11 de febrero de 2014

Pelusa


Ésta es Pelusa.
Llegó a casa hace cuatro o cinco años.
Es persa, de color gris.
Antes de ser de mi hermana era de un futbolista relativamente conocido, que llevó una gata nueva a casa. Pelusa (que entonces se llamaba "Woman") no llevó bien la llegada de la intrusa y dejó de comer. Así que le buscaron un nuevo dueño.
Y mi hermana la adoptó.
Le cambió el nombre a Pelusa porque es exactamente lo que parece cuando está hecha una bola: una pelusa gigante de esas que te encuentras cuando te acabas de mudar y metes la escoba debajo de un mueble.

Mi madre, que nunca ha querido bichos en casa aunque ha tenido más de los que cabría esperar, al principio no estaba muy contenta. Poco a poco le cogió cariño, y a día de hoy se duermen las dos en el sofá a la misma hora.

Le encanta el jamón de york, y subirse a la mesa a picar de los platos cuando cree que no la vemos. Una vez la pillamos lamiendo una pared en la que había salpicado aceite de anchoas.

Pese a que tiene pinta de gata cojín de señora rica, le encanta irse a la calle. Salta la tapia del colegio de al lado y se queda allí horas. Pero a veces, cuando nos oye llegar, viene corriendo y entra en casa con nosotros.
Caza pájaros, y se le da genial. Los acecha, salta y los trinca. A veces falla el intento y persigue al pobre animal por todo el porche, en un revuelo de aleteos, plumas y graznidos que no suele acabar bien.
Unas veces se come al pájaro y otras nos lo trae como trofeo. Mi hermana lleva mal lo de agradecer como regalo un cadáver (o un pájaro tetrapléjico, que alguna vez ha sido el caso) pero Pelusa lo hace con buena intención.

No sabe maullar. Hace un ruido que recuerda al que haría una cabra afónica. Una tarde mi hermano intentó enseñarle, con un maullido bastante profesional. Él maullaba y la gata repetía. Lo cierto es que logró mejorar en sonoridad y tono, pero como no perseveraron en las lecciones, Pelusa volvió a su quejido extraño.

Es un poco María Dolores.
Tiene una hernia en el vientre que no le hemos operado, pero que da mucha grima cuando la tocas sin esperarla.
Cuando nos la dieron estuvo un tiempo en tratamiento para las bolas de pelo que formaba en el estómago al limpiarse. Había que darle un jarabe. Recién llegada a casa y con los nervios, nos puso finas a arañazos a mi hermana y a mí.

Hace un año y pico tuvo una herida muy fea en un ojo. Estuvo mucho tiempo en tratamiento, con miedo de que lo perdiese, pero todo acabó bien.
Eso sí, se le quedó una manchita blanca en el cristalino que le hace parecerse al malo de Willy Fog.
Por aquella época, había que ir al veterinario cada semana para ponerle un antibiótico. Una de las veces el doctor le dijo a mi madre que le pusiera ella el pinchazo en casa. Al hacerlo, la gata (que jamás se había quejado en la consulta) soltó un grito y se quedó con las cuatro patas tiesas. Mi hermana empezó a gritar que mi madre había matado a su gata y mi madre llamó al veterinario, acojonada de haberle dado la puntilla a la pobre Pelusa. Pero no. Resulta que los gatos, como muchas personas, se hacen los valientes en el médico y en casa son un pelín más exagerados. Siempre le había dolido mucho, pero sólo lo demostró cuando estuvo en su ambiente. Qué susto.

Por alguna razón, prefiere beber el agua de lluvia que se acumula en cubos en el jardín, y la que dejamos en vasos en el salón, antes que la de su cacharro.

Al principio de tenerla en casa la lavábamos. Era divertido, porque intentaba escaparse, y porque toda su dignidad de gata millonaria desaparecía.
Pero empezamos a comprobar que cuando se secaba empezaba a ponerse pelirroja, de ese tono rojizo feo que les queda a las señoras muy mayores que se tiñen en su casa.
Y desistimos. Con cepillarla, y los lametones que se pega ella, era bastante.
Con el pelazo que tiene, el cepillado es peliagudo. Se le enganchan ramitas y se forma una bola apelmazada que hay que cortar.
Cuando, después de cortar todos los bolondrios, te pones a cepillar, parece que va a quedarse calva. Mucho pelo se queda en el cepillo, y aún más revolotea a tu alrededor. Ella lo soporta con estoicismo, pero en cuanto ve la oportunidad se va corriendo.

Va a su rollo, como todos los gatos. Aparece de pronto en el salón, se enrolla a tus pies, ronronea un rato. De pronto se levanta, va a la puerta y grazna para que le abramos.
Un día está totalmente desaparecida, y la encontramos metida en un armario, o hecha una bola en el garaje.
Le gusta acurrucarse en mantas de colores fuertes, el rojo parece gustarle especialmente.
Es cariñosa a su manera. Intenta que le hagas arrumacos, y ronronea si le acaricias donde le gusta.
Un verano que hicimos obras en casa y estuvimos casi un mes viviendo en otro sitio y sólo íbamos a verla un ratito, nos echó mucho de menos. Cuando por fin volvimos estaba asustada y no quería salir de casa. Seguramente temió que la abandonásemos.
Si te ve llorar se te echa encima y te aplasta. Y no te pide que le acaricies, sino que se queda sobre ti ronroneando sin moverse.

Es mi gata de repuesto, para quitarme el mono de no poder tener una en Madrid. Y yo soy su dueña postiza, que le hago caso cuando estoy pero no la veo demasiado.

Es una gran compañera para las noches de manta y peli, aunque es mejor no dejar que se acerque a las palomitas. Se le pegan a los bigotes y se pone histérica tratando de quitárselas.

4 comentarios:

  1. Q buena descripción. Me recuerda a muchas historias sobre animales de compañía q yo he vivido. Me gusta mucho como escribes.

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  2. Qué guapetona. Yo tuve un gato diez años y nunca lo lavé. Lo cepillaba y le pasaba un pañito. Muy maja, Pelusa.

    Me quedo con las ganas de saber quién era el futbolista :-)

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  3. a mi no me gustan los gatos :/ .
    ami me gustan mas los perros porque son muy monos

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