5 de febrero de 2014

Utopía

Sonrió.
Y al ver el gesto, sintió que podría perderse en su sonrisa.
Ni siquiera sería difícil. La tenía ahí, al alcance de los dedos. La sonrisa más bella del mundo.
Quiso alzar la mano. Quiso dibujar el perfil de sus labios con las yemas de los dedos, dejar que su piel conociese la textura de su boca, aprenderse de memoria cada pequeña arruguita.

Y, de pronto, ya no estaba.
No había sonrisa.
No había boca.
No había rostro.

Sólo un mar inmenso, salpicado de olas blancas, bramando.
Vacío y lleno al mismo tiempo, sin tener sentido alguno.

Se despojó de la ropa, prenda a prenda, aún creyendo ver ante sí la sonrisa ausente.
Dejó caer la tela cortada a sus pies sin dedicarle un sólo pensamiento, hasta quedar en la más completa desnudez.

Se arrojó al agua con agilidad, y sintió que el mar abrazaba su cuerpo.
Y nadó.
Braceó con pericia, controlando su respiración, asegurándose de no malgastar un sólo movimiento, avanzando con toda la velocidad que le daban sus músculos.
Tenía los ojos cerrados, los lacrimales le escocían por la sal.
No sabía hacia dónde iba.
Sólo sabía que debía seguir nadando.

Avanzó.
La marea se movía, inexorable, y las corrientes jugaban a zarandearle.
Sentía sus piernas gritar de dolor cada vez que pataleaba, cada vez que se movía hacia delante.
Pero no podía detenerse, no podía desfallecer.
Necesitaba esa sonrisa.

Se detuvo, sintiendo un cansancio inhumano.
Giró en el agua y se tumbó bocarriba, con los brazos en cruz.
Las olas mecieron su espalda como una cuna, y sintió como si cayese flotando por una suave cascada infinita.
El Sol le acariciaba las mejillas y le secaba el agua de la piel, dejando regueros blancos de salitre.

Dejó que sus miembros descansasen y volvió a ponerse en marcha. Tenía que continuar, tenía que seguir nadando.

Y continuó.
Una figura diminuta en un océano demasiado grande para los sueños pequeños.
Una flecha cortando un agua que llevaba allí más tiempo que el propio cielo.
Un único ser humano persiguiendo un imposible.
¿Quién lo deja todo por perseguir una utopía?

El agua salada le entraba en la boca a ratos, y cada vez era más difícil soportar la sed.
Sin embargo, no tenía otro remedio, ¿qué agua dulce iba encontrar en medio del mar para saciarse?
No era importante. Nada era importante.
Sólo seguir nadando hacia un destino que nadie le había revelado.

Y entonces...

Un bote.

Una pequeña barquita de remos en medio del océano Atlántico.
¿Qué era aquello?
No podía ser sino una señal.
Se alzó por la borda de la embarcación, se sentó en la pequeña tabla que cruzaba el bote y comenzó a remar.

Ahora era más fácil.
Ahora podía abrir los ojos y seguir un rumbo.
Ahora podía descansar sin miedo a las corrientes.
Ahora podía pescar para saciar su hambre.

Por la noche buscaba Orión, la Osa Mayor y Casiopea, y decidía un rumbo marcado más por la intuición que por ningún mapa conocido.
Eran tan hermosas las noches en su barquita...
Las estrellas le miraban como un millar de diamantes engarzados en terciopelo oscuro. Diamantes que se movían, guiñaban sus ojos diminutos y le animaban a continuar.
Dormitaba, confiando en la seguridad del ancla, recordando un poco e imaginando otro poco aquella sonrisa.
Y al amanecer continuaba remando. O, si el espacio del bote le angustiaba, se lanzaba al agua y, con una gruesa soga cruzada sobre el torso, remolcaba la barca hacia un nuevo destino.
Continuar hacia delante, hacia el destino esperado.

A veces la soledad lo desdibujaba todo.
Parecía imposible continuar, confiar en su rumbo, en su bote, en sus maltratados músculos.
Se le pasaba por la cabeza volver, pero...
En el fondo, sabía que no había lugar al que volver, nunca podría alcanzar la misma playa.
Debía seguir adelante o arriesgarse a llegar al peor lugar posible.
Y no había apostado tanto para rajarse antes de llegar.

No escasearon los vecinos. A menudo se cruzaba con otros nadadores, y con otros marinos.
Hombres, mujeres... Personas que buscaban sus propias utopías, sus propias sonrisas perdidas.
Algunos eran mezquinos, egoístas y cobardes.
Otros eran nobles, honestos y generosos.
A veces era una isla la que aparecía en el horizonte.

Pero no podía permitirse distraerse, debía continuar.

Y entonces... apareció el velero.

Un barco de grandes velas blancas, y un motor para los momentos de calma chicha.
Con dos camarotes, dos timones, y una nevera repleta del agua más fresca.

Y se alegró tanto... ¡debía ir por buen camino!

El viaje mejoraba por momentos.
El velero, con la barquita atada y a remolque, le hizo ganar velocidad.
Le permitió descansar.
Le ayudó a ganar precisión en su rumbo.

Lo sabía, cada milla que surcaba le acercaba a su destino, a la sonrisa anhelada. Y aquel océano sabio le ponía en el camino las herramientas para hacer mejor su búsqueda, cuando sentía que era el momento para ello.

Al fin y al cabo, cuando se echó al agua no tenía fuerza para remar en el mar.
Cuando subió al bote no tenía experiencia navegando.
Y sin duda el velero le enseñaría nuevos trucos para avanzar aún más rápido, con aún más precisión.

Tirando de los gruesos cabos que hacían izarse las velas, sonrió.
No tenía prisa, pues sabía que la meta se acercaba a medida que las olas se abrían a su paso.
Y el aprendizaje en el camino habría sido ya meta sobrada para merecer la pena el viaje.

Sonrió.
Y su sonrisa despertó el eco de la sonrisa lejana, que esperaba al mismo tiempo que buscaba su propia utopía.
Pues las sonrisas han de estar siempre ocupadas, siempre luchando, siempre aprendiendo, para nunca marchitarse.

Y aquel bendito océano azul, que llenaba medio planeta de agua y vida, acogió cada utopía, cada sonrisa y cada sueño.
Pues no hay sueños que no sea posible cumplir en el mar, si quien los sueña es capaz de dibujarlos en la arena.






***

Para mi querido cisne Leygaz, que sigue buscando sonrisas surcando aguas. 

1 comentario:

  1. Preciosa metáfora de la vida, de una actitud, de un camino a seguir. Encantado de leer tus palabras una vez más

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