16 de enero de 2014

Mar

A veces la rutina (o la falta de ella) se echan encima.
A veces sólo apetece montar en la bici y salirse del mapa a base de pedalear.
A veces parece que el mundo no funciona, y no va a funcionar por empeño que se le ponga.

Y entonces, llego a la playa.



Es invierno, así que hay poca gente. Un par de personas paseando por la orilla, el camarero de un bar.
La arena está limpia, y hay silencio.
Ese silencio maravilloso que hay junto al mar, que siempre tiene de fondo el ruido de las olas, un sonido que en vez de molestar acompaña.

La arena entre los dedos de los pies.
El olor a salitre y algas.
Las nubes sobre el horizonte.
El sol reflejándose en la bahía.

Me meto en el agua hasta los tobillos y se me eriza la piel.
Paseo por el espigón, descalza. Me resbalo en el verdín, me caigo y me río yo sola.
Respiro muy fuerte este aire que parece renovarlo todo.

Echo de menos Madrid como si fuera un ser querido en lugar de una ciudad, pero lo que me da el mar cada vez que me escapo un rato a leer sentada en la arena, o simplemente a abstraerme mirando las olas es algo que no se puede encontrar en ningún otro sitio.

Observo esas puestas de Sol mágicas, que cambian cada día. Atardeceres que a veces tiñen el mar de violeta, otras las nubes de fuego, y a veces simplemente parecen apagar una vela en el horizonte.
Recojo conchas, piedras y nácares, como cuando era pequeña.

Y dejo que todo lo que pueda preocupar se diluya en agua salada, que ese océano que me ha visto en los más dulces y los más amargos momentos me recuerde que todo pasa. Siempre. Y que todo termina por salir bien. Que el optimismo no es una opción sino una forma de honestidad.
Y que siempre perteneceré aquí.

Madrid me falta como un amigo al que hace meses que no veo. Pero estas semanas aquí me están permitiendo disfrutar de mi Atlántico como hace años que no podía. Y eso es un regalo.











"El mar fascinará siempre a aquellos a quienes el cansancio de la vida y la atracción del misterio han precedido las primeras pesadumbres, como un presentimiento de la insuficiencia de la realidad para satisfacerlos. A esos que sienten necesidad de reposo antes de haber experimentado todavía ninguna fatiga, el mar los consolará, los exaltará vagamente. El mar no llevar como la tierra las huellas de los trabajos de los hombres y de la vida humana. En el mar no permanece nada, por el mar todo pasa huyendo, y la estela de los barcos que lo atraviesan ¡qué pronto se borra! De aquí esa gran pureza del mar que las cosas terrestres no tienen. Y esa agua virgen es mucho más delicada que la tierra endurecida, sólo vulnerable con un azadón. El paso de un niño sobre el agua abre en ella un surco profundo con un claro rumor, y rompe por un momento sus tersos matices; en seguida se borra todo vestigio y el mar vuelve a quedar tranquilo como en los primeros días del Mundo. Al que esté cansado de los caminos de la tierra o adivine, antes de emprenderlos, lo ásperos y vulgares que son, le seducirán las pálidas rutas del mar, más peligrosas y más suaves, inciertas y desiertas. En ellas todo es misterio, hasta esas grandes sombras que flotan a veces serenamente sobre los campos desnudos del mar, sin casas y sin umbrías, esas sombras que en ellos extienden las nubes, esas aldeas celestiales, esas vagas enramadas.
El mar tiene el encanto de las cosas que no se callan por la noche, que son para nuestra vida inquieta un permiso de dormir, una promesa de que no todo se va a destruir, como la lamparilla de los niños pequeños que se sienten menos solos cuando alumbra. El mar no está separado del cielo como la tierra, está siempre en armonía con sus colores, se conmueve con sus matices más delicados. Reluce bajo el Sol y, cada noche, parece morir con él. Y cuando el Sol ha desaparecido, sigue añorándolo, conservando un poco de su luminoso recuerdo, frente a la tierra uniformemente oscura. En el momento de sus reflejos melancólicos y tan dulces que sentimos fundirse en nuestro corazón cuando los miramos. Cuando es casi de noche y el cielo está oscuro sobre la tierra ennegrecida, el mar alumbra todavía débilmente, no se sabe en virtud de qué misterio, por qué brillante reliquia del día hundida bajo las olas.
El mar nos refresca la imaginación porque no hace pensar en la vida de los hombres, sino que nos regocija el Alma, porque es, como ella, aspiración infinita e impotente, vuelo siempre cortado por caídas, lamento eterno y dulce. El mar nos encanta como la música, que no lleva como el lenguaje la huella de las cosas, que no nos dice nada de los hombres e imita los movimientos de nuestra Alma. Nuestro corazón, lanzándose con sus olas, cayendo con ellas, olvida así sus propias flaquezas, y se consuela en una armonía íntima entre su tristeza y la del mar, que une su destino y el de las cosas." 

Marcel Proust.
Septiembre 1892 



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