9 de marzo de 2014

La madre que parió al Levante...

En la provincia de Cádiz, en especial en su costa, hace viento prácticamente todo el año. No importa la estación, el movimiento de las nubes ni el cambio climático, el viento es omnipresente. Hay lugares, como Tarifa, en los que directamente es el protagonista de casi 300 días al año, y otros como Sanlúcar de Barrameda que por estar en la desembocadura de un gran río se libran un poco del azote.

Los dos vientos principales que se reparten la zona a partes casi iguales, y de los que todo gaditano autóctono o residente se acuerda varias veces al mes son el Poniente (del que hablaremos en una entrada futura) y el Levante.

El Levante es un viento que viene del este, del Mediterráneo. Es fresco en sus orígenes, pero al pasar por las cordilleras de esta región nuestra se cansa de subir por las montañas, se cabrea por el esfuerzo, y llega hasta nosotros calentito calentito (hay quien dice que la verdadera razón es el Efecto Föhn, pero ése no ha subido un pico en su vida).

Para cuando arriba a la Bahía de Cádiz el Levante está al rojo vivo y desbocado. Temblad, pobres mortales.

Aunque sopla todo el año, en invierno este viento molesta menos. Primero, porque como hace frío no puede azotar con el calor de verano, y segundo porque en general se sale menos de casa. Además, los mayores temporales de Levante se dan de mayo a octubre.

Pero en verano... ay, en verano. En cuanto llega el buen tiempo, el Levante se esfuerza por dejarnos sin días de playa el mayor tiempo posible.

Primero, te avisa. Se da el tiempo llamado "vaasaltar" o Levante en calma. Mucho, mucho, MUCHO calor, ambiente muy seco y ni una gota de aire. Las playas gaditanas nunca son tan bonitas ni tan apetecibles como con Levante en calma: el agua está deliciosamente fría, sin una sola ola, la arena pegada al suelo... Son los mejores días de playa.

Pero entonces, salta el Levante.

Sí, salta, salta como un canguro, y salta con una mala leche que da miedo. Salta la arena, llenando las costas de pequeñas tormentas del desierto a ras de tobillo, lanzando con saña los granos contra los que intentan disfrutar de su verano. Hay pocas cosas que piquen tanto y sean tan desagradables como la arena cuando hace una buena levantera y te llueve encima con ira.
Los que recomiendan embadurnarse en protección solar cada vez que pises la playa no han vivido el Levante. Toda la arena de la playa se te echa encima a la vez y te conviertes en un filete empanado sin posibilidad de hacer nada más que intentar sacarte la arena de los ojos. En estos casos es mejor quemarte, o pasar el día metido en el agua.

Las toallas salen volando, y es muy típico el espectáculo de una sombrilla dando volteretas orilla abajo, con el propietario corriendo tras ella, mientras los niños se apartan como pueden para que no se les ensarte el pincho en el ojo.

El agua no salta, sino que parece que la estén peinando. Hay olas pequeñas, que van casi de lado, y una corriente muy fuerte. Desde niños, los gaditanos aprendemos a quedarnos con nuestra toalla o la bolsa de playa de nuestra madre como punto de referencia en la arena, porque sabemos que cuando nos hartemos de jugar, nadar y hacernos ahogadillas, estaremos fácilmente a un kilómetro de nuestro sitio de partida, y tendremos que nadar contracorriente para situarnos delante de nuestra toalla o, si somos sabios, unos metros más allá para contrarrestar la corriente.

Los inexpertos que se han llevado la tabla para coger olas se frustran, porque además de no haber ni una decente, ellos y sus tablas son arrastrados una y otra vez hasta el quinto pimiento.

Normalmente los autóctonos gaditanos evitamos las playas los días de Levante, pero quienes han venido de fuera y tienen pocos días para disfrutar de su verano suelen obstinarse en bajar a bañarse, decididos a que "un poco de viento" no les amargue las vacaciones.
Observar a esos turistas sufrir con cara de "qué felices somos" es un pasatiempo muy divertido para quienes se pasan por la playa sin quedarse.

Pero el Levante no sólo putea a bañistas. Es un viento tremendamente desagradable que afecta directamente al humor e incluso a la salud. Habitualmente cuando hace levante todo el mundo está de mal humor. Por una parte, porque hay que estar encerrado en casa con el aire acondicionado, los ventiladores, abanicos... Pero hay algo más. Es un viento que cabrea, que vuelve a la gente susceptible, y que da dolor de cabeza.

Otra consecuencia de este simpático viento es que cuando sopla fuerte impide que los barcos salgan al mar. Y eso aquí es una putada ya no sólo para quienes pescan, sino para quienes se mueven por la bahía en catamarán, que a menudo es preferible al autobús interurbano por tardar menos (y ser más agradable).

Pero no todo es malo. Las noches de Levante (si no es muy fuerte) llegan a ser agradables, porque refresca.

Durante el invierno, sólo toca los huevos en días como hoy en que la primavera casi ha llegado, hace sol y buena temperatura... Pero un vendaval de Levante te quita las ganas de salir de casa.

Y, ¿qué pasa cuando no hace Levante? Pues que hace Poniente. Pero eso lo contaremos otro día.

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