de aviones.

Hemos conseguido sacarnos mutuamente de quicio en multitud de ocasiones, pero la sangre nunca llega al río, hay demasiado cariño implicado.

Fue la primera en preguntarme si estaba bien cuando vio algo que iba a hacer que no lo estuviese, con el tacto suficiente para no meter el dedo en la llaga.

La tengo muy lejos, y no tiene pinta de que eso vaya a cambiar en breve. Pero siempre está a sólo un clic. Esa suerte que tengo.



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