11 de marzo de 2014

Haciendo las maletas

Llevo haciendo y deshaciendo maletas cada pocos meses desde los diecisiete años.
Tengo la sensación de que no hago más que llegar a metas volantes, que alcanzar tremendos puntos de inflexión, de los cuales probablemente este último haya sido el mayor de todos.
Una vez más, hago las maletas. De nuevo, para volver a ese Madrid que fue mi meta durante los dos años más oscuros de mi vida y mi lugar feliz desde entonces. Una ciudad que me enamoró y de la que sigo prendada seis años después. De la que añoro sus calles, su gente, sus parques, sus puestas de sol, su metro, su vida...

Esta vez es diferente a muchas de las otras veces en que un autobús insufrible me llevó a mi Madrid. Por cómo voy, por qué me llevo, por qué me espera, y por quién soy.

Estoy al final de muchos caminos, y al principio de otros. Y, sobre todo, estoy a la mitad de algunos senderos que nunca pensé recorrer, y que sin embargo están siendo muy importantes. ¿Por qué nunca parecemos acordarnos de los recorridos que tenemos mediados, y nos centramos siempre en los principios y finales?

Me voy contenta, con ilusión y con ganas de volver a mi ciudad adoptiva. Pero también me voy con un puntito de nostalgia. Porque estos casi tres meses han sido muy lindos, y me han dado cosas que no tenía. Y voy a echar de menos algunas cosas:

Voy a echar de menos los viernes con Brujita, viendo pelis acompañadas de chucherías.
Voy a echar de menos los paseos a la playa, en bici o andando, sola.
Voy a echar de menos despertarme sin prisa.
Voy a echar de menos las conversaciones en la cocina con mi madre.
Voy a echar de menos los cafés con C.
Voy a echar de menos las cenas y las charlas con Quetzal, y los ratos mágicos con ella y Alano.
Voy a echar de menos tirarme en el jardín al sol, a leer.
Voy a echar de menos mi habitación.
Voy a echar de menos los ratitos en frente del blanco.
Voy a echar de menos tener a mi familia al lado.
Voy a echar de menos las charlas de política con Plaw.
Voy a echar de menos ir a Trasgos a por incienso.
Voy a echar de menos el mar, como siempre.


Es la tercera vez que me mudo de ciudad en seis meses, para mí hacer las maletas es casi como preparar la comida para el día siguiente.
Cuando, en septiembre, me fui a Niort, estaba rota en pequeños pedacitos, y la vida no podía ser más amarga para mí, por más que tuviera delante una oportunidad increíble (en sentidos que ni yo misma imaginaba). Hice las maletas entre llantos.
Cuando, en diciembre, regresé a España, lo hice entera, serena y segura. Con cierta incertidumbre, con mil ideas en la cabeza y un torbellino de cambio volviendo del revés todo lo posible. Hice las maletas estresada.
Cuando, el miércoles, regrese a Madrid, lo haré contenta. A gusto en mi piel, segura de mi valía, con las alas y los ojos abiertos, sonriente, nueva y completa. Con una sombra de miedo, humano al fin y al cabo, que no será nada frente a la luz que da la certeza absoluta de que todo va a salir de la mejor manera imaginable. Esta noche, hago las maletas ilusionada.

Me voy. Empiezo un camino nuevo y la sensación que tengo es de fin de etapa, una vez más. De nuevo comienzo, y de estar muy muy cerca de metas que me puse hace bastante. De comprender, en lo más profundo, lecciones que en octubre me crispaban los nervios. De sonrisa y calma.

Y lo que tenga que pasar, pasará, y será para lo mejor. Porque es lo que quiero y por lo que me estoy dejando la piel.

Así que a seguir con las maletas, y con las ganas de volver a abrazar a DM, a Caballera, a Soldado Joe, a Presentadora, a Tralarí, a Naestra... Y con las ganas de recorrerme de arriba abajo la Gran Vía.

Vamos allá con el siguiente escalón...

(Eso sí, hay una cosa que no echaré de menos, y que agradeceré desde el día en que pise Madrid: No tener que bajar las escaleras a las cinco de la mañana, con los ojos pegados, sin gafas y a oscuras, poniendo en riesgo mi crisma, para poder ir al baño.)

Deseadme suerte y buen viaje... que el carromato se traslada.


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