18 de abril de 2014

García Márquez, buen viaje

Se ha ido.
Se ha ido y no va a volver.
Se ha ido y aún le queda un libro por publicar, que deseó que fuese póstumo.
Se ha ido y no habrá más obras suyas.
Se ha ido y yo me he enterado más tarde de lo que esperaba.
Se ha ido Gabriel García Márquez, y muchos lectores nos sentimos huérfanos de padre.

El primer libro suyo que leí fue, cómo no, Cien años de soledad. Tenía quince años, y me absorbió por completo. Ya llevaba mucho tiempo por entonces viendo a mi madre con novelas de Gabo entre las manos, y fue ella quien me lo presentó.

Tras ése fueron El coronel no tiene quien le escriba, Crónica de una muerte anunciada y El amor en los tiempos del cólera. Y muchos relatos y artículos.

Recuerdo de todos esos textos su colorido, el vocabulario tan rico, tan lleno de palabras que a veces sonaban extrañas, a menudo familiares (el andaluz comparte no pocos términos y arcaismos con los dialectos latinoamericanos) y en general brillantes.

García Márquez era, para mí, el premio Nobel que fue a Estocolmo de blanco, porque mi madre me contó esa anécdota con orgullo diez mil veces. Era el libro desvencijado de Cien años de soledad, con el árbol genealógico de los Buendía que comprobé docenas de veces. Era Crónica de una muerte anunciada con tapas moradas y el título en grandes letras blancas, el color azulado de los intestinos de Santiago Nasar. Era el olor de almendras amargas, y un examen de Lengua de primero de bachillerato.
Era en mi mente (aunque tal vez no lo fue) el mentor de Isabel Allende, que tan dentro me llegó.

No leí todas sus novelas. No seguí su vida con pasión ni escuché cada una de sus entrevistas. Sólo compré un libro suyo. No puedo decir que fuera mi escritor favorito. Pero era una especie de abuelo lejano, de punto de referencia en el tiempo, de maestro de las palabras que seguía aún en este mundo, dispuesto a compartir algunas con nosotros.

Y ahora se ha ido.
Sólo está en sus obras, en todas esas palabras que nos permitirán recordarle para siempre, en el Olimpo de los grandes al que tantos ascienden los medios pero al que muy pocos llegan de verdad.

Me he enterado de su muerte por Facebook, a través de una cita publicada por Melazzura y un epitafio de Isabel Allende. Lo he sabido sin querer, por abrir la red social en el coche, de vuelta a casa tras mi primera noche de procesiones en diez años, y casi me he sentido mal por haber pasado tantas horas de este jueves que ya ha se ha ido sin saber que García Márquez ya no estaba entre los vivos. Que este agnóstico había cerrado los ojos un jueves santo de abril.
Tal vez por eso, al llegar a casa con los pies destrozados, la garganta seca y los ojos deseando soltar las lentillas, no he hecho otra cosa que ponerme a escribir esto.

Gabo ha empezado su siguiente aventura, o tal vez ha terminado todas para siempre, pero el caso es que aquí no le veremos más.

Nos queda al menos el consuelo de sus obras, aunque nada nos quite la pena de saber que este mundo es un poco más oscuro tras haberse ido una de las pocas mentes brillantes, creativas, geniales, que nos consolaban el Alma con libros de esos que se disfrutan leyendo, en medio de tanta novela insustancial.

Buen viaje, maestro, y buen regreso a Macondo.

3 comentarios:

  1. Ya llegaremos a Macondo para seguir disfrutando y aprendiendo de él.

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  2. Para mi si que es uno de mis escritores favoritos y creo que he leido todas sus obras. Es como si despidiera a alguien cercano. Descanse en paz maestro.

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