29 de noviembre de 2013

"Tras el morado"

Estaba yo hoy pensando en qué podría contar aquí esta tarde, y resulta que mi querida Kuassiun se ha abierto un blog. 
Así que hoy toca post-spam, porque ella lo merece, y su blog lo merecerá con el tiempo, sin duda.

Kuassiun es una persona muy peculiar, con una extraña facilidad para hacerse detestar. Dado que soy su amiga, podría decir que no entiendo por qué se gana el odio de tantas personas... pero la conozco lo suficiente como para comprenderlo, y seguir queriéndole mucho, porque tiene esa extraña cualidad de ser aborrecible para algunos y adorable para otros al mismo tiempo. Es una bicharraca encantadora.

Hace años que nos conocemos, aunque hemos vivido en la misma ciudad menos de una cuarta parte de nuestra amistad. Cada una con su carromato recorremos caminos muy distintos, pero siempre damos con algún momento para encontrarnos donde podemos.

Ha tenido varios blogs, unos más públicos y otros más clandestinos, y acaba de empezar uno nuevo: Tras el morado.
Lo recomiendo aquí porque sé de buena tinta que Kuassiun escribe bien, y trata cosas interesantes cuando se sienta el tiempo suficiente como para sacarlas. Es cierto que a veces es un poquito agresiva, pero no suele morder si le han dado bien de comer, no se preocupen.

Aprovechando la coyuntura, voy a contar el porqué del nombre de su blog, ya que ella no lo ha hecho, porque el concepto se lo expliqué yo.

Hace muchos años algunos años equis años, en mi temprana adolescencia, una profesora de plástica decidió empezar sus clases de primero de la ESO con una charla sobre el simbolismo de los colores y el lenguaje corporal.

Yo estaba escuchando sólo a medias (la profesora era magnífica, pero plástica era una de esas asignaturas para las que mis dos manos izquierdas me hacían incompetente y no tenía muchas esperanzas puestas en aquello). Pero de pronto oí algo que me llamó la atención:
"Por ejemplo, el color morado, es el típico color favorito de las chicas en la adolescencia. Es así como melancólico, como alternativo... Y la mitad de las adolescentes lo tienen como color favorito."

Me indigné muchísimo. Mi color favorito era el morado, pero no porque yo fuese adolescente, ni porque fuera un color melancólico. Era un color precioso, con el que me identificaba plenamente, y aquella profesora no era nadie para reducirme y generalizar sobre mi color predilecto en base a un estúpido cliché. ¿¡Qué se había creído!?

(Por supuesto, era mi color favorito porque era adolescente, porque era un color melancólico, y porque ni el más raro entre los raros se salva de ser como todos los demás en algunas cosas. Pero tardé años en darme cuenta.)

Hace no demasiado le conté esta historia a Kuassiun, y se le debió quedar en la cabeza. Por eso ahora que se ha convertido en una mujer independiente semiadulta que vive fuera de casa, considera que ha cerrado una etapa de su vida y que se encuentra más allá de esa adolescente que fue y cuyo color favorito también fue el morado.

Que ustedes disfruten con su blog. Yo pienso hacerlo.

27 de noviembre de 2013

Crónicas de la Buhonera: Maravilla

El Sol reverberaba sobre la blanca superficie.
Cuánta belleza...
Al soplar, el viento mecía con suavidad su superficie llevándose pequeños restos.
Eran alas blancas, luminosas.

Sentada en el pescante del carromato asistía, incrédula, a aquel maravilloso espectáculo.
La gata estaba paralizada, siguiendo el movimiento de las alas con sus ojos esmeralda.
Curra agitó las orejas, y tiré suavemente de su rienda para impedir que hiciese ruido.
No quería que se diese cuenta de mi presencia, aunque sabía de sobra que era estúpido.

Sus pies descalzos rozaban el suelo con suavidad, y gotitas de relente se quedaban prendidas de su piel.
Cuando pasaba, los pájaros se quedaban callados un instante, y cuando recuperaban la voz lo hacían con nuevas fuerzas.
Las plumas de la parte baja de sus alas hendían la hierba.

Estábamos en medio del bosque. Habíamos dejado atrás el último pueblo, y pensábamos descansar unos días, aprovechando las últimas ganancias.
Llevábamos unas horas recorriendo claros y zonas arboladas cuando lo vimos por primera vez.

En la mano derecha llevaba lo que parecía una estrella diminuta colgando de una fina cuerda parda.
La mano izquierda estaba cerrada de una forma peculiar, como si sostuviese la de alguien más a quien yo no podía ver.

Yo sentía los latidos de mi corazón repicar en los oídos. Me estremecí.

Se giró, sólo un poco, como si hubiese escuchado un ruido.

La gata maulló con claridad. Un sonido fuerte, enorme, que no parecía posible en un animal tan pequeño.
Ella misma se sorprendió, parpadeando con asombro.

Y de pronto ya no estuvo.

Nos quedamos las tres sin respiración por un segundo, asimilando la ausencia evidente de lo que hasta hacía un segundo había caminado delante de nosotras.

Tras unos minutos azucé a Curra y continuamos caminando. Una vez más agradecí poder observar esas pequeñas maravillas en mis viajes, sin esperarlas ni buscarlas.

Y aún lo agradecí más cuando, poco después, mientras sentía como si alguien más viajase con nosotras en el carromato, encontré sobre una de las ruedas una pluma.



25 de noviembre de 2013

Historia de mi primera vez con BlablaCar, y de cómo no me secuestraron

"-¿Cómo vas a ir hasta Rennes? ¿En tren?
-Pues no me va a quedar otra, aunque es carísimo y tengo que hacer tropecientos transbordos.
-¿Y por qué no vas en covoiturage?
-Apuff…."

Covoiturage (pronunciado “covuatugash”) es como se llama en Francia a ir en coche compartido. Y es también el nombre francés de la empresa “BlablaCar”, esa especie de red social para que personas que no se conocen viajen juntas, compartiendo gastos, siendo más ecológicas, y contándose sus vidas.

Yo era reticente, la verdad. No porque la idea me pareciera mala, para nada, creo que es una iniciativa súper chula. Pero lo de meterme en el coche de un desconocido… Como que no.

Y dirán ustedes, ¿qué puede pasar? ¿De qué tenías miedo?
Pues de que me secuestrasen, evidentemente.
Sí, no se rían. A mí el covoiturage me daba mal rollo porque me parecía una oportunidad perfecta para un secuestro: Una extranjera pizpireta se mete en el coche de un siniestro francés… Y nunca más se sabe de ella. Y suerte para encontrarla, porque en la web no se facilitan matrícula ni datos personales.

(Sí, aún siendo una persona bastante valiente tengo cierta tendencia a la anticipación dramática catastrofista, qué le vamos a hacer…)

Aún así, la diferencia  entre ir y volver en tren y en covoiturage era de 80 euros y 5 horas de viaje, así que me lancé a investigar este sistema como buena periodista.

Reconozco, con cierto embarazo, que lo primero que hice fue meter “Blabla car secuestro” en Google en español, inglés y francés. Viendo que ningún resultado alentaba mi alarmismo (aunque también puede ser que el pobre secuestrado no haya sido encontrado aún), y que sólo encontraba la noticia de un fugitivo en Valencia que le dio un buen susto a los que iban en el coche con él, me tranquilicé bastante.

Después investigué a fondo el funcionamiento de la red social:
Es obligatorio tener un perfil, y recomendable que certifiques tu mail y tu número de móvil, para que el contacto contigo sea más fácil. No es necesario introducir ningún dato personal, aunque sí el modelo y color de tu vehículo.

El sistema es el siguiente: Un conductor propone un viaje, un número de plazas en su coche y un precio por persona (que no puede ser mucho mayor que el de gasolina + peaje dividido entre las plazas del vehículo). Los viajeros hacen preguntas sobre el trayecto, lugares de recogida, y reservan sus plazas dando su tarjeta de crédito. Bla bla car retira el dinero, y da al viajero un código que debe entregar al conductor al final del viaje. Si el código no es introducido por el conductor, el dinero vuelve a la cuenta del viajero.
(Creo que en España se da la opción de pagarlo en mano al conductor, pero no tengo información al respecto).



Todos los usuarios tienen bajo su foto (o, en su defecto, silueta de colores) cierta información: Su sexo, su edad, si suele hacer covoiturage o no, si prefiere trayectos con fumadores o no fumadores, si le parece bien viajar con animales, y cuánto le gusta charlar (Bla, Blabla, o Blablabla, es un sistema muy científico). Así se te permite hacerte una idea de con quién vas a viajar.

Y ya con todos estos datos, te lanzas a la aventura.

Te puedes encontrar de todo en el coche: Venerables ancianitas de 70 años que te piden que les cuentes tu vida, madres de familia que viajan con sus hijos además de los pasajeros extra, universitarios que utilizan este sistema para que les salga más barato ir y volver a casa los findes… Y en cada caso la música, la conversación y el trayecto serán diferentes.

Por último, es importante saber que la base del sistema son las opiniones de los usuarios. Tú puedes (y debes) dejar un comentario sobre el viaje que has realizado, y sobre el conductor (o los pasajeros, si eres quien conduce). Así, futuros viajeros verán qué tal se va contigo (si hablas muchísimo, si eres puntual, si llevas la música muy alta…) y se sentirán tranquilos al saber que mucha gente ha ido en tu coche y ha vuelto a casa para contarlo y ponerte verde, o por las nubes.

(Para los paranoicos: Son opiniones reales. Crear opiniones falsas requeriría hacerse varias  cuentas falsas, reservar  varios covoiturage con tu otra cuenta, pagándolo y todo, confirmar que los has hecho, y opinar después. Es posible, pero es muy trabajoso. Hay maneras más fáciles de atraer víctimas.
Sí, me he planteado todo esto.
Sí, puede que tenga un problema).

Tras leer y escuchar toda la información disponible, incluyendo opiniones en blogs, y la experiencia de mis compañeros de piso que ya lo habían hecho, decidí que no había razones lógicas para tenerle miedo a aquello, y que además no podía ser que una persona inteligente y con sentido común anduviera asustada por secuestros improbables en vez de comprobar por sí misma que no se daban. ¡Al fin y al cabo qué somos, leones o huevones, demonio!

Total, que allá que me fui. Dos covoiturages en dos días, y la experiencia ha sido muy muy positiva. Un viaje rápido, ameno y tremendamente barato tanto a la ida como a la vuelta. Dado que os lo estoy contando, nadie me ha raptado (no, no escribo desde un zulo, ni mi secuestrador me ha robado la contraseña, soy yo libre sana y salva, lo juro), y puedo recomendar el covoiturage a todo el que le apetezca probarlo.

Yo, desde luego, repetiré, tanto aquí en Francia como en España a la vuelta. Aunque, por lo que sé, aquí está más extendido.

Así que si alguien ha llegado a este blog con el mal rollo que tenía yo en el cuerpo la semana pasada, que se tranquilice y siga investigando hasta convencerse ^^


***

Para los que esto lo tienen ya superado, que se lancen con el “coachsurfing”, y nos cuenten la experiencia a los que vamos poco a poco.

***
Unos meses después probé finalmente Blablacar en España y lo conté aquí.



Mont Saint Michel


Mont Saint Michel es una fortificación en medio de la nada.
Mont Saint Michel es el mar alrededor, o kilómetros de arena.
Mont Saint Michel son gaviotas, cuervos, mirlos y gorriones que lo hacen suyo.
Mont Saint Michel es un terrible exceso de turistas y tiendas de souvenirs.
Mont Saint Michel son sus murallas.
Mont Saint Michel es la abadía.
Mont Saint Michel es la terraza que se asoma al agua.


Llegué allí, once años después de escuchar hablar de él por primera vez, con curiosidad y cierto sobrecogimiento.
Me sorprendió para mal en cuanto entré.
Me sorprendió para bien en cuanto me adentré.

Caminar sobre piedras que llevan ahí tanto tiempo, tan aisladas a pesar del turismo, tan especiales.
Sentir de una forma extraña que estás en un lugar especial. Ningún ser humano se abre paso por ciénaga, bosque y mareas imposibles para construir una iglesia, o un dolmen (los celtas llegaron antes) si no hay nada que le atraiga. Llámesele como se quiera, las religiones no tienen la exclusividad de las intuiciones humanas.


Y sentarte en un cementerio, a escuchar un concierto que viene desde un campanario. Alucinante.


Y aprovechar para reflexionar, y para escribir en el cuaderno rojo.

Pensar que no por estar en el mismo lugar las personas comparten los mismos motivos.

Sentir el frío, y el viento, y aún así resistirte a bajar de la terraza de la abadía, porque lo que ves es probablemente una de las imágenes más bonitas que vas a encontrar en tu vida.

Notar dentro muchas cosas, muchas palabras, muchas emociones y muchos cambios latiéndote en las venas.

Ver musgo en los tejados de pizarra.
Apreciar el olor del mar en el aire.
Quitarte los guantes para hacer una foto, y que el viento helado te erice la piel.
Querer compartir lo que te rodea, y a la vez alegrarte de haber venido sola.

Escaleras.
Más escaleras.
Muchas más escaleras.
Muchísimas más escaleras.
Subir sudando, con las correas del macuto pequeño apretándote los hombros.
Bajar temiendo deslizarte.
Escaleras.
Agujetas.

Agradecer que sólo haya nubes y frío, en vez de la lluvia helada y el viento huracanado con el que esta región parece amenazar todo el tiempo.
Y maravillarme por completo cuando se van las nubes, y de pronto la abadía es dorada, y la arena es azul.

La música del órgano.
Las flores del cementerio.
Los grabados en la piedra.
Los pilares gruesos.

Complicidad desde dentro.
Peregrinación.
Símbolos.
Sencillez.
Belleza.

Fotos que hago yo, o que pido a un rostro en la marea de turistas. Compañeros en este tramo, al menos un poco.

Resistirme a volver a la rutina, pero no queda más remedio.
Bajar todas las escaleras del mundo (más agujetas).
Recorrer la muralla hacia fuera.
Y salir.
Y llevarte un trocito de algo indescifrable dentro, a cambio de una partecita de ti que dejas atrás.

Mont Saint Michel es pequeño, y aún así deja con ganas de volver. Habrá que hacerlo.
Pero la próxima vez, bien acompañada.



***

Llevo una hora intentando escribir sobre mi viaje de ayer, y he borrado ya cuatro textos. Quizás sea mejor dejar estas pinceladas al azar, y que cada uno trate de descubrirlo como quiera.

Porque, sin duda, merece la pena.



22 de noviembre de 2013

Becaria en Francia: Pensamientos aleatorios de un jueves de noviembre

08:00
Suena la alarma.
No quieroooooo.
Algún día superaré mi noctambulismo, seré capaz de acostarme temprano y de levantarme a las ocho sin desear morir…
No, todos sabemos que no.

Atraso la alarma.

08:45
Suena la alarma otra vez
Hago la croqueta hasta el borde de la cama, me tiro al suelo y saco los pies antes de dar con las costillas en la extraña moqueta de arpillera que hay sobre el suelo de mi cuarto.
Me visto.
Me deshago el intento de trenza de cinco cabos de anoche. Nota mental: si te vas a poner creativa con tu pelo, hazlo antes de que se seque.
Me hago una coleta alta.
¿Me pongo las lentillas? 
No, que luego me tiro el día mirando a una pantalla y al llegar a casa me las tengo que quitar con un raspador.

09:10
Salgo de casa.
QUÉ FRÍO HACE EN NIORT.
Cojo el autobús, enseñando mi placa del FBI niortés.
Llego al trabajo.
La jefa se ha tomado la mañana libre, así que nadie sabe que he llegado tarde. Yupi.

9:35
Me pongo a trabajar.
Comunicados de prensa, artículos…
Escribo un correo a soldado Joe y a presentadora S.
Acompaño a Lt a por unas acreditaciones. Por supuesto, no las tienen.
Ordeno las fotos de la semana pasada.
Llamo por teléfono a medio Niort. Cada vez se me da mejor.

13:00
Como.
Es curioso, entre semana a estas horas francesas estoy famélica, y los findes me pueden dar las tres de la tarde antes de empezar a hacer la comida. Mi organismo tiene una adaptación parcial al horario francés muy peculiar.
Sigo la conversación a medias. Me vuelvo a sorprender de la cantidad de hijos que tiene aquí la gente, y de lo jóvenes que empiezan a reproducirse. No sé si es porque este pueblo es tan aburrido que es lo único con lo que entretenerse, o por devoción, pero es muy curioso.
Qué simpática es aquí todo el Mundo. Da gusto.

15:00
Reunión con ConZeta y McB sobre mis prácticas.
Todos estamos encantados de habernos conocido. Qué bello es el proyecto Leonardo y la cooperación europea.
Alaban mi francés hablado y comentan que el escrito se me da peor.
“¿Qué aporta La Buhonera a la empresa, madame ConZeta?”
“Trabajo extra… Bueno, y su personalidad. Es muy agradable, siempre saluda…”
Da gusto que valore tu labor la persona que menos sabe de ella…

16:30
Mamáfrancesa me da la enhorabuena por mi último artículo. Aunque me lo ha tenido que corregir, dice se nota que he mejorado mucho el francés escrito.
Le adoro. Mucho.

16:56
Bus al centro, tengo que hacer unas fotos a un Monsieur. Tenemos cita a las 17.45.
El plan es hacerle las fotos, pillar el bus de las 18.07, soltar los bártulos en casa e ir a la compra para evitar tener que chupar el hielo del fondo de la nevera como cena.

17:30

Llego al edificio. En la recepción hay una gata tricolor preciosa durmiendo sobre una de esas bandejas para dejar los papeles.
El Monsieur no está. No pasa nada, es pronto.

17.45
El Monsieur sigue sin estar. Me siento en una silla de plástico a esperar;

18.00
El Monsieur no llega. Me pongo a rever un capítulo de The Newsroom.

18:08
Bye-bye bus. El Monsieur continúa sin dar señales de vida.

18:30
El Monsieur aparece, corriendo.
Muestra reticencia a que le haga las fotos “¡llego tarde y tengo cosas que hacer!”
Como soy una profesional, sonrío y le digo que será sólo un momentito.
Hago tres fotos. Sólo sale mirando al objetivo en una.

18:35
Salgo a la calle.
El suelo está encharcado, debe haber caído una tromba importante.
De buena me he librado, porque no llevo paraguas.
El frío es absolutamente inaudito.
Empiezo a tiritar a lo bestia, y dejo de sentir la nariz y los dedos. Es la última vez que salgo sin guantes.
Un gato atigrado me mira y se esconde debajo de un coche cuando intento hacerle una foto.
Decido ir al súper del centro y hacer allí la compra, porque ya no hay buses y no me da tiempo a ir a casa a dejar las cosas.
Me pongo Bon Iver a todo volumen en los cascos. Está ganando muchos puntos en mi gusto musical.
Empiezo a pensar en escribir este post.

18:45
Un hombre mayor me para en medio de la mega cuesta de Alsace-Lorraine. No puede abrir la puerta de su bloque. Está tiritando. Le abro la puerta. Pobrecillo.
Pregunta inquietante: Si en noviembre hace este frío, ¿qué hace la gente en enero?
Me alegro al recordar que no estaré aquí para averiguarlo. La experiencia Leonardo está siendo muy buena, pero me gustaría volver a un lugar de temperaturas razonables.

18:50
Llego al súper. No siento las manos ni la cara.
Hago la compra rápido, intentando que no se me olvide nada.
Doy vueltas por las estanterías. No me aclaro en este sitio, vengo poco y no le tengo pillado el punto.
¿Esto ya lo he cogido? ¿Me quedaba pan de molde?
Mierda, aquí no hay cerillas… Ah, sí, están ahí.
Cojo 3 Pastabox. Paso de cocinar para mañana, ni para el lunes.
Meto lo más pesado en la mochila (donde ya están una carpeta llena de papeles, un Petit Nicolas, mi portátil con su cargador y el tupper de la comida de hoy), y el resto en una bolsa.

19:15
Salgo del súper.
Soy una especie de jorobado de Notre Dame más deforme: Mochila con unos 7 kg de peso, bolsa de la compra en la mano izquierda y bolsa de la cámara de fotos del trabajo en la derecha.
Camino hacia casa con un humor decreciente.
Ni siquiera el capitán Haddock que por alguna misteriosa razón está siempre en el escaparate de la farmacia me anima.




19:30
Llego a casa, abro la puerta casi de una patada.
Me acuerdo de golpe de que habíamos quedado en ir a cenar a casa de Camille y Sorisas. No tengo fuerzas para volver a salir de casa. Lo siento.
Coloco la compra, me derrumbo en una silla y me como un sándwich que he comprado mientras le cuento mi absurda tarde a Fleur.

20:00
Subo a mi cuarto y me pongo ropa de estar por casa. La vida puede ser maravillosa.
Hago la croqueta en la cama viendo una serie. Qué alivio volver a sentir las extremidades.

21:00
Pongo una lavadora y hablo por teléfono con casa.
Presentadora S ha respondido a mi correo. Está plofilla, a ver si hablo con ella. De soldado Joe nada sabemos... La física es una amante exigente.

22:00
Debería cenar, pero no tengo ganas de cocinar.
Escribo en el cuaderno verde con Flume de fondo. Busco la letra. Me flipa.

23:00
Tiendo la lavadora y pongo otra.
Debería irme a dormir pero tengo que esperar a que termine la lavadora.
Cierro el viaje a Mont Saint-Michel con Camille.
Veo capítulos en bucle infinito mientras pienso si escribir este post.
Mejor no, estoy tristona y de mal humor, me va a quedar deprimente y no me apetece. Ya lo escribo en otro momento.

00:00
La lavadora no termina, y no termina, y no termina…
Se me cierran los ojos.
Leo artículos y sigo viendo series.

01:20
La lavadora termina.
Tiendo, me pongo el pijama y pongo la alarma para mañana.
Caigo en la cama como un fardo.
Buenas noches…



20 de noviembre de 2013

El complejo español

Normalmente, cuando uno deja su país para vivir en otro temporal o definitivamente, cuenta con que va a aprender cosas de su lugar de destino. Casi nadie se plantea que una estancia en el extranjero le vaya a enseñar nada de su propio país… Y sin embargo así es.
Estas lecciones a veces son muy amargas, y nos hacen ver las miserias de nuestra patria. En otras ocasiones son agradables y nos hacen sentir orgullosos.
En mi experiencia, fue un aprendizaje agridulce.

Cuando me fui a París hace dos años para vivir allí nueve meses, me tropecé con cosas que no esperaba encontrar: Una burocracia híper masificada y terroríficamente lenta que dejaba la Española como un juego de niños, un metro sucio, desorganizado, que fallaba todos los días varias veces. Personas desagradables, maleducadas, groseras con los extranjeros, que no se esforzaban lo más mínimo en hablar un idioma que no fuese el suyo. Una ciudad que olía a orines en casi todos sus rincones.
Poco tenía que ver aquello con el París de las películas.

Me encontré con que, en ese país que era el paradigma del laicismo, los católicos tenían una fe que jamás había visto en España, llegando al radicalismo. En Francia no existe la figura del católico no practicante.
Me tropecé con huelgas a cada paso, protestas que obligaban a cerrar una universidad por el miedo a la violencia de los estudiantes.
Me di de bruces con un país caótico en el que la extrema derecha se hace fuerte, en el que la inmigración ha sido un problema mal tratado que hoy es realidad casi ignorada.
Y pensé… ¿éste es uno de esos países a los que España tiene que envidiar?

Cuidado. No es éste un post que pretenda criticar a Francia, que tiene multitud de cosas buenas (por nombrar alguna, la gestión de becas, que ya la quisiera España, en calidad, cantidad y justicia). Tampoco es un post para hablar de lo maravillosa que es nuestra piel de toro y de la envidia que nos tienen los gabachos.
Es un post sobre lo mal que nos vendemos los españoles. Sobre lo acomplejados que estamos. Y sobre lo mal que nos viene.

Cuando un español habla de su tierra, por lo general lo hace con una mezcla de rabia,
vergüenza y tristeza. Habla de la poca vergüenza de sus políticos. De lo hondo que ha calado la crisis. De nuestro bajo nivel de educación. De las estratosféricas cifras de desempleo. De las colas en la Seguridad Social. De lo caro que cuesta el Metro.
Cuando la “Marca España” se vende internacionalmente de la mano de los políticos, lo hace basándose en la fiesta (única palabra que todos los habitantes de occidente saben pronunciar en nuestro idioma). En los toros. En la playa. En el flamenco. En las “relaxing cups of café con leche”. Los mismos lugares comunes que ya vendía Fraga con su “Spain is different”.
Y después, cuando los extranjeros nos miran por encima del hombro (o imaginamos que lo hacen) sentimos una mezcla de ira y embarazo. Algo así como “¿Qué hace ese guiri, creyéndose superior a mí, cuando en España…? Bueno, en realidad tenemos un país de mierda, normal que nos mire así.”

Y no, señores. De eso, nada. Ni tenemos un país de mierda, ni somos inferiores a nadie en nuestra totalidad como Estado. Todos los países tienen sus cosas buenas y sus cosas malas. Todos los países tienen corrupción, tienen gente idiota y desventajas para vivir en ellos. Y todos tienen aspectos maravillosos que explotar.
Lo que diferencia a España del resto del Mundo no son sus virtudes ni sus defectos, sino qué elegimos mostrar.

Pregúntenle a un estadounidense cuál es el mejor país del Mundo, y responderá sin dudarlo ni un segundo: Estados Unidos (“América”, como siempre dicen, ascendiéndose de país a continente por la cara). Y a lo mejor ha estado ese fin de semana en una manifestación contra su Gobierno, y a lo mejor ha echado pestes contra todo lo que implica su nación media hora antes. Da igual. Esas cosas son minucias. Su país sigue siendo el mejor. El marketing mundial nos lo vende como el mejor. Sus ciudadanos consideran que es paradigma de maravillas. Que lo sea o no, termina siendo lo de menos.
Sin irnos a ese extremo. ¿Qué dice un inglés, un alemán, un holandés, un francés, sobre el lugar del que viene, a los extranjeros? Cuenta las virtudes. Puede hablar de los defectos, de los problemas, sí. Pero en el fondo, sabe que no es un mal país, que sus muchas ventajas lo hacen un lugar magnífico para vivir.

¿Y los españoles? Los españoles nos enorgullecemos de gritar a los cuatro vientos que vivimos en un país de mierda, y luego nos sorprendemos cuando se actúa en consecuencia.
Sólo nos ofende que nos insulten el deporte, o las playas. Lo demás, nos da igual.
Y no nos vendemos.

Ningún español comenta, en el Metro de París, que en el de Madrid no hay ratas, ni es normal que el 60% de los trenes de una línea se detengan en medio de un túnel (al menos cuando yo vivía allí, hace 6 meses, al ritmo de recortes igual esta información está desactualizada). Ningún español alardea del Prado, o de que tenemos estilos arquitectónicos casi únicos, gracias a la mezcla del arte árabe con el cristiano medieval. Ningún español cuenta que si te duele la cabeza, si te rompes una pierna, si necesitas un trasplante de riñón, el Estado cubre los gastos, todos, del primero al último (esto también podría quedar desactualizado…). Ningún español dice “sí, nuestra clase política es horrible, pero tenemos unos artistas increíbles, una juventud con inquietudes…”.
No.
Decimos “Así va España”, “Vaya mierda de país”, “No me extraña, esto es España”. Decimos “nuestros políticos no nos representan”, pero nos hacemos eco de cada burrada con una aún mayor, en vez de decir “Hey, que nosotros no pensamos esto, y tenemos toooodos estos argumentos en contra, aunque no nos hagan caso”.

Para terminarlo de arreglar, el amor a España lleva mucho tiempo secuestrado por la derecha más casposa, que se apropió de bandera y patriotismo en los 70, ante una izquierda demasiado cobarde como para recuperarlos. Es esa gente que aplaude España de forma patética, apoyándose en cosas como “¡Este jamón sólo lo hay en España!”, “¡Ya quisieran esos gabachos nuestro Sol!”, y otras lindezas. Por no hablar de quienes equiparan patriotismo a salir de casa con la bandera del aguilucho franquista.

Nos ponemos a parir, nos destruimos con un entusiasmo suicida y absurdo. Nos hacemos una campaña de marketing negativo acojonante… Y admiramos “lo bien que se debe vivir en Noruega/Estados Unidos/Canadá… Países en condiciones, no como España.”

Y luego llegamos a esos países.
Y nos damos cuenta de que, por supuesto, tienen miles de cosas que hacen que merezca la pena vivir allí.
Pero también multitud de defectos y problemas que nunca nos habían contado, y que no nos habíamos molestado en buscar en sus periódicos.
Y resulta que España no es tan mala al fin y al cabo.

Ésa fue la lección más importante que aprendí en mi Erasmus (otra cosa en peligro de extinción… Un saludo al ministro Wert). Una lección que revivo todos los días ahora que vuelvo a estar fuera, trabajando esta vez.

Queridos españoles, vamos a quitarnos los complejos de encima. Vamos a exportar las cosas buenas que tenemos, que son muchísimas, a darlas a conocer, y a dejar de rechinar los dientes con las malas, echando pestes por todas partes de cada mínimo problema sin voluntad de arreglarlo.

Y que no haga falta que toda mi generación (la más preparada de España y todo ese papel mojado… los emigrantes del siglo XXI) vuelva del exilio en unos años para contar todo esto.
Y así, a lo mejor, hasta salimos del pozo con la cara lavada, y un poquito antes de lo esperado.


19 de noviembre de 2013

La magia de Internet (GRACIAS)

Te da por abrir la cartera y releer ese artículo que siempre te anima, porque hoy tienes el día triste y te apetece que te recuerden que las cosas se arreglan.
Y, tras leerlo, piensas “debería contar mi historia con este artículo en el blog”.
Y escribes un post muy corto, con el texto del artículo y una foto que has hecho con el móvil.
Y lo enlazas en Twitter, porque es lo que siempre haces.

Sales del despacho, te montas en el autobús, llegas a casa, te quitas el abrigo (qué frío hace en Niort), saludas a tus compañeros de piso…
Ves una serie, meriendas, charlas un rato…
Y de pronto miras el móvil.
“¿¿¿¿Pero esto qué es????”

Y flipas.
Y asistes asombrada, durante horas, a la avalancha de personas que se han reconocido en tu texto, o a las que tu post les ha servido para recordar cómo les hizo sentir ese mismo artículo.
Y ves que el autor del artículo te retuitea. Y te sigue.
Ves tu tuit en la web oficial del escritor.

La gente te habla en Twitter, te da las gracias. Decenas de retuits.
Tus amigos están que no se lo creen. Te felicitan.
Escribes al autor, expresándole tu gratitud por haberte leído.

777 visitas al post.
1090.
2130.
3999.
Cuando te acuestas, 4070.

Y te levantas, con la euforia más calmada.
Y 24 horas después de subir el post, son ya 5233 visitas.
Y ves que el escritor te ha respondido. Y que te da las gracias él a ti.
Y se te saltan las lágrimas.

Jamás habría imaginado todo esto. La magia de un artículo unida a la magia de Internet.

Gracias a todos los que han leído.
Gracias a todos los que han comentado.
Gracias a todos los que se han sentido identificados.
Gracias a todos los amigos que han compartido conmigo la ilusión, la euforia y la incredulidad.
Gracias a todos los que han retuiteado, citado, compartido.
Y gracias, por supuesto, a don Arturo. Por hacerlo posible.

Porque nadie dijo que fuera fácil… pero tampoco nos contaron que podía ser maravilloso.

18 de noviembre de 2013

21 de enero de 2007, "Nadie dijo que fuera fácil"

21 de enero de 2007
Tenía 16 años.
Mi vida se estaba cayendo a pedazos. Y mi adolescencia empeoraba aún más la sensación de aquello que estaba ocurriendo.
Estaba sola, muy muy sola.
Me sentía distinta a todo el Mundo, y no entendía por qué.
Estaba dentro de uno de esos pozos que se dan dentro y fuera de nuestras cabezas, amenazando con ahogarnos.
No parecía haber salida hacia ninguna parte.
Las cosas no podían ir a peor (y, aún así, irían a muuuucho peor).

Y, de pronto, me encontré con el artículo.
Mi abuela me los guardaba cada semana, porque yo lo prefería a leerlos en internet. Ella me los daba recortados y yo los guardaba en una carpeta.
Yo le había escrito una carta al autor poco antes. Tal vez para sentirme menos sola. Una especie de botella arrojada al mar.
Nunca supe si la leyó.
Pero aquel artículo me pareció la mejor de las respuestas.
Lo leí.
Lo releí.
Lo volví a leer.
Lloré.
Lo doblé, y lo metí en mi cartera.

Aquellas palabras me dieron la esperanza que necesitaba. La fuerza que necesitaba para levantar la cabeza y seguir, a pesar de todo, a pesar de todos.

Han pasado muchos años desde entonces. Mi vida ha cambiado lo inimaginable, casi siempre a mejor.
El artículo continúa en mi cartera, y de vez en cuando lo leo. Siempre se me humedecen los ojos. Siempre me reconozco. Siempre me da fuerzas.

Un día le contaré esta historia a su autor y le daré las gracias.
Y, de paso, me pediré que me firme el pobre y maltratado pedacito de papel.

Nadie dijo que fuera fácil (Arturo Pérez-Reverte)


Todo el mérito es tuyo; tienes mi palabra de honor. Quizá el botín de tan larga campaña -y lo que te queda todavía- no sea lo dorado y brillante que uno espera cuando la inicia, a los doce o trece años, con los ojos fascinados de quien se dispone a la aventura. Pero es un botín, es tuyo, es lo que hay, y es, te lo aseguro, mucho más de lo que la mayor parte de quienes te rodean obtendrán en su miserable y satisfecha vida. Tú has abordado naves más allá de Orión, recuerda. Tienes la mirada de los cien metros, esa que siempre te hará diferente hasta el final. Fuiste, vas, irás, esos cien metros más lejos que los otros; y durante la carrera, hasta que suene el disparo que le ponga fin, habrás sido tú y habrás sido libre, en vez de quedarte de rodillas, cómoda y estúpida, aguardando. 


Ahora sabes que todo merece la pena. La larga travesía por ese mundo de méritos numéricos y ausencia de reconocimiento, donde te viste obligada a arrastrar contigo al niño de papá, al tonto del haba, al inútil carne de matadero, con tal de llevar a buen término el trabajo para el que te bastabas en solitario. Has crecido y sabes que las oportunidades no estaban en los otros, sino en ti. Que no había nada malo en aquella chica tímida que se llevaba libros a las horas libres de tutoría; que buscaba la mirada de los profesores inteligentes, no para hacerles la pelota, sino por sentirse cómplice y no estar sola. La jovencita que sobrecargaba la mochila con El guardián entre el centeno o El señor de los anillos, que en la excursión del cole a Madrid prefería ver el Planetario, el Prado o el Reina Sofía a dejarse la garganta en el parque de atracciones. Que se enfrentaba a la hostilidad de compañeros cretinos porque era la única que había leído las Sonatas de Valle-Inclán o sabía quién era Wilkie Collins. Ahora que miras hacia atrás con madurez, comprendes que cada vez que alguien ninguneó tu forma de ser, te insultó, te miró por encima del hombro, no hizo sino precipitar tu aprendizaje y tu lucidez. Tu certeza de ser mejor, más despierta y diferente. 


Mírate ahora. Qué lejos estás de tanto borrego y tanto buey. Entras en la edad adulta sin que nadie pueda imponerte una sonrisa falsa cuando el mundo y su estupidez, su envidia, su mezquindad, te hagan fruncir el ceño. Ahora tienes la certeza de que no te equivocaste, y de que la niña callada en el banco del fondo puede ser vengada por la mujer que hoy la recuerda. Sabes ya que puedes ser feliz a tu manera y no a la de otros, con tus libros, con tus películas, con tu familia, con esos amigos que no sabes cuánto tiempo van a durar y por eso aprecias tanto, con la mirada serena que ahora posas a tu alrededor, en la calle, en el trabajo, en la vida. En la muerte. Ahora sabes que la virtud, en el más hondo sentido de la palabra, está en ese aguante de tantos años, cuando cerca estuvieron de convertirte en otra. Comprendes al fin que los malos profesores son un accidente sin demasiada importancia, pues eres tú quien aprende; y la vida, incluso con sus insultos, con sus malvados, con sus tragedias, con sus reglas implacables, la que te enseña. Nadie dijo que fuera fácil. 


El otro día fuiste a ver Salvador y saliste del cine asombrada, llorando. No por la película, ni por la suerte del protagonista, sino por la certeza de que los ideales de aquel muchacho ya no tienen sentido, porque ninguno los sustituye ahora, porque la gente de tu edad se divide en dos grandes grupos: una minoría de analfabetos desorientados, pasto de demagogia barata en manos de políticos sin escrúpulos, y una masa inerte cuya única aspiración es salir en Gran Hermano o ponerse hasta arriba el sábado por la noche; jóvenes con garganta y sin nada que gritar, que se irían por la pata abajo puestos en la piel de Salvador Puig Antich, o a los que, viendo El crimen de Cuenca, la sola visión del garrote vil haría cerrar los ojos con escalofríos en la nuca. Pero tus lágrimas, amiga, demuestran que tienes razón. Que no te equivocaste al amar al conde de Montecristo y al Gabriel Araceli de Galdós, al buscar el secreto genial de un soneto de Borges o Quevedo, al transitar, jugándotela, por los senderos sin carteles luminosos en los pasillos oscuros de la Historia. Al hacer de cada esfuerzo, de cada miedo, de cada desengaño, de cada ilusión y de cada libro, un martillo con el que picar los muros espesos que te rodean. 


Y si algún día tienes hijos, intenta que sean como tú. Como esos tipos flacos de los que hablaba Julio César, a la manera de Casio: gente de dormir inquieto, peligrosa y viva. La que quita el sueño a los apoltronados y a los imbéciles.”


http://www.perezreverte.com/articulo/patentes-corso/130/nadie-dijo-que-fuera-facil/

Nocturno

La vela casi se ha consumido. Un charquito de cera roja rodea el cabo que la llama continúa lamiendo, titilante.
Flota en el aire un suave olor a incienso, a tranquilidad, a casa.
Duerme. La ropa aún puesta, el cuello en una postura imposible, las pestañas casi rozando las mejillas.

El sueño parece haber llegado de golpe, sin esperarlo.

Duerme, y la paz que transmite es contagiosa.

Los zapatos en el suelo, de cualquier manera. La ropa dispersa. Folios, libros, carátulas vacías.
El ordenador aún encendido, aunque la pantalla hace largo tiempo que se apagó.

Huele a casa. A tibieza. A noches desgranadas sin prisas.

Sus labios dibujan una sonrisa tranquila.
¿Con qué sueñas, tan lejos de este mundo que te rodea y te observa?

Se gira, acomodándose, dándole a todo la espalda y refugiándose sin pretenderlo junto a la pared.

La suave luz amarilla que aún ilumina la habitación no le molesta, ni siquiera la percibe.

Su respiración es lenta, pausada, imperturbable. Su aliento mueve levemente las sábanas y dispersa su tenue olor por la almohada.
El olor de su piel, de su respiración, de su ropa.

La puerta está entornada, pero nadie va a entrar. Es muy tarde. Hace horas que todos duermen.
La persiana no está echada. Si no se despierta para cerrarla, en unas horas los rayos del Sol interrumpirán su descanso.

Ahora, la Luna llena, hermosa, mágica, vela su sueño.
Le susurra al oído nanas olvidadas.
Le cuenta secretos.
Le da mensajes que, si no durmiese, no podría escuchar.

La cama cruje al moverse su cuerpo.

Parece susurrar en sueños algo inaudible.
¿Qué quieres, qué pides, desde tan lejos?

Sus pies, enfundados en calcetines para protegerse del frío que nunca parece abandonarlos, se mueven, despacio. Parecen buscar a alguien.

La llama de la vela se ahoga en el lecho de cera con un chisporroteo.
Humea.
Y el olor del cabo quemado se cuelga del aire, ahogando por unos momentos el del incienso.

Su nariz se arruga, por el aroma amargo.
Sus párpados revolotean.
Pero no se despierta.

Sus manos rozan la sábana con la suavidad de los amantes.
¿A quién crees acariciar en esta noche, si no hay nadie a tu lado?

La calma pesa sobre la habitación.
Todo está bien.

Y, sobre la colcha, su cuerpo tibio destila esa tranquilidad.
No hay prisa.
No hay dolor.
No hay angustia.
Sólo noche.

Sobre la mesa se apilan los papeles.
Las cosas pendientes.
El Mundo de mañana.
Todo lo que exigirá respuestas, soluciones, lucha.
Pero ahora no.

En su Alma sigue brillando la misma luz.
Y todo está un poco más cerca.

En su mente, en sus sueños, una playa que no existe acoge lo más sagrado que se pueda imaginar.

En su camino, el futuro más bello.

Pero todo eso llegará por la mañana.

Esta noche, sus pestañas rozan sus mejillas.
Esta noche, sus labios sonríen.
Esta noche, sus pies se rozan.
Esta noche, sus manos acarician.
Esta noche el mundo regala un respiro y un refugio.
Un nocturno escondido en el margen de la vida.



14 de noviembre de 2013

Fuiste. Eres. Serás.

Pubertad - Edvard Munch
Eras ella.
Frágil.
Pensándote lo que no eras.
Llena de miedo.
Temiendo la sombra
Mirando al espejo con incertidumbre.
Mirando alrededor para confirmar lo que sentías.
Vulnerable de la peor manera posible.
Sensible de la peor manera posible.
Asustada, aunque valiente.
Hermosa, pero escondida.
Con la luz más brillante escondida tras mil capas.
Abandonada a tu suerte en un mundo hostil.
Con escudo y espada.
Tu peor enemiga.
Tan llena de virtudes y tan ajena a todas ellas.
Tan pendiente de los demás en tu más ínfima esencia.
Negativa. Pesimista. Anticipadora. Paralizada.
Asustada. Insegura. Colérica. Defensiva.
Susceptible.
Defectos todos ellos presentes, todos ellos magnificados.
Virtudes a las que ponías nombre con voz de papagallo, reduciéndolas en tu corazón.
Perdida en un mar extraño.
Ajena a tantas luces, a tantas bellezas, a tantas sensaciones.
Con mil virtudes cada día, todas ellas menguadas por tu tozudez.
Con mil defectos menores, todos ellos fortalecidos por tu cerrazón.
Eras ella.
Has sido ella la mitad de tu vida.
Te convertiste en ella a la edad que se le refleja.
Te convertiste en ella al atraparlo todo dentro.
Te convertiste en ella sin saber o sin poder evitarlo.
Te convertiste en ella para sobrevivir.
Te convertiste en ella, y luego no supiste dejar de serlo.
Y, de pronto, encontraste el camino.






Le Bain de Diane - J. C. Corot
Eres ella.
Poco a poco fuiste llegando a ser ella.
Dejándote sentir la lluvia. Las tormentas de verano.
Mirando hacia ti en vez de hacia el resto.
Creyéndote las gotas de luz que te pendían del pelo.
Dejando que tu cuerpo y tu Alma se dirigiesen a su lugar debido.
Honrándote. Buscándote. Aprendiéndote.
Te atreviste a ver más allá, a aceptar lo que de bueno tenía la vida que ofrecerte.
Dejaste de boicotear cada paso que dabas.
Entraste en tu propia vida, acompañada de tantos que es imposible contarlos.
Pisaste fuerte.
Comenzaste a iluminarlo todo.
Y ríes.
Y cantas.
Y lloras.
Y sueñas.
Y todo lo haces poniendo dentro tal cantidad de corazón, que es imposible no maravillarse al verlo.
Los defectos existen, pero la lucha es tan encarnizada, y eres tan fuerte, que cada vez pierden más terreno y los dejas a tu merced.
Las virtudes son cada vez mejores, e incluso diría que son más.
Eres ella.
Y siendo ella te rompiste.
Y creíste dejar de ser todo
y volver a ser sombra.
Pero te equivocabas.
Pudiste ser ella más que nunca, más que siempre.
Y pudiste empezar a quitarte cada capa de encima.
Entraste, abriste las ventanas y decidiste perdonarte, abrazarte, permitirte ser feliz y sentirte feliz.
Comprendiste que eras merecedora de todo lo bueno.
Te desnudaste de cuerpo, de Alma, de espíritu, de corazón, hasta quedar en carne viva.
Hasta quedar tan expuesta ante ti que el menor roce era una flama.
Y así eres hoy.
Eres la ella más pura, y estás cerca de ser la tú más pura, más perfecta, más brillante.






Serás ella.
Serás la mayor pureza de ti misma.
Serás la más bella de tus versiones.
Plena, entera, serena, fuerte, feliz.
Volcada.
Capaz de volver la espalda a los dardos del Mundo, sabiéndote más fuerte.
Capaz de darte por entero, generosa, cuando se te requiera.
Consciente de cada mínima virtud en su completitud.
Consciente de cada mínimo defecto en su completitud.
Sabedora de que sólo mereces aquello que sea mejor.
Con la fuerza para cambiar cada defecto.
Con la valentía para aceptar cada virtud.
Con la bondad para perdonarte en cada detalle.
Una luz, y otra, y otra más.
Una por cada regalo que obtuviste en el proceso.
Serás ella.
Y no habrá nunca vuelta atrás.
Y nunca podrás ser otra cosa.
Porque serás, por fin, tú. Sin disfraces, sin máscaras, sin dobleces, sin espejos.
El núcleo de ti misma volcado hacia fuera.
La perfección reconocida por fin en cada cosa, ajena y propia.
Ilsiai ante tus ojos y dentro de ti al mismo tiempo.
Un cuento contado entre las sábanas.
Una mano tendida hacia quienes no encuentran el camino.
Serás ella.
Serás tú.



Mujer ante el espejo - Pablo Picasso


Un pie
Después el otro
Una mano
Después la otra
Una noche en la playa
Una mañana en la playa
Un perro de negro pelaje
Un ser mágico
Confianza hecha de arena, romero y piel
Fe hecha de luz de Luna y agua de mar
Feminidad
Hojas que surcan el cielo
Rayos de Luna que tejen el árbol
Un camino sinuoso
Magia
Pasos
El espejo ante el que te miras
Reconcíliate
Cambia
Valentía
Fuerza
Esperanza
Amor
Encuentro
Pureza
Atracción
Deseo
Creencia
Expectativa
Creación
Mujer
Los rayos del Sol sobre la piel
Mi mirada sobre los ojos
La fuerza del cambio
Mariposa
Crisálida
Metamorfosis
Nido
Tigresa de Bengala
Pureza
Luz

No quedan dobleces, no quedan disfraces, no queda nada
Sólo estás tú, desnuda ante el espejo
ante todos tus presentes
ante todos tus pasados
ante todos tus futuros.
Y decidirás
y será la mejor elección.
Y caminarás
y será el mejor de los senderos.
Y crecerás
y te maravillarás de lo conseguido.
Y serás tan perfecta
como siempre te negaste a llegar a ser.
Y dejarás el ego
abrazando a la vez a tu reflejo.
Y eres,
y fuiste,
y serás.
Y seguirás.
Pero
siempre
siempre
siempre
habrás
sido
sólo
tú.