27 de enero de 2014

"Intouchables", de vuelta al barrio

Cuando me fui de Erasmus a París acababan de estrenar "Intouchables". Yo no la había visto, y tampoco me llamaba mucho la atención. Me esperaba una especie de "Mar adentro" mezclada con el drama social de un negro de barrio chungo.

Ya en plena Erasmus, Minette me comentó que nuestro barrio (Saint-Denis, en el distrito 93) le recordaba al prota negro de la peli. Aún así no la vi.
Han tenido que pasar dos años y medio, y una segunda estancia en Francia, para que me haya lanzado a verla.

Lo que nadie te dice de Intouchables (o, al menos, lo que no me dijeron a mí) es que es una película tremendamente divertida. De reír a carcajadas. Te esperas un drama tragicómico y te encuentras una comedia políticamente incorrecta con chistes negros sobre los discapacitados y sobre todo lo que se ponga por delante.

Y no son bromas sutiles, ni humor delicado sobre el dolor de la discapacidad. Son bromas directas, muy burras, de las de carcajada tapándote la boca porque es tan cruel que te sientes un poco mal (sólo un poco) por descojonarte. Yo no me esperaba eso.

Además, es muy fácil empatizar con los personajes. Con el hombre tetrapléjico que elige a un parado de larga duración, porreta y pasota, de las afueras de París para cuidarle porque quiere a alguien que no sienta ninguna compasión con él. Y con el otro, que siente que le ha tocado la lotería por poder vivir en una mansión en el centro de una de las ciudades más caras del mundo a cambio de echarle un ojo a un paralítico excéntrico.

Me encanta el tratamiento de los temas. Cómo refleja el día a día de un tetrapléjico, con todos los detalles cotidianos (contestar al teléfono, celebrar un cumpleaños, ir en coche, pelearte con el vecino) sin ahondar en lo terrible que es no poder moverte de cuello para abajo. Cómo pasa por encima de la vida en los barrios marginales de París sin exprimir lo que supone, aceptándola como una parte de esa ciudad que normalmente parece limitarse a las cuatro manzanas en las que se puede ver la Torre Eiffel desde la ventana.

Es una película que no podría haberse hecho en Estados Unidos, ni en España, porque se habría centrado mal el tema. O bien contando la inspiradora y falsa historia del hombre que salió de los suburbios llenos de pobres buenas personas para convertirse en un artista solidario, o hurgando en el dolor de un pobre tetrapléjico millonario con una hija descarriada que recurre a un pobre muchacho "de color" (valiente expresión eufemística y ridícula) para hacer su vida más fácil.
Por suerte, la peli es francesa y cuenta una historia que no quiere moralizar (aunque lleve mensaje). La historia de una amistad entre tíos (porque la relación entre los protas es muy muy masculina), de los cuales uno es paralítico y el otro es de barrio. Y no por esa sencillez la película pierde un gramo de fuerza.

Además, y ésa ha sido la mayor sorpresa de todas (atención, spoiler de aquí a la siguiente frase en rojo), la película termina bien. No hay eutanasia. No hay llantos desconsolados mientras se dice adiós al pobre paralítico. No hay tiroteo en el barrio chungo. No hay final grandioso con orquesta. Es un final sencillo, tranquilo, normal. Y en una historia así, eso es algo teóricamente imposible de encontrar. (fin del spoiler)

Y por si todo eso fuera poco, te encuentras a este hombre. A todo un monumento a la raza humana que salió de África en el Paleolítico y se expandió por el mundo entero. A un tío con una sonrisa de lado que llega a competir con la de Dujardin en The Artist (Minette, perdóname).
 Omar Sy, que aparece en chándal, en traje, sin camiseta, en gayumbos y en toalla pero no le hace falta, porque sólo con la mirada de medio lado y la sonrisa de idiota con mucha cara dura te despierta pensamientos totalmente indecentes.
(Para los interesados en el sexo femenino, sale una pelirroja que no está mal. Pero Omar... es mucho Omar).
Es de esos negros que te hacían girar la cabeza en el metro de París hasta contracturarte las cervicales, y decidir que la base de las teorías racistas es la envidia cochina.
Si la película fueran dos horas de Omar andando por la pantalla recitando un discurso de Rajoy, ya valdría la pena verla. Así que imagínense con todo lo que les he contado antes.

El caso es que, al margen de guión, actores y morbazo, Intouchables me ha tocado la patata por otra razón. Me he visto transportada de nuevo a Saint-Denis. A los negrazos que se colaban en el metro saltando los tornos. A las señoras vestidas de colores que compraban en el Carrefour. A los compañeros de clase que hablaban con ese acento cerrado y esas palabras indescifrables, moviendo mucho las manos. A los niños del grupo scout de allí, rapados o con trenzas apretadas, que no se sabían estar quietos. A mi Erasmus, que fue tan mala en tantos sentidos, pero que tuvo momentos tan divertidos y tan absurdos. Viviendo en ese barrio en el que robaban a todo el que lo visitaba, pero en el que ni a Minette ni a mí nos quitaron jamás ni una mandarina del carrito de la compra. Ese barrio con mala fama, en el que te ofrecían droga con mucha educación, y en el que era imposible comprar carne de cerdo porque todos eran musumanes.

Sólo he sentido pertenecer a dos barrios en mi vida: Uno fue Lavapiés y el otro Saint-Denis. Uno madrileño y otro parisino, a mí, que soy de Cádiz. Y la película me ha recordado el segundo de ellos con mucha fuerza y mucho cariño.

Les recomiendo muchísimo verla, si no lo han hecho ya. Y, a ser posible, en francés. Porque sin haber visto la versión doblada, estoy convencida de que pierde mucho. Un francés tan de ghetto como el de Dris no hay forma humana de doblarlo sin caer en la parodia.



1 comentario:

  1. Qué bonito! Y viva Saint-Denis! La película es un 10. Está en mi lista de películas favoritas (tengo una, de verdad). Me alegro de que te gustara la sonrisa de ay Omar qué rico. Pero la de Dujardin...es de mi Dujardin. Un beso, Minette.

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