21 de febrero de 2014

El espejo

Hoy he puesto un espejo nuevo en mi habitación. Es pequeño, rectangular, y con el marco con una especie de filigrana plateado.
Es bonito y es, en cierta forma, heredado.
Es uno de los muchos cambios que he hecho en mi habitación este invierno. 

Este cuarto es mío desde hace sólo 3 años, y es la primera habitación para mí sola que he tenido en casa de mi madre desde los once años.
Es una buhardilla con el techo inclinado y una puerta baja con la que es fácil golpearse.
Las paredes están pintadas de azul claro, aunque pronto pasarán a ser verdes.
Tiene dos ventanas: una rectangular y una redonda, como un ojo de buey. La redonda la tapa una larga cortina morada que deja pasar mucha luz, por lo que por las noches la tapo con dos pañuelos.
La lámpara del techo tiene forma de sol, y es chulísima, aunque no admite bombillas muy potentes.

Hay un escritorio y una silla de Ikea que monté con mucha paciencia y un poco de desesperación el verano que pasó a ser mi habitación.
Hay una estantería con sólo algunos de mis libros favoritos, muchos cuadernos y carpetas viejas. En ella hay un caleidoscopio, una máscara veneciana, un Ferrari pequeñito y muchas cajitas llenas de cosas inesperadas.
Hay un baúl de libros que escribí en el instituto.
Hay un póster enorme con la cara de un tigre blanco tamaño XXL que me trajo un amigo de Manchester en 2006. A muchos de los que entran en la habitación les intimida, pero a mí me flipa.
Hay dos meigas galegas: Una muy muy grande sentada en una plataforma donde solía haber una tela y otra pequeñita colgada del techo.
Hay una cama con otra cama debajo, que compraron para mí y mi hermano cuando nació.

Cuando volví de Niort, en diciembre, cambié todos los muebles de sitio y redecoré el cuarto. En aquel momento parecía una idiotez, ya que no pensaba estar aquí mucho tiempo, pero ha resultado ser una buena idea. Tengo mi refugio mientras vivo aquí, y un sitio al que volver cuando regrese a ese Madrid que me llama desde lejos y que tantísimo echo de menos.

Al cambiar la habitación moví la cama debajo de la ventana cuadrada, dejé bajo del ojo de buey un hueco para la guitarra y compré un corcho mucho más grande para llenarlo de fotos.
Lo llené todo de velas y rescaté un viejo incensario del armario.
Utilicé abalorios que ya no me ponía para decorar.
Y, por supuesto, añadí cositas que se vinieron conmigo de Madrid y que son parte de todas las habitaciones que he tenido allí desde que me fui de casa: Sita, la pequeña tigresa de peluche, la lámpara de bola de colores que me compré en Montmartre, el hilo metálico cuelga fotos que me regaló Minette...

También compré una funda nueva para el edredón y una manta roja en el Ikea, y me hice con una colección de piedras, y recogí decenas de conchas de nácar en la playa.
Puse fotos antiguas y otras muy recientes.
Colgué mis pendientes en un pañuelo enganchado a la pared, algo que empecé a hacer en mi penúltimo piso madrileño.
Quité de enmedio la orla del instituto y puse la de la carrera (la pequeña, la del grupo de amigos, creo que la grande no me cabe).

Y hoy he colgado el espejo.

Es curioso. Justo antes de ayer mi póster con las insignias de todas las asociaciones scouts del mundo claudicó y se vino abajo tras 8 años de fiel servicio en 5 paredes diferentes. Y me dejó el hueco perfecto para el espejo.
Si aún creyese en las casualidades, diría que ha sido una muy oportuna.

Es, en rigor, el tercer espejo de mi cuarto.
El primero es de cuerpo entero, y está en la puerta derecha del armario empotrado derecho. Pero ése sólo se ve si abres la puerta para mirarte.
El segundo es de Marruecos, y está colgado junto al corcho, al lado de la puerta. Es el de mirarte justo cuando vas a salir.

Éste lo he colgado justo encima de mi cama. Cuando voy a acostarme, me veo reflejada con la cara de sueño y las gafas a medio quitar. Sin embargo, al levantarme le doy la espalda.

Está sujeto por dos cuelgafáciles que me costó la vida clavar. El martillo no aparecía en ningún sitio de la casa, y tras buscarlo infructuosamente me lo topé en el armario de mi hermana. Me pregunto qué hacía con él ahí... ¿tan grandes son las polillas?
Cuando lo tenía colocado, Quetzalita me dijo que intentara ponerlo en horizontal, que quedaría mejor. Lo descolgué, llevándome por delante uno de los putos cuelgafáciles y comprobé si efectivamente iba mejor del otro lado.
Así era, pero tiene los huecos para colgarlo de manera que sólo puede ir en vertical.
Así que vuelta a clavar los cacharritos y a poner el espejo.

Tengo cierto miedo de que se me venga encima mientras duermo. Pero bueno, si lo hace será sobre el edredón, y mi costado. No creo que cause muchos daños.

Es un espejo estrecho, bonito, que va bien con el estilo mezcla de recuerdos y baúl de mercadillo que tengo en esta habitación que es mía pero que está vacía muchos meses al año.

Es otra cosa de ésas que últimamente llegan a mi vida de manera "casual" y que me llevan a una reflexión absurda que me deja a medio sonreír.

Es un espejo en el que mirarse cuando llegas. En el que sorprenderte por lo guapa que estás aún a estas horas y con el pelo revuelto. En el que fijarte en que con 23 años ya tienes alguna cana que otra. En el que ponerte de rodillas y mirarte con el entrecejo fruncido a ver si ese grano tiene solución. En el que ver reflejada la vela roja de la esquina y sonreír.

Es una excusa perfecta para un post nocturno sin más sentido que darle vueltas a mi habitación.

Buenas noches.

1 comentario:

  1. Hola que blog tan chulo. Espero que ganes te hemos votado yo y todos mis amigos en 20minutos seguro que ganaras. Besos Atte Nazaret

    ResponderEliminar