28 de enero de 2014

Crónicas de la Buhonera: A punto de empezar

Es de noche.
Me subo al carromato y me arrebujo en la manta roja. Hace frío.
Miro las estrellas.
Orión parece devolverme la mirada. No sé qué le pasa a esta constelación que lleva dos meses y medio persiguiéndome... ¿Pueden mirarnos como les miramos nosotros? Y, de ser así, ¿por qué me mira un guerrero griego que se quedó pillado en el cielo?

La gatita se me enrosca a los pies, ronroneando. Quiere mimos, pero no se los doy. Estoy absorta.

Han pasado tantas cosas, me siento al final de tantos caminos...
En estos últimos meses he recorrido más pueblos que en toda mi vida. Ciudades preciosas con calles empedradas, en las que me miraban mal. Aldeuchas de casas de madera, cuyos habitantes eran tan pobres que terminaba dándoles dinero yo a ellos.

Tengo muchos baúles nuevos. La mayor parte llenos hasta arriba, y sólo uno o dos aún esperando su contenido.

Saco de uno de los bolsillos mi pipa, y la enciendo. El humo sube, en espirales, mientras el humo dulce me llena la nariz.
Respiro hondo y trato de no pensar demasiado.

Hay tanto por hacer...

Una parte de mí siente que todo está parado. Que parece como si el carromato se hubiera atascado en un cenagal que no le permite avanzar.
Otra parte de mí tiene la sensación de que lleva meses recorriendo los caminos a una velocidad de vértigo.
Las dos partes están de acuerdo, sin embargo, en una sensación muy concreta. La sensación suave, aunque definitiva, de que algo está a punto de ocurrir. De que algo va a cambiar. De estar al borde de un escalón muy muy alto.

Le doy una nueva calada a la pipa.
Es bonita, de madera clara, muy larga y con la cazoleta redonda. Me la regalaron hace mucho a cambio de un frasco de especias orientales.
El sabor de tabaco me repugna, así que la cargo con flores y hojas aromáticas secas. La mitad de las veces la uso como ambientador, pero de vez en cuando la sensación del humo en los pulmones me relaja, no sé por qué.

Curra agita la cola, impaciente. No le he dado de comer ni la he desenganchado de las varas del carromato.
Dejo la pipa en el pescante de madera y suelto a a yegua, acariciándole la testuz mientras canto en voz baja. Siempre le relaja.
Se aleja un poco y vuelvo a envolverme con la manta.

La gata ha metido el hocico en la cazoleta de la pipa, se ha quemado los bigotes y ha huido indignada.
Ya volverá.

Me siento cansada en los huesos. Agotada como si llevase horas caminando descalza.
Es un cansancio extraño, a la vez frustrante y esperanzador. Si es que eso tiene algún sentido.

Todo está a punto de empezar, me digo. Y a la vez todo está ya decidido.

Me siento sola.
No es la primera vez, la vida en los caminos tiene estas cosas. A veces echas de menos alguien con quien hablar por la noche. Personas con las que compartir el día. Rostros que no cambien cada vez que cruzas una frontera.
Y, aún así, de un tiempo a esta parte me siento menos sola que nunca.

Creo que es desde que vimos el ángel.
Aquello cambió algunas cosas, más de las que esperaba. La mayoría, a mejor.
Llevé la pluma guardada un tiempo bajo el calcetín, pegada al tobillo. Pasadas unas semanas había desaparecido, pero me había dejado una marca indeleble en la piel, como si se me hubiese metido dentro, o me hubiera querido dejar un recuerdo.
Y ahora, cuando las cosas parecen extrañas y creo haber perdido todo rumbo posible, la sangre late ahí con más fuerza.
No lo entiendo, pero así es.

Me río de mí misma y de mis pensamientos, y pequeñas nubecitas de humo me salen de la nariz.
Ángeles... Si me escuchasen...

Recojo a la yegua y la ato a las varas para que duerma.
Dejo un cuenco con sobras para la gata en el suelo.
Yo no tengo hambre.

Miro hacia el cielo, y la misma constelación absurda me devuelve la mirada.

¿Cuántos pasos somos capaces de dar hacia nosotros mismos antes de salir corriendo de miedo?
¿Hasta qué punto es posible cambiar todo lo que eres, desnudarte el Alma hasta quedar en carne viva?
¿Cuánto valor hace falta para caminar por el borde de un acantilado con los ojos vendados?

Suspiro.
No sé qué me pasa hoy.
O lo sé demasiado bien.

La gata se acerca, cautelosa, y olisquea la comida.
Me echo a reír, la alzo y la estrujo muy fuerte, sintiendo su calor en el pecho y notando cómo me clava las uñas, aterrorizada y arisca.
Vuelvo a dejarla en el suelo, aún riendo.

En el fondo es todo tan sencillo, tan hermoso...

Sé que llegaré a extrañar estos momentos. Esta sensación de espera y nervios, de tenerlo todo a punto pero sin llegar del todo. Aunque ahora parezca imposible.

Respiro hondo y cierro los ojos.
Siento el viento frío moviéndome el pelo.
Se me eriza la piel del cuello.
Recuerdo tanto...

Me estiro.

Entro en el carromato y prendo todas las velas que tengo.
Sé que podría ser peligroso, pero también sé que no lo es.
Dejo la pipa en el suelo, soltando un humo blanquecino que deja su olor por todas partes.
Miro al techo.
Las sombras se mueven, se cruzan y descruzan con el movimiento de las pequeñas llamitas.

Suspiro.

Sonrío.

Tomo la pluma y escribo una nueva carta, dejando que la tinta diga todas esas palabras que yo no tengo a quién contar.
Y sonrío aún más fuerte, y siento un latido en el tobillo, y en el fondo del pecho.
¿Es normal tener esta sensación tan serena y tan fuerte de que todo saldrá bien, cuando nada parece indicarlo fuera de mí?

Termino la carta y la dejo con las otras.

Apago las velas y dejo que el frío se lleve el humo y el olor agrio de los cabos quemados.

Me deslizo entre las mantas y cierro los ojos, juntando mucho los pies.

Sonrío.

Buenas noches.



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