8 de abril de 2014

Retratos del carromato: Hermhija

Durante esos complicados meses en que todo parecía a punto de desaparecer de la faz de la tierra, hubo un reducido grupo de personas que consiguió mantener los pedazos unidos, y me ayudó a mantenerme entera. Unas veces con una conversación, otras con una bronca en su momento, y a menudo simplemente con largos correos que yo enviaba, y ellos leían y respondían con todo el cariño del mundo.

Ahora que la tormenta ha pasado, siento que les debo algo. Un pequeño agradecimiento por tanto. Y lo voy a intentar hacer de la mejor forma posible, en esta serie de retratos.



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Desde el primer día que quedé con ella en septiembre hasta que nos despedimos en su coche hace un par de semanas, pasando por la comida en el Little Italy y un millar de tuits absurdos, Hermhija ha sido en estos meses el equilibrio perfecto entre comprensión y bofetadas cariñosas.

Sabía cuándo asentir y escuchar, cuándo hablar de estupideces, y cuándo mandarme un correo de dos folios diciéndome que si estaba gilipollas o qué coño me pasaba, con todo el cariño del mundo.

En los siete años (recientemente confirmados oficialmente) que hace que nos conocemos, sólo hemos coincidido en la misma ciudad uno. Y aún así hemos conseguido mantenernos al día en las novedades de la vida de la otra (aunque a veces era casi imposible, dada la velocidad de actualización).

Su vida y la mía han dado muchas vueltas, en sentidos radicalmente opuestos, en los últimos tiempos. Y a pesar de haber pasado casi tres meses a 13 escasos kilómetros de distancia sólo nos hemos visto dos veces a contrarreloj. Pero así ha sido esto siempre.

Hermhija es impulsiva, tiene mucho carácter y muy mala leche cuando se le tocan las narices. Es muy independiente y no le gusta que se hable de ella, ni que le pidan más de lo que está dispuesta a dar. Es tremendamente fácil agobiarle.

Es, sin embargo, muy cariñosa a su manera. Sus abrazos molan muchísimo, y cuando te habla con cariño recuerda a la típica abuela que te coge de los mofletes.

Le encanta Madrid, y durante mucho tiempo hablamos de vivir juntas si alguna vez se mudaba aquí. Ahora es una patata casada, así que aspiro a tenerla de vecina, ir a pedirle sal y quedarme charlando hasta las tres de la mañana.

Antes de conocerla ya conocía a su hermano, una de las personas más divertidas, humanas y empáticas que me he cruzado nunca. Al principio Hermhija era todo el rato "la hermana de...", pero al final se cambiaron las tornas.

Tiene una risa escandalosa y contagiosa, y una sonrisa comprensiva muy dulce.

Desde que la conozco creo que no la he visto tres meses seguidos con el mismo peinado. Cortes imposibles, rizos, pelo liso, todos los colores imaginables menos el amarillo pollo... Y vuelta a empezar.

Es muy muy muy miope, pero como va siempre con lentillas, despista.

Huye de la playa, razón por la que es color blanco nuclear. Eso hace juego con sus ojos y con el tono de pelirrojo que lleva últimamente. Si tuviese pecas, parecería escocesa.

Ha sido y es una de las pocas personas que me han entendido cuando hablo de determinadas cosas. Que las aceptan con una naturalidad pasmosa.

Es una tuitera muy prolífica, y es muy divertido leer sus despotriques cuando está cabreada con los profesores de su universidad, o cuando está de mal humor. 

Habla inglés, alemán y francés, y hasta español con acento portuense.

En estos meses hemos hablado más veces de que teníamos pendiente una sesión de Skype de las que realmente nos hemos sentado delante de la pantalla (que creo que han sido dos, o tres).

Le gusta ver Cuarto Milenio y comentarlo en Twitter.

Ama a los perros más que a muchas personas, y Sandokan y Zipi tienen en su vida una enorme importancia. Por eso, si quieres a Hermhija, tienes que querer a esos dos.

Fue la que me explicó con todo detalle cómo funciona el mundo del tatuaje, en el que es experta.

Es una bicharraca adorable, y mi hermhija postiza. Ahora que nos hemos puesto de acuerdo en los siete años, sólo me queda esperar que haya muchos más por delante, que a la distancia le tenemos pillado el punto.


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