5 de marzo de 2014

No nos estamos cargando la Tierra (ensayo sobre el egocentrismo humano)

[AVISO: Este post está pensado para personas con sentido del humor, sentido común y conscientes de la insignificancia humana. Si no reúne usted estas características, es muy posible que el siguiente texto le resulte ofensivo o insolidario. Para ahorrarle a usted un disgusto y a mí un comentario desaforado, si comienza ya a sentirse ofendido le ruego que en lugar de leer esta entrada lea esto.
Si a pesar de esta advertencia continúa leyendo, será por su cuenta y riesgo.
Muchas gracias.]



El ser humano es probablemente la especie más egocéntrica y que más importancia se da de todas las que viven en nuestro planeta (al menos, hasta que descubramos qué piensan los delfines de sí mismos). 
Somos la especie que se considera superior a todas las demás en cualquier sentido imaginable, y expresamos esto o bien llamándonos dueños y señores de la creación (lo pone hasta en el Génesis), o actuando con una tremenda condescendencia hacia el resto del Universo y erigiéndonos en protectores y defensores de los pobres bichos inferiores.

Sí. Sé que somos el mono con el cerebro más grande y el cuerpo mejor depilado que ha pisado el planeta. Sé que hemos sido capaces de adaptarnos a casi todos los lugares de la Tierra, hasta ser una plaga especializada y bien extendida (dirán lo que quieran de las cucarachas, pero los humanos somos mejores). Sé que hemos llegado a entender, categorizar y clasificar a casi todas las demás especies.
Pero seguimos siendo monos hiperdesarrollados, digan lo que digan los creacionistas.

Nos damos importancia. Tenemos orgasmos hablando del maravilloso ser que inventó la música, descubrió el fuego y creó Los Simpsons.
Nos pasamos mucho tiempo mirando parriba con cierto miedo, temiendo que lleguen seres de otros planetas que sean más guays, más listos, más creativos, más avanzados que nosotros (nunca más guapos, si se fijan, los aliens son siempre feos).
Y no nos damos cuenta de que somos basurilla microscópica.

De vez en cuando, la naturaleza se despereza y nos hace ser conscientes por un instante de nuestra pequeñez. Se explota un grano en Italia y Pompeya desaparece. Se le salta una lágrima y medio Japón se va a hacer puñetas, con catástrofe nuclear incluida. Tiene un escalofrío y decenas de edificios se caen como castillos de naipes.
Y en esos fugaces momentos el ser humano se da cuenta de que, en realidad, es un mojón que está aquí por casualidad y de paso. Y se ve sumido en el caos, el horror, la incertidumbre y el miedo que surgen de saberse el último y más frágil de los experimentos de la naturaleza (o del dios de turno).

Pero cuando se nos pasa el susto, volvemos a creernos los reyes del mambo. Y una de las mayores expresiones de ese egocentrismo de especie (¿especiecentrismo?) es el ecologismo.


La mayor parte de argumentos que defienden el ecologismo, la protección del medio ambiente y la lucha contra la contaminación argumentan que el ser humano está haciendo mucho daño al planeta Tierra, que lo estamos destruyendo y aniquilando. Que tenemos que protegerlo porque es nuestra responsabilidad como seres conscientes y buenos que aman la esfera azul y verde en la que viven.

Me descojono (con perdón).

¿Destruir la Tierra una especie que lleva en ella menos de una décima parte de su tiempo total de existencia? Ya quisiéramos.
¿Aniquilar el planeta una manada de bichos que con un terremoto o una enfermedad de nada desaparecen de hectáreas enteras? Venga, por favor.
Para destruir este mundo nuestro haría falta bastante más que nuestra especie.

No. Lo que estamos destruyendo a marchas forzadas con nuestra contaminación, nuestro uso descuidado de los recursos y nuestra "civilización" es el ecosistema en que vivimos. Estamos autodestruyéndonos a través de cargarnos el medio que nos sustenta.

La Tierra ha pasado por efectos invernadero y calentamientos globales considerablemente más jodidos que los que la raza humana provoca, y ha seguido adelante, manteniendo la vida en ella.
Planetas como Venus tienen atmósferas tan chungas, con efectos invernadero tan sumamente brutales que cuando llueve lo que cae es ácido sulfúrico. Y Venus sigue ahí como un campeón, de lucero del alba.
Para destruir un planeta sería necesaria una lluvia de meteoritos brutal. O tal cantidad de explosiones nucleares que partiesen la corteza como una nuez y llevasen a que el eje de rotación se desplazar y nos chocásemos contra el Sol o algo semejante.
Simplemente para destruir la totalidad de la vida en el planeta azul (bichitos microscópicos incluidos) habría que perpetrar un desaguisado de proporciones que exceden la capacidad de destrucción humana, que mira que es grande.

Incluso en el escenario apocalíptico, tan temido en la Guerra Fría, de una guerra nuclear a gran escala que trajera un invierno nuclear, una glaciación y la radiación masiva de todo el globo, la vida podría abrirse camino con sus mutaciones y sus avances misteriosos.

El planeta Tierra va a sobrevivir a la raza humana salvo que una catástrofe externa lo haga desaparecer, porque estaba aquí antes que nosotros, y soportó calamidades de mayor magnitud que las que nosotros podemos producir.

CUIDADO. Considero que el ecologismo es absolutamente imprescindible, que la conciencia para con el medio ambiente es totalmente necesaria y que hacemos bien en tratar de proteger la naturaleza. Pero me parece que lo hacemos por razones equivocadas, y que nos negamos a ver que más que un planeticidio, lo que tratamos de evitar es el suicidio colectivo de la humanidad.

Somos soberbios como especie, muchísimo. Pretendemos erigirnos en salvadores del planeta de mil maneras. Ya sea a través de la ecología o de iniciativas totalmente idiotas como la Extinción Humana Voluntaria. Y digo idiota, porque ir en contra del más básico de los instintos (supervivencia y difusión del ADN) para salvar un planeta que se nos va a llevar por delante más tarde o más temprano me resulta una imbecilidad. Nos extinguiremos involuntariamente, sin la menor duda, en un puñado de milenios, o tal vez incluso de millones de años, si tenemos la misma suerte que los dinosaurios, ¿pá qué adelantar las cosas?

Por alguna razón, y debido a la conjunción de muchos factores, se ha dado a la raza humana la posibilidad de medrar y creerse la reina de las especies durante un tiempo indefinido. Y a la vez que medra, está desarrollando hábitos totalmente insanos para su supervivencia, provocando que su tiempo de vida terrestre se reduzca. Y, en vez de clamar contra el suicidio humano a medio plazo (hablando en términos históricos) esta raza estúpida pretende perdonarle la vida al Universo y salvarlo.

Es como si nuestro tío Hermenegildo, que siempre ha sido un poquito excéntrico, se estuviera dedicando a echar arsénico en su comida y lejía en el agua que bebe, y decidiera dejar de hacerlo para salvar a los pollos que compra para comer del dolor post mortem del veneno. Ridículo, ¿verdad? Pues en el fondo, es lo que hacemos.
Nos cargamos el ecosistema que permitió nuestra existencia, contaminamos agua que necesitaremos beber, esparcimos radiactividad y humo por el aire que respiramos, gastamos recursos de los que somos dependientes... y nos compadecemos del daño que le hacemos al planeta, con una idiotez suicida indescriptible.

Y, como el niño que copia en un examen pretendiendo ser así más listo, jugamos al despiste saltándonos el protocolo de Kioto y riéndonos por dentro por ser más listos y malotes... cuando a la larga, los pulmones que envenenamos son los nuestros. Porque, ¿qué más le da a esta atmósfera nuestra tener más o menos ozono, con las vueltas que ha dado su aire en sus más de cuatro mil millones de años de vida? ¡¡Cuatro mil millones de años!! ¿Somos capaces los homo sapiens sapiens, con apenas trescientos mil años por aquí, de abarcar siquiera ese tiempo en nuestro cerebro hiperdesarrollado?

¿Qué es, para ese tiempo, para esa inmensidad, una especie más o menos? ¿Qué le importa al Universo (para el que esos cuatro mil millones de años son una nadería, y la humanidad una anécdota que ni siquiera le han contado dada su brevedad) que los dodos se extinguieran o que nuestros casquetes polares se fundan?

No, señores, no nos estamos cargando la Tierra. No estamos destruyendo el planeta, ni hiriéndolo de muerte, ni haciéndole cosquillas siquiera.
Que se extingan especies es algo que sólo le importa a la especie que se extingue (que normalmente no se da mucha cuenta) y al ser humano que es consciente de esa extinción y de la tristeza que supone la pérdida de esa diversidad. Pero a la proverbial Naturaleza le importa un pimiento que nos vayamos toda la biodiversidad a hacer puñetas, porque sabe que vendrán otras biodviersidades a reemplazarnos, y que, si no, se las puede apañar con gaseodiversidad como la de Venus. Total, más se perdió con los dinosaurios (que horadaron la Tierra durante más de ciento sesenta millones de años, y ni siquiera se supo hasta que el personal se puso a desenterrar huesos).

Así que tengamos perspectiva. Decidamos cuidar nuestro ecosistema porque es el que nos sostiene. Porque queremos seguir existiendo, simplemente porque es lo que la vida hace, crecer, medrar, reproducirse y sobrevivir. Porque vamos a estar aquí muy poquito tiempo (igual ni siquiera se nos recuerda cuando dejemos de estar) y lo suyo sería aprovechar el tiempo manteniendo nuestro medio ambiente sano para aprovecharlo mejor.

Dejemos de intentar salvar la Tierra, en definitiva, y empecemos a salvarnos a nosotros mismos, que lo necesitamos mucho más.



2 comentarios:

  1. Tengo que decir que las cucarachas lo valen, cuando vea a un humano decapitado morir de inanición cambiaré mi visión de las cucarachas como los seres superiores que son, y lo dice Terry Pratchett :)

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Jajajajaja. Hombre, es verdad que ellas tienen más resistencia que nosotros, pero en cuanto a difusión como plaga creo que ganan los humanos. Las cucarachas no han conseguido colonizar ningún sitio del polo ni de los desiertos, y los humanos sí. Aguantamos menos, pero nos adaptamos mejor.

      Eliminar