18 de enero de 2014

Las casas de un dios

No soy creyente desde hace muchos años, pero me fascinan los templos.

Durante los últimos cuatro meses quizás he visitado más lugares que en toda mi vida. Sin haber recorrido mucha distancia, he pasado por muchas ciudades y pueblos de Francia, y por la preciosa Brujas.

Y recorriendo todos esos lugares, cada uno diferente, sin tener nada que ver Burdeos con la Bretaña, se me quedó una idea en la cabeza, gracias a un comentario de mi padre tras entrar en la enésima iglesia:

"¿Te has fijado en que nosotros tenemos que buscarnos cada noche un hotel mientras que Dios tiene casa en todas partes?"

Tal vez lo que todos esos sitios comparten, y lo que de hecho he encontrado en casi todos los lugares a los que he viajado, son los templos. Iglesias, mezquitas, sinagogas... No importa adonde vayas, siempre encuentras un lugar de culto en la parte más emblemática de la ciudad.

Algunos de los edificios más hermosos que existen se han hecho en honor de una deidad. Han representado un intento de los hombres por comunicarse con ese ser desconocido al que se ama y se teme a partes iguales, y a quien todas las civilizaciones de la Historia han intentado acercarse.

Los resultados de ese acercamiento son y han sido muy diferentes. A primera vista nada tiene que ver la Sainte Chapelle con la mezquita de Córdoba. Ni la sinagoga de Burdeos, con su enorme tabla de mármol en honor a los caídos en el Holocausto, con la pequeña iglesia que hay en el pueblo bretón de Locronan.
Nada. Pertenecen a religiones diferentes, a estilos arquitectónicos distintos, a épocas muy distantes entre sí.

Y sin embargo...

Cuando alguien se adentra en un templo, lo sabe, lo siente en los huesos. La sensación es siempre la misma, sin importar a quién se adore.

Te sientes pequeño.
Te sientes confortado e intimidado al mismo tiempo.
Te sientes rodeado de una atmósfera... distinta, casi mágica.
Te siente sobrecogido.
Al entrar en un edificio religioso (uno de verdad, no esos almacenes reconvertidos a iglesias) en la piel se siente que eso es lo que es.

Como si el esfuerzo, la sangre y el sudor de quienes trabajaron para levantar ese edificio nos acompañasen.
Como si los centenares de creyentes que han pasado por esos bancos, ese suelo, esas puertas, hubiesen dejado una parte de sus rezos hasta hoy.

Es comprensible que tantas veces aquellos que intentaban derrocar el poder establecido se volvieran contra esos edificios. Es difícil encontrar algo que haga a un hombre sentirse más insignificante que un templo.

Aunque, al mismo tiempo, te sientes escuchado. En esa misma pequeñez algo te dice que si se te permite estar ahí, bajo esa luz de mil colores, es porque lo que guardas dentro es importante.



Es cierto, los dioses tienen casa en todas partes. Y realmente cualquier dios puede habitar en cualquier templo, porque el sentimiento que inspira a quienes los construyen es siempre el mismo.

Y viendo esos edificios, sintiendo las emociones que al entrar en ellos surgen, me resulta alucinante que haya quien insista en que sólo somos la carne, el hueso y la sangre, que nada necesita el ser humano en cuanto a espiritual. Me enfada que nos quieran reducir o bien a seguir a una deidad ciega y sorda, o a ser un mono superdesarrollado sin más identidad espiritual que un cerebro más grande.

El hombre lleva buscando un sentido a su existencia desde que pudo permitirse pensar. Y ha inventado mil sentidos, que a menudo coinciden en países que están a medio mundo de distancia.
El hombre ha sentido lo sagrado desde que desarrolló la capacidad para entender qué era eso.
El hombre se ha preguntado por aquello que hay tras el final de su vida desde que murió el primero de ellos.
Eso es algo que trasciende la carne y la sangre. Que tal vez viva en el cerebro, o tal vez en algo más inmaterial. No lo sabemos, como con tantas otras cosas sólo podemos teorizar. Y pretender esgrimir una verdad absoluta nos limita el universo de posibilidades que tenemos a nuestro alrededor.

Pero en esos templos hay una pizca de todo eso, hay una pista de lo que nos engrandece y en lo que nos hemos volcado durante toda la Historia. Algo que al fin y al cabo vive en nosotros mismos.

Efectivamente, los dioses tienen casas por todas partes. Mansiones que los hombres han creado para esa parte de su ser que no terminan de entender pero que les sobrecoge, y que en ocasiones externalizan para sentirse más cómodos y menos responsables de lo que les sucede.

Pero esas casas son también nuestras. Y es bello visitarlas, y sobrecogerse, y sentir que algo se mueve dentro.
Y disfrutar del silencio, la luz y la belleza. Porque para algo las hemos construido nosotros, y sería de necios no regocijarnos en ellas.


4 comentarios:

  1. Para manifestarte no creyente tu escrito es muy acertado. En mi caso soy creyente pero no practicante al uso. Oficialmente excomulgado como todos los divorciados, sin embargo siento todo eso en los templos porque noto que son lugares sagrados.
    C.S. Lewis, el autor de Narnia partió de donde tú y terminó creyendo en Jesus de Nazaret y se hizo católico.
    No se si conocerás mi blog.
    http://losescritosdegatofenix.blogspot.com.es/
    llegas a él verás cómo expreso lo que siento.
    Lamento que las religiones hayan manipulado el sentido religioso del hombre y como todo lo que toca el hombre lo haya echado a perder.
    Me ha gustado mucho esta entrada.

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    1. Me educaron como católica y lo fui, y bastante practicante, en movimientos jóvenes y tal, hasta los 17 años, cuando decidí que no era para mí.
      Creo que las religiones limitan mucho la espiritualidad. Son herramientas útiles, para empezar quizás, pero tienen demasiado de socializadoras (que para eso existían también primitivamente) y no permiten al hombre explorar y descubrir una espiritualidad propia.
      Pienso que eso nos falla, educamos a los jóvenes o bien en una religión, catequizándolos, o bien sin tocar sus inquietudes trascendentales, rara vez se les invita de verdad a descubrir lo metafísico de forma libre.

      Los templos son sagrados porque los hombres los hemos hecho así, es lo que quería reflejar en el texto. Construimos edificios para dioses que creamos, pero en el fondo son para esa parte de nosotros mismos que a veces no abarcamos.

      Gracias por comentar ^^

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  2. Hasta tiempos recientes, con pocas excepciones los templos siempre han supuesto la máxima expresión que la arquitectura podía alcanzar. Los edificios dedicados al culto divino casi siempre han sido lo más avanzado y grandioso que pudiera ser erigido en casi todas las épocas, es muy curioso como históricamente se han concentrado todos los avances constructivos en ellos dejando de lado las construcciones populares. Cada iglesia es un libro abierto en el que muy a menudo se superponen distintas épocas. De las que mencionas particularmente me fascina la Sainte Chapelle, cumbre del estilo gótico, con sus pilares increíblemente esbeltos y esas altísimas vidrieras, tanta luz..., es quizá el mejor ejemplo de optimización estructural, y de ahí su gran belleza: pura ciencia ficción para épocas anteriores. Perdón por el tostón, ¡es que me fascinan estas cosas!

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    1. ¡Nada que perdonar! Para eso están los comentarios, para aportar más a la entrada ^^

      La Sainte Chapelle es una maravilla. Yo tuve la suerte de entrar por primera vez en ella un día soleado (que en París es una rareza) y aluciné. Porque además, la parte de abajo no tiene apenas luz, son todo paredes de madera pintada... y subes la escalera y se te corta la respiración. La foto que encabeza el post la hice allí aquella primera vez ^^

      Es una de las ventajas del peso de la iglesia en otras épocas, que hacían mecenzago del arte y permitían construcciones preciosas, que hoy no serían posibles.

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