24 de marzo de 2014

Crónica de una muerte "inminente" (DEP Suárez)

Suárez inminente
Ayer por la tarde falleció Adolfo Suárez. No ha sido una sorpresa para nadie, toda España llevaba esperándolo dos días.

Cuando, el viernes, vi que el nombre del expresidente era Trending Topic en Twitter, estaba segura de que había fallecido.
Pero no.
Por alguna razón que no consigo entender, su hijo había decidido dar una rueda de prensa para informar de que su padre estaba muy mal, y de que su muerte era "inminente".

Cualquiera que haya vivido de cerca una enfermedad terminal sabe que la inminencia en estos casos es siempre muy relativa, y que puede alargarse mucho. Y sin embargo, Adolfo Suárez Jr. se arriesgó a prevenir a todos los medios de España, a sabiendas de que eso supondría que las últimas horas (o días, o semanas) de su padre serían vigiladas al dedillo.
¿Quién quiere tener a la prensa encima en un momento tan crítico? ¿Quién convoca a los cotillas profesionales a la puerta del hospital en que agoniza su padre, sabiendo que interrogarán a todo el que entre o salga, que pedirán actualizaciones del estado del enfermo, que estarán encima de cada cambio...? ¿Quién pide esa presión extra en un momento ya de por sí tenso y tremendamente doloroso?

La verdad, no me lo explico, pero el caso es que las consecuencias fueron las obvias: Despliegue tremendo de medios, guardias de periodistas en las puertas de la clínica, programas especiales en todas las cadenas (con Ónega de invitado en casi todos), y cobertura total de la ausencia de una noticia.

Porque, como periodista, eso ha sido lo que más me ha asombrado de esta historia. Durante tres días, los telediarios han abierto con la "no-noticia" de que Suárez seguía vivo. Tres días con el "inminente" como palabra crucial, y con la espera.
Tres días en los que han pasado un montón de cosas además de que el expresidente no se muriese, pero todos esos temas han quedado en un segundo plano, como noticias menores, a la espera de que se terminase de informar sobre la absoluta ausencia de novedades y de fallecimiento.

Me parece un despropósito descomunal. Todo. De entrada, el comunicado. Pero bueno, la familia sabrá si quiere tener a la prensa encima.
Pero, sobre todo, la cobertura. Partimos de la base de que la muerte de un hombre de 81 años, con Alzheimer y una infección respiratoria es tal vez la noticia menos novedosa del mundo. Pero vale, asumimos que la noticia no es el fallecimiento de un anciano enfermo sino el del primer presidente del Gobierno tras el régimen de Franco. Aún así, hasta que Suárez no muera NO TIENES NOTICIA QUE DAR. Informa del comunicado, si quieres, y pon a los reporteros a esperar a la Muerte, pero no abras 6 telediarios con la inminencia de un deceso que no llega, porque te estás poniendo en ridículo.

Aunque, claro, si TODAS LAS CADENAS NACIONALES cometen el mismo despropósito, el ridículo es colectivo y a los medios les da igual. Mal de muchos...

En fin. Resulta que la inminencia se alarga tres días, y por fin el pobre expresidente descansa en paz (más que irse, le han echado los que querían ver el fútbol...).

Y, de pronto, estamos todos reviviendo la Transición con un fervor alucinante. Todos los que vivieron aquella época recuerdan dónde estaban en el 23F, o dónde vieron a Suárez en persona, o qué increíble fue el principio de la democracia en España.

Yo, la verdad, tengo sentimientos encontrados al respecto. No viví la Transición, y de ella he recibido dos puntos de vista radicalmente opuestos: El de mis profesores de secundaria, que hablaban de ella como un espejo en el que cualquier democracia debería querer mirarse, y el de mi profesor de Historia de España de primero de carrera (al que llamábamos "el Pasionario") que consideraba que la Transición fue una sarta de mentiras y manipulaciones que terminaron en una monarquía ilícita y una Constitución vergonzosa.

SuárezEvidentemente, ni calvo ni con tres pelucas. La Transición fue un encaje de bolillos en el que había que llevar a un país de una dictadura anacrónica a una democracia moderna sin provocar una guerra civil en el intento. Era un reto muy difícil que requirió concesiones de todo el mundo. Y salió muy bien para cómo podía haber salido.

Pero mi sensación es que no se terminó. Que, una vez superados los escollos, y el intento de golpe de Estado, y ya asentada la democracia, debería haber habido una segunda parte en la que la Constitución se prestase a ser reformada sin tener que reunir las Bolas de Dragón, en la que se hiciese una ley electoral menos blindada, en la que se pasase de una democracia en transición a una democracia de pleno derecho. Creo que nunca dimos ese paso, y que esos polvos son los causantes de parte del lodazal de estiércol en el que andamos hoy sumergidos.

Con esto quiero decir que aclamar a Suárez como el héroe de la política española del siglo XX y decir "hoy no tenemos políticos así" es bastante inexacto, ya que de su política derivaron problemas de la política actual. Probablemente él poco habría podido hacer a partir de un determinado momento, ya que sólo era un hombre. Pero también fue sólo un hombre cuando participaba en la Transición. Aunque fuera uno con mucho carisma.

Me molesta mucho, eso sí, que lo llamen en cada artículo y cada reportaje "el primer presidente de la democracia", dando a entender que antes de 1978 España nunca había votado a un presidente. Eso es falso. Cánovas, Sagasta, Azaña... son sólo tres de los presidentes electos que ha habido en este país, todos ellos anteriores a Suárez. Con sus corrupciones, sus errores y sus aciertos, pero elegidos en democracia.

Suárez es el primer presidente de la democracia post-franquista. Una democracia que debería haber seguido ininterrumpida desde el fin de la dictadura de Primo de Rivera hasta nuestros días, pero que se vio truncada por un golpe de Estado contra el Gobierno democrático, que acabó en Guerra Civil.Y llegamos a la democracia con cuarenta años de retraso, y teniendo que volver a aprender lecciones que ya sabíamos en 1934. No nos conviene olvidarlo.

Ahora, tras su muerte, llegarán las avalanchas de alabanzas, incluso de aquellos que en vida no le dejaron en paz (siempre he pensado que su Alzheimer tenía algo de querer borrar de su mente lo mal que lo pasó en política). Y nuestros lamentables políticos le pondrán de ejemplo, sin querer aprender nada de él (no le vendría mal a Mariano copiar su diplomacia a la hora de pactar a la vez con Carrillo y Fraga). Porque no hay como morirse para ser amado por todos. Sobre todo en España.

Se ha ido un testigo privilegiado de una época crucial de nuestro país, una época que nos hizo ser lo que somos, para bien y para mal. Se ha ido tras tres días de espera, diez años de enfermedad y ochenta y uno de vida. Y será recordado, no cabe duda, aunque no sabremos si como él quería que se le recordase.

El mejor artículo de cuantos he leído es, sorprendentemente, éste, en el que retratan su papel en ese cambio político nuestro de manera muy concisa, y muy acertada.

Descanse en paz, don Adolfo, que merecido se lo tiene.



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