27 de marzo de 2014

Retratos del carromato: Alano

Durante esos complicados meses en que todo parecía a punto de desaparecer de la faz de la tierra, hubo un reducido grupo de personas que consiguió mantener los pedazos unidos, y me ayudó a mantenerme entera. Unas veces con una conversación, otras con una bronca en su momento, y a menudo simplemente con largos correos que yo enviaba, y ellos leían y respondían con todo el cariño del mundo.

Ahora que la tormenta ha pasado, siento que les debo algo. Un pequeño agradecimiento por tanto. Y lo voy a intentar hacer de la mejor forma posible, en esta serie de retratos.


***

Alano llegó sin ser llamado, como suelen pasar estas cosas. Tras unos meses de poco contacto, apareció de repente y me ayudó poquito a poco a ir cambiando de rumbo.
A veces se rió mucho, a veces me dijo cosas muy duras que necesitaba escuchar.
No flaqueó.

Alano es alto, moreno y acogedor. No hay muchas personas acogedoras en el mundo, pero él es una de ellas.
Tiene un caso serio de inexpresividad wasapera, que hace que parezca un borde cuando te habla por el móvil. Sin embargo, en persona es tremendamente cálido y cariñoso, e inspira confianza por donde quiera que va.

Antes de conocerle ya le conocía. Era "el responsable ese tan serio que lleva boina en los San Jorges". Me intimidaba profundamente.
Le conocí años después, y tras una noche de charla interminable decidí que fuera mi padrino scout, y comenzamos un cruce de mails que dura hasta hoy (aunque por su parte está en servicios mínimos en cuanto a extensión).

Es divertido, cercano, y claro. Tiene esa confianza en sí mismo y su felicidad que otros pueden tomar por egolatría, y que es a lo que cualquier persona emocionalmente sana debería aspirar.

Ayuda siempre. Pero a menudo su ayuda puede ser malentendida. Hay que conocerle.

Le encantan el puchero y las palmeritas. Ha conducido coches en diversos estados de desguazamiento y estudiado y trabajado en las cosas más variopintas. Cuando le conocí se preparaba unas oposiciones, y curiosamente hoy es lo último que se plantearía hacer en su vida.

Tenía un perro, Ron, simpático y un poco bobalicón al que echas de menos incluso si sólo le viste una vez.
Antes tenía alergia a los gatos, aunque ahora se plantea tener uno.

Es especialista en intriga. Quedas con él, pero nunca puedes estar segura de si en el último momento cancelará la cita, o te llamará media hora antes para decirte que le viene mejor en ese instante.
Durante un tiempo eso me fastidió, pero siempre que le he llamado por algo importante ha tenido tiempo. Incluso el jueves que le llamé a las 9 de la mañana para ir a la cárcel a ver si me dejaban hacer un reportaje, y eso que le costó una lesión.

Entre sus múltiples empleos comenzó un par de iniciativas comerciales, la última de las cuales incluye una web que en su momento parecía un tarot para adolescentes deprimidas. Por suerte cambió la estética y, si me deja, en breve pondré mis flamantes conocimientos de Community Management a su servicio.

Con él viví la Nochevieja más especial de toda mi vida, y el 5 de enero más surrealista. Con él he aprendido a no dar nada por sentado, a aceptar, a mirar más allá, y a quererme a mí misma.

Es un ejemplo scout hasta tal punto... que muchos dirían que no es scout. Es el problema de este mundillo, que todos somos expertos.

Ha tenido conmigo una paciencia indecible, y a veces inmerecida. Pero siempre ha sido para bien.

Entiende facetas de mí que mucha gente ni siquiera conoce.

Me quiere, muchísimo, como una especie de hermano mayor y mentor. Aunque me consta que a veces le desespero y que a menudo se ríe de mí.

Yo le adoro. No podría tener un padrino mejor.

En esos meses cruciales en los que podía haberme hundido, me enseñó que en realidad estaba ante la mejor oportunidad para convertirme en alguien mejor. Y nunca podré demostrar mi agradecimiento lo suficiente.



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