13 de enero de 2014

Un instante de magia

La Luna brillaba con fuerza, llena, tiñendo el firmamento entero de plata.
Las estrellas eran agujeros de luz en una tela de añil.
Orión parecía dominarlo todo.

Bajo las luces blancas estaba ella, tendida en el suelo.

Estaba de costado, sobre el lado derecho. Dormía profundamente.

Sus piernas estaban dobladas. Los pies, anchos, se cubrían el uno al otro con cuidado. Las rodillas estaban muy juntas, pegadas. Los muslos, cerrados, parecían conservar aún el calor del mediodía, sin importar el relente helado que caía sobre el valle.

Gotas de rocío pendían de su cuerpo, dibujando sus formas, haciendo relucir su piel. 

Parecía hecha de plata… Una escultura olvidada por un artista caprichoso. Un ángel convertido en diamante por un dios ciego de envidia.

Algunas de esas gotas seguían los caminos secretos de su carne. Esos pequeños senderos que surcaban su piel por todas partes. Los finos surcos que se le formaban en la espalda y parecían conducir al centro mismo de su cuerpo. La línea que partía de la cadera y desembocaba entre sus muslos, en su más jugosa intimidad.
Todos esos trazos que estaban ahora teñidos de luz.

Respiraba profundamente, ajena al mundo, perdida en el sueño. Su tórax se llenaba y vaciaba rítmicamente. Sus senos, uno apoyado sobre el otro, se movían apenas al ritmo de la respiración. Cálidos, llenos, suaves, sensibles. Salpicados de pequeñas gotas relucientes como fruta recién lavada.

La curva de su garganta ascendía hasta la barbilla. Una línea tierna, dulce, que latía con el fluir de su sangre. Era un latido calmo, fluido.
Sobre esa garganta caían algunos rizos, descuidados.

Su mano izquierda estaba recogida sobre el pecho, semi abierta, como si esperase recoger agua de la base de su cuello.
El brazo derecho se extendía hacia delante, con el codo algo flexionado. El antebrazo se mostraba hacia arriba, vulnerable, expuesto, como aguardando quien se refugiase en él.
La muñeca, sorprendentemente grácil, aparecía salpicada de una sarta de gotas refulgentes, que parecían diseñar una pulsera hecha por hadas.
Los dedos parecían a punto de sujetar algo. Una mano, tal vez, o simplemente el jirón de un sueño. Las uñas, redondeadas y largas, invitaban a una caricia que parecía no tener lugar aún.

Su espalda era un lienzo claro y suave esperando una brocha que acariciase cada poro sin dejar ningún resquicio. Amplia, hermosa y acogedora, salpicada de lunares y del brillo de las estrellas.
El cabello rizado se derramaba hacia el suelo, cubriendo los omóplatos y la nuca como si de una manta espesa se tratase. La brisa agitaba los rizos del color de la madera nueva, y desparramaba su olor alrededor de su cuerpo.

Las pestañas rozaban apenas la piel de sus mejillas, proyectando suaves sombras bajo el manto de la Luna. La piel de su rostro estaba teñida de plata, parecía irreal.
Sus labios, cerrados con suavidad, dejaban escapar a ratos el aire de los pulmones. En la penumbra argentina parecían tiernos como nubes sin lluvia, cálidos, suaves.
Por su nariz resbaló una gota solitaria que quedó pendiendo de la punta. Arrugó suavemente la piel sobre el tabique nasal, molesta por la sensación. Pero el sueño era demasiado profundo.
Su frente, despejada, parecía aún más blanca junto al cabello castaño. Un pico insolente se adentraba en el óvalo de su rostro apenas unos milímetros.
Al moverse en sueños la Luna centelleó sobre unos cuantos cabellos blancos que se asomaban entre la madera suave de su pelo.


Él, en silencio, la observaba dormir, desde lejos. Anhelante.
Sobre un montículo de hierba observaba el valle y quería bebérsela con los ojos.

Imaginaba que deslizaba sobre su espalda una marea de besos suaves, interminables.

Dibujaba con los dedos en el aire los trazos cálidos que habría querido deslizar a través de su costado.

Seguía en su cabeza esos caminos secretos que llevaban a lugares prometidos.

Imaginaba que se llenaba las manos con sus pechos, sensibles.

Fantaseaba con cubrir con sus pies los de ella.

Atrapaba en el aire la fragancia de su cabello, y deseaba hundir en él el rostro y embriagarse de ese olor que sólo ella tenía.

Desde su montículo la veía brillar, dormida, ajena a todo. Privando al mundo de la mirada de aquellos enormes ojos llenos de luz que parecían verlo todo y que ahora descansaban. Dejando al mundo ciego con su sueño de ojos cerrados.

Apoyó el mentón en la palma de la mano y la observó, salpicada de gotas de plata que casi lograban convertirla en una constelación aparecida sobre la Tierra. Casiopea sobre la hierba, miles de años después…
No, ella era más hermosa que ninguna griega antigua.

Se la bebió con los ojos durante siglos enteros, deseando bajar hasta ella y unirse a su cuerpo dormido. Temiendo y anhelando con cada respiración suya y de ella.

 A sólo unos pasos, y al mismo tiempo a un mundo de distancia.


Y así continuaron. Ella dormida en su lecho de estrellas prestadas, tan hermosa y tan serena como habría sido imposible verla nunca. Él deseoso y temeroso, embriagado por la visión de esa sorprendente ninfa de plata, tan real y tan distinta.

Bajo un cielo tachonado de estrellas silentes.
Bajo una Luna de nácar que sonreía para sí.
Bajo las miradas de los dioses que nunca existieron.
Bajo la arena del tiempo que sin cesar se derrama.
Sobre el latido de la Tierra que mueve todas las cosas.
Hasta el instante secreto.
Lleno de magia.



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