25 de enero de 2014

El pinar

Lleva ahí desde siempre.
Nos llevaban de excursión con el cole. Al menos, lo hicieron hasta que una niña alérgica a las procesionarias se puso a morir.
Había rumores inquietantes. Aparecían jeringuillas, y unos señores llamados "yonkis", que por lo visto eran peligrosos, prácticamente vivían allí. Eran mediados de los 90...

Paseábamos a los perros y cogíamos piñas. En invierno, para pintarlas y colgarlas del árbol de navidad. En verano, para tirárselas a los perros y que jugaran con ellas.

Era enorme. O me lo parecía con ocho años.
Por dentro había casas, en zonas aisladas en medio de los árboles.

En San Antón, la cola para bendecir a los animales llegaba casi hasta él. Un año, mi padre salió en el periódico, con Lucas (mi fox terrier amante de los tobillos ajenos) en brazos. De mí sólo aparecía un mechón de pelo. Siempre pensé que era porque yo a quien llevaba en brazos era a la Perrita, una chuchilla que parecía una mezcla de rata y suricato.

De vez en cuando íbamos con las bicis por encima de las pinochas secas. Hasta que una vez se me pinchó la rueda y perdimos la mañana. A partir de entonces cogíamos por la carretera. Aún no había carril bici.

Celebrábamos en él las fiestas de fin de curso de catequesis, con juegos de tirarnos unos encima de otros y merendola. Siempre nos hacíamos una foto antes de irnos en la que nos poníamos cuernos unos a otros. No hay ni una en la que salgamos todos bien.

En sexto de primaria organizaron allí una jornada para concienciarnos sobre lo malo que era el tabaco. Recuerdo que estaba en el mismo equipo que el chico que me gustaba, y que por alguna razón le di una patada en la espinilla con muy mala leche. Nunca se me dio bien ligar.

Me gustaba pasear por él, parecía infinito aunque siempre fue pequeño.

Gané una carrera de orientación allí. Me lo sabía de memoria y ser scout siempre da puntos extra en estas cosas. Era la época oscura, pero aquel día fue brillante. Qué cosas más tontas llegan a hacernos ilusión.

La tierra del suelo es arena de playa, muy fina y blanca. Se mete en los zapatos y en el dobladillo de los pantalones y no hay forma de quitarla. Apenas hay hierba. Sólo pinochas secas, arbustos y matas de tréboles con esas flores amarillas, las vinagretas, que a mi hermano le encantaba chupar.
La corteza de los pinos se puede arrancar con las uñas, dejando huecos por los que se asoma el tronco tierno. Nos gustaba dar latigazos con las correas de los perros y que saltaran trozos de corteza que guardábamos.
Cuando llueve mucho salen setas enormes, blancas y marrones, a los pies de los pinos.

En la parte de los eucaliptos casi no crece nada más. Estos enormes árboles australianos son precioso, pero roban el alimento a todo lo que intente enraizar a su alrededor.

 Llega justo hasta la playa. A un paseo de adoquines amarillos al que yo llamaba "la muralla china", y que cae sobre el mar. Pinos, retama y mar. Olor a casa.

En el límite de los árboles siempre hay gatos. Rayados, blancos, negros, tricolores... Viven allí, camada tras camada, aunque nadie sabe de qué se alimentan ni dónde se refugian cuando llueve.
Es habitual ver cachorritos con sus madres. Y, por desgracia, también lo es ver a los niñatos intentando martirizar a los cachorros confiados. Precisamente así, salvándola de los  enanos salvajes, rescató mi hermano a Yara.

Aún hoy, después de tanto tiempo, me gusta pasear por el pinar. Sentir las pinochas crujiendo bajo mis pies. Escuchar los pájaros. Caminar por caminos que llevan ahí desde siempre.

Me encanta sentarme en el murete del paseo, con los pinos a la espalda y el mar delante. En silencio, mientras atardece. Cuando sólo se escucha el sonido de las olas y la luz se apaga poco a poco. Con los olores a agua salada, algas, resina de pino y arena impregnándolo todo.

Han pasado muchos años y me he ido muy lejos. Y aunque ahora estoy aquí temporalmente sigo lejos, y en muchos sentidos no volveré nunca. Ya no soy la niña que paseaba a los perros subiendo cada duna como si fuera una montaña. Y no lo siento, cada momento tiene su belleza.

Pero a pesar de ello he redescubierto el pinar. El silencio. Los tocones cortados. Los olores y la tranquilidad que no recordaba. Justo a tiempo para deslizarme en ella una tarde de sábado.



2 comentarios:

  1. No he podido contactar contigo de ninguna forma así que lo hago vía comentario,
    ¿Te gustaría escribir sobre política? contacta: mdst.pregonero@gmail.com

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    1. Es verdad que estaba difícil, ya he añadido la dirección de correo en la página "¿Qué es este blog?" para futuras ocasiones.
      Le he escrito en cualquier caso a su dirección.

      Un saludo.

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