19 de febrero de 2014

Vociferadores

En el universo de Harry Potter existe un tipo de carta especial que se llama "vociferador". Es una misiva que lee en voz muy alta el mensaje que lleva escrito con la voz del remitente. Si lo abres, grita sin más. Si no lo abres, aunque Neville dijo en su día "yo una vez no lo abrí... y fue horrible", lo cierto es que simplemente estalla y vocifera el mensaje igual. La diferencia es que si lo abres, al menos puedes decidir dónde aguantas el griterío.

Hay días en que deseo fervientemente que los vociferadores existan, que sea posible escribir una carta en la que desahogar todas las cosas que se me pasan por la cabeza, y enviarla a quienes parecen vivir ajenos a la realidad y a todo lo que les pueda incomodar remotamente.

Que igual me dicen ustedes, "Pues llámales y móntales el pollo, Buhonera. O mándales una nota de audio, o un vídeo". Pero no es lo mismo. No es lo mismo lo que gritas en un enfado que el torrente de palabras que puedes volcar en una carta cuando de verdad tienes mucho que decir. Las cartas vienen de la razón, aunque la emoción las inspire. Los gritos desaforados no tienen razón por principio.

Un vociferador es una forma de obligar a un idiota, o a un atolondrado, a escuchar las palabras que se niega a aceptar, y que de escucharlas en boca de alguien que grita le permitirían decir "Mira qué número está montando... Si es que quien pierde las formas pierde la razón".

Un vociferador no puede ser tirado a la basura ni ignorado como una carta normal. Porque explota. Explota, le prende fuego a lo que tiene cerca, y te suelta las verdades que alguien ha volcado dentro, quieras escucharlas o no. Las suelta a tal volumen que el Gran Comedor entero gira la cabeza para ver a quién le ha llegado el sobre rojo. Rojo, como se le pone la cara al que recibe la carta que preferiría no escuchar.

Por supuesto, los vociferadores también pueden utilizarse para hacer daño. Para humillar, para que alguien inocente reciba los gritos de un energúmeno que no tiene el valor necesario para plantarse ante él.

Pero yo nunca utilizaría uno de ellos para atacar a nadie. Si tengo que insultar a quien me ha hecho daño, prefiero hacerlo en persona.

Yo utilizaría mis vociferadores para hacer llegar las verdades más sencillas a quienes se
pasan la vida fabricando fuertes que les protejan de ellas. Para obligar a quienes se mienten a sí mismos a mirarse en el espejo. Para poner en evidencia a los cobardes y hacerles ver las consecuencias de sus mezquinos actos, o de la mezquina ausencia de ellos. Para que todas las páginas escritas tuvieran una forma de defenderse ante la ignorancia, la desidia, la indiferencia y el autoengaño.

Haría vociferadores especiales, que se reconstruyeran y volvieran a gritar su mensaje si el destinatario lo olvidara.
Otros que no ardieran hasta que quien los recibiese hubiera escuchado la carta completa, sin taparse los oídos, sin negar un ápice de la realidad.
Otros capaces de llorar. Porque a veces es fácil esconderse de la realidad del sentimiento ajeno cuando nos llega por carta, o cuando grita. Un vociferador con los ojos del remitente, que se clavasen en los del destinatario y llorasen si quien sujetó la pluma lo hizo, corriendo la tinta.
Otros felices. Vociferadores de alegría, para hacer que quienes se empeñan en redondear el mundo hacia abajo vieran lo bueno de la vida y sus posibilidades.

Regalaría vociferadores en blanco a todos aquellos que a veces no saben decir lo que sienten, o que no son escuchados por los que viven felices en una sordera perpetua.
A los débiles.
A los heridos en lo más hondo por el descuido de otros.
A los que por no hacer daño, no actúan.
A los que anteponen la felicidad ajena a la propia.
A los que se sienten oprimidos.
A los abandonados.
Para que todos ellos tuvieran la oportunidad de ser escuchados sin excusas ni escapatoria posible.

Porque este mundo está demasiado lleno de cobardes, de pusilánimes y de sordos y ciegos voluntarios, que prefieren negar la realidad y fingir que todo es perfecto en lugar de ver el daño que causan, o de embarrarse los zapatos creando una realidad mejor.

Porque pasamos la infancia aprendiendo que los gritos desaforados no ayudan a nadie a vivir mejor, pero nadie habla nunca de los dolorosos silencios ni de las frases breves que matan, destruyen y condenan al olvido a quienes no son capaces de gritar.

Hay días en que enviaría decenas de lechuzas transportando sobres rojos, a conocidos, seres queridos y desconocidos que necesitan escuchar verdades que acallan cada segundo, causando daños inconmensurables.

Pero, por desgracia, los sobres rojos aún no existen. Y tengo que conformarme con verter ríos de tinta en cuadernos y cartas (unas que envío y otras que no) y en volcar en un blog mi deseo de poder gritar la realidad tal cual la siento a los que se limitan a pasar por la vida esperando a que algo les ocurra.

Sin embargo, como en el fondo en esta vida todo sucede para bien, a la larga los destinatarios de los vociferadores que no envío se toparán de boca con la realidad que negaron con denuedo. Y tendrán que rendirse ante la evidencia.
O tal vez no. Tal vez insistan en su estúpida testarudez ciega, demostrando que nunca valieron la pena y que se enclaustraron en una fosa de la que no desean salir.


Por el momento, yo sigo escribiendo, porque es lo que mejor sé hacer. En cuadernos, en folios, en blogs y programas de ordenador, a la espera de ese sobre rojo que me permita hacer llegar mi voz a todos los sitios posibles. Conformándome entre tanto con cincelar palabras llenas de toda la verdad que tengo dentro, sirva para lo que sirva, en donde quien quiera y sea honesto pueda reconcerlas, y reconocerse.



"La quinta lechuza salió disparada de la chimenea, tan deprisa que chocó contra el suelo antes de volver a emprender el vuelo con un fuerte aullido. Harry levantó las manos para coger la carta, que iba en un sobre de color escarlata, pero el pájaro pasó volando por encima de su cabeza y se dirigió hacia tía Petunia, que soltó un chillido y se agazapó, tapándose la cara con los brazos. La lechuza dejó caer el sobre rojo sobre la cabeza de tía Petunia, dio media vuelta y volvió a colarse por la chimenea.
Harry se abalanzó sobre su tía para arrebatarle la carta, pero tía Petunia se le adelantó.
—Puedes abrirla si quieres —dijo Harry—, pero de todos modos oiré lo que pone. Es un vociferador.
—¡Suelta eso, Petunia! —rugió tío Vernon—. ¡No lo toques, podría ser peligroso!
—Va dirigida a mí —se excusó tía Petunia con voz trémula—. ¡Va dirigida a mí, Vernon, mira! Señora Petunia Dursley, La Cocina, Privet Drive Número Cuatro…
Contuvo la respiración, horrorizada. El sobre rojo había empezado a echar humo.
—¡Ábrelo! —le pidió Harry—. ¡Ábrelo ya! De todos modos ocurrirá.
—No.
A tía Petunia le temblaba la mano. Miró frenéticamente alrededor, como si buscara una ruta de huida, pero era demasiado tarde: el sobre empezó a arder. Tía Petunia gritó y lo soltó con rapidez. Se oyó una voz imponente que resonaba en el reducido espacio de la cocina; salía de la carta en llamas, que había quedado sobre la mesa.
—«Recuerda mi última… Petunia.»"

(Harry Potter y la Orden del Fénix)

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