3 de enero de 2014

Para verte mejor

Era verano, yo tenía 8 años y no veía un pimiento.
Llevaba cierto tiempo quejándome de que no veía y mis padres pensaban que lo decía para que me sentasen cerca de la pizarra, con una de mis amigas de la que me habían separado por charlar.
En un viaje en coche decidieron comprobarlo con pruebas rudimentarias.
-Buhonera, léeme la matrícula del coche de delante.
-Emm... CA... cinco... seis... ocho... uno... ¿a equis?
-Eh... 
-Bueno, inténtalo con el que nos acaba de adelantar.
-Mmmmmm...... Ese... ¿E? Tres... ¿un seis o un cero...? cuatro... ¿dos? Sí, dos... Te. Creo.
No daba una. De hecho no daba una hasta tal punto que no tenían claro si era verdad o no. No era posible que viera tan poco.

Paramos en un bar y siguieron pidiéndome que leyera carteles. No leía nada.

Y mi padre me hizo la prueba definitiva:
-Buhonera, si lees ese cartel verde de al lado de la barra te doy cinco mil pesetas.
Me sentí Cíclope, concentrando los ojos hasta que casi me quemaban para leer aquel papelito. ¡¡¡Cinco mil pesetas!!!
Pero no lo leía.

Así que me llevaron al oculista, y pasé por primera vez por la rutina que repetiría muuuuchas otras a lo largo de mi vida: Cartelito con letras, con una E girada en todos los sentidos posibles, distinguir colores...
Luego gotas que queman en los ojos y te dejan hecha un búho.
Y luego una máquina infernal que te deslumbra tus pobres retinas desprotegidas para verte el fondo del ojo.
Diagnóstico: Miopía magna. Gafas. Gafas de culo de botella con ocho años.

Mis primeras gafas fueron redondas, de montura dorada. Y allá que llegué al cole con ellas.
Yo estaba súper orgullosa de mis gafas, y de lo bien que veía.

Al principio no me acordaba de que llevaba gafas y me metía en la ducha con ellas, o me tiraba al mar sin acordarme de quitármelas.
Poco a poco me fui acostumbrando a mi miopía y sus consecuencias.
A que el primer gesto cada mañana fuera alargar la mano a la mesita, antes casi de abrir los ojos.
Al "mamá ya no veo, hay que ir al oculista".
A cuidar de las gafas como de un tesoro. Cuidar de que no se rayaran, se rompieran, se perdieran.
A aprender a ponerme lentillas, metiéndome los dedos en los ojos sin cerrarlos.
A cuidar de las lentillas, a saber qué hacer si se te rompe una en el ojo, a distinguir derecho y revés.
A tener dos pares de gafas de sol: unas graduadas y otras sin. Y a llevar los dos encima.
A ver crecer tus dioptrías con cierta preocupación, "¿es que esto no para nunca?"
A encontrarle el romanticismo a ser cegata. Sólo a quienes se despiertan a tu lado podrás verles la cara con nitidez sin gafas ni lentillas.
A que te pidan las gafas y te digan "¡Dios qué mareo! ¿¡Tan mal ves!?"
A envidiar muchísimo a los que ya han podido operarse y te cuentan lo que se siente al abrir la ventana recién levantado y ver sin más.




A día de hoy tengo más de seis dioptrías de miopía en cada ojo, además de cierto astigmatismo.
Para que nos entendamos, si me quito las gafas no veo las letras de un libro si están a más de 5 centímetros de mis ojos.
Si me quito las gafas no distingo bien las formas que están a más de un metro y medio de mí.
Si me quito las gafas, llego a perder el equilibrio por no tener clara la distancia que me separa de los objetos, ya que veo sus bordes tremendamente borrosos.
Si me quito las gafas, no soy funcional, porque no puedo leer, escribir, teclear, correr sabiendo adonde voy, conducir, cocinar... De mis actividades corrientes, sin gafas sólo puedo tocar la guitarra (si me sé la pieza) y hablar.

Sin embargo, el tribunal superior de justicia europea considera que las gafas y las lentillas no pueden tener un IVA reducido, del 10%, ya que se trata de "aparatos y complementos esencial o principalmente utilizados para suplir las deficiencias del hombre, pero que no se destinan al uso personal y exclusivo de los discapacitados". Es decir, que las gafas y lentillas deben tener un IVA del 21% (el llamado popularmente "IVA de lujo").

Según esa sentencia europea, el Gobierno español deberá subir el tipo del IVA de los productos que nos permiten a quienes tenemos defectos en la visión ser funcionales. Así, pasarán a tener el impuesto que les corresponde por ser tan poco imprescindibles como los productos de higiene femenina o los pañales. Porque el 4% está sólo destinado a cosas de primera necesidad, como los libros y periódicos, no a las gafas que nos permitirían poder leerlos.

Es evidente que a nuestro Monty Burns patrio no le va a dar ninguna pena subir esos impuestos (aunque vale la pena notar que él lleva gafas), pero a mí me toca mucho las narices pensar que a partir de este año tendré que pagar un 10% más por algo que necesito para poder desenvolverme en mi vida diaria.

Estoy de acuerdo en que las personas con defectos de visión (incluso los súper miopes) no somos discapacitados que necesitemos subvenciones o ayudas. Pero vale la pena notar que eso es así porque existen esos productos que nos permiten igualarnos a quienes ven bien. Si no existiesen las gafas, yo sería casi incapaz de valerme por mí misma. ¿De verdad nadie se lo ha planteado?

Tal vez esta medida sea una forma de obligarnos a operarnos de la vista y así dejar de comprarnos gafas y lentillas. Una medida impulsada por clínicas de la visión que quieren enriquecerse a pesar de la crisis. El lobby de los lásers nos hace elegir entre gastarnos un pastizal hoy operándonos los ojos, o dejarnos el mismo dinero poco a poco en gafas cada vez más caras.
Valiente elección de mierda.

Posiblemente esta noticia no levante ampollas como la del aborto.
Posiblemente esta noticia sólo saque un "hijos de puta..." entre dientes para luego pensar en otra cosa.
Pero merecería una reacción mayor, porque estas pequeñas cosas suponen mucho si lo pensamos. Para familias con varios hijos con gafas, para gente que tardará más tiempo en cambiar sus lentes por ahorrar, con las consecuencias que eso pueda tener según la profesión del cegato en cuestión.
Es un cambio pequeño, tal vez, al lado de la luz, de la ley de seguridad ciudadana... Pero conviene tener en cuenta que, por una parte, es una orden que viene de Europa, por lo que no podrá ser derogada en el próximo round del PPSOE. Es de nuevo el organismo del continente diciéndonos que tenemos que hacer en nuestro país. Porque se considera mejor para alguien, aunque no se especifique para quién.

Y tal vez esta entrada sea sólo un berrinche de alguien a quien sus seis dioptrías le van a suponer muchos más gastos a partir de este 2014. Pero creo que era un berrinche necesario.

Porque, al final, los mayores ciegos son los que no quieren ver, y los que terminarán por asombrarse de lo caro que está todo, de la mierda de sociedad en la que viven, y de los ladrones que son los políticos. Sin plantearse que esas cosas se construyen día a día con decisiones como ésta.

Pero qué más da. Si en nada nos podremos comprar las Google glass por un dineral y ver bien mientras le damos a Obama los datos de nuestra vida privada. No hay que preocuparse.



1 comentario: