29 de octubre de 2013

La nueva buhardilla. Perdón.

-Te tienes que ir-dijo la chica con firmeza.
La sombra alzó bruscamente la cabeza.

Estaban las tres de pie, observándola con severidad. La niña en el centro, los grandes ojos serios. Bilet a su derecha, tranquila pero muy firme. La chica a la izquierda, con el ceño fruncido.

-¿Qué?-respondió, sorprendida.
Rara vez hablaba, y para las otras fue una sorpresa oír su voz. Era trémula, fina, triste.
-No puedes seguir aquí, te tienes que marchar.
-Pero yo siempre he estado aquí, pertenezco a…
-No-le cortó la chica-. No perteneces aquí. Lo dábamos por hecho porque siempre habíamos estado las cuatro, pero nos hemos dado cuenta de que no es así. Eres dañina, no aportas nada, no ayudas, solo traes angustia, y dolor, y miedo. Y no necesitamos nada de eso. Tienes que irte.
-Pero este lugar…
-Este lugar está cambiando cada día. Llevamos semanas cambiándolo todo, logrando que la buhardilla sea diferente, y tú no sólo no nos ayudas sino que nos entorpeces. No nos dejas cambiar lo que está a tu alrededor, y cada poco tiempo te echas a llorar y estropeas algo de lo que acabamos de construir.
-¡Ella también llora!-increpó la sombra señalando a la niña, que no se movió.
-Sí-respondió la chica-. Ella llora un rato, o un día, pero luego se levanta, se seca las lágrimas y se pone a cantar mientras pinta la pared, o cambia los cristales de la ventana. Tú no haces otra cosa.
-No podéis echarme, soy parte de esto, soy una más. ¡No es justo!
-Sí lo es.
-¿¿Y ella??-grito, señalando a Bilet- ¿¿Ella tiene derecho a quedarse?? ¡Es mala, es cruel, es despiadada! ¡Ha hecho mucho más daño que yo!
A Bilet se le crisparon las manos, pero no dijo nada.
-Ella ha hecho mucho más daño que tú fuera de este lugar, pero nadie ha hecho más daño que tú aquí dentro. Además, ella es necesaria, aporta cosas buenas. Tú no. Tú eres sólo dolor, y no queremos más dolor.
-¡No me pienso ir!-gritó, la voz temblorosa.
-Te vas a marchar-susurró Bilet, con voz muy suave-. Por las buenas, o por las malas.
Tendió la mano y agarro a la sombra del brazo. Esta empezó a retorcerse y a llorar.

-¡Basta!-gritó la niña-. No le hagas daño.
-Pero tiene que irse-aseveró la chica-. Tu dijiste que…
-Sé lo que dije-interrumpió la pequeña-. Pero no podemos hacerlo así. Si le atacamos, si le hacemos daño, a lo mejor se va, pero todo lo que representa se quedará pegado a las paredes. Y no es ésa la buhardilla que estamos construyendo, ni en la que quiero vivir.
Hubo un silencio algo confuso.
-Entonces…
-Bilet, suéltala.
La sombra volvió a su rincón, masajeándose el brazo. La niña se acuclilló para mirarle a los ojos.
-Sé que sientes que perteneces a este lugar, pero este lugar no te pertenece a ti. Si sigues aquí, nunca podrá ser una buhardilla nueva, nunca podremos ser felices de verdad. Sé que te da miedo irte, pero no te queda otro remedio. Aquí ya no hay sitio para ti.
-Yo… Puedo cambiar…
-No, no puedes-respondió la niña con una sonrisa-. No está en tu naturaleza cambiar, pero no pasa nada. Has sido parte de este sitio mucho tiempo pero, si lo piensas, aquí nunca has sido feliz, ni has hecho feliz a nadie. ¿Merece la pena seguir viviendo así?
La sombra la miro con los ojos llenos de lágrimas y negó con la cabeza.
-Ven-pidió la niña, tirándole del brazo con suavidad. La otra se levantó-. No pasa nada. Eres lo que eres, y no es culpa tuya. No quiero que te vayas enfadada con nosotras, ni que nos guardes rencor.
-Yo sólo hice lo que pude, no siempre se puede ser fuerte, no siempre…
-Lo sé. Nadie lo sabe mejor que yo.
-Sé que os he hecho mucho daño, sobre todo a ti, pero no soy capaz de hacerlo de otra forma. Es así, las cosas siempre salen mal, siempre lo estropeo todo, sólo sé hacerlo mal…
La niña sonrió.
-Tranquila. No pasa nada. ¿Y sabes por qué?
La sombra negó. La niña le abrazó muy fuerte y susurró en su oído:
-Porque te perdono. Te perdono todo el dolor que hayas causado, todo lo malo que hayas hecho dentro y fuera de aquí. Te perdono cada lágrima, cada gota de sangre y cada portazo. Te perdono cada vez que nos hiciste creer que no podíamos. Te perdono todo lo malo que hayas hecho a nuestros seres queridos fuera de aquí, y todo lo que creas que has hecho mal aunque sea falso. Te perdono, Luna, por absolutamente todo.
La sombra la miró con los ojos abiertos como platos, y suspiró con fuerza, sintiendo que un nudo muy apretado se soltaba en su interior Comenzó a desvanecerse por los bordes. Miró a la chica.
-Siento haber sido una carga.
La chica sonrió.
-No es ella la única. Yo también te perdono, por todo. No pasa nada.
Bilet la miro con seriedad.
-Tú y yo hemos hecho mucho mal aquí, pero siempre podemos cambiar y hacer las cosas de otra manera. Yo también te perdono, porque si no, no podría perdonarme a mí misma y seguir ayudando.
La sombra asintió con la cabeza, mientras se hacía más difusa por momentos.
-La buhardilla va a quedar preciosa-comentó, con una pequeña sonrisa-. Estoy orgullosa de vosotras. Os merecéis lo mejor que os pueda pasar.
-Y por eso estamos luchando-respondió la niña.
La sombra siguió atenuándose, en silencio, en su rincón oscuro.
-Siento de verdad todo lo que he hecho.
-Lo sabemos. Y estás más que perdonada.
Y, con una última sonrisa, dejó de existir. No había ido a ningún lado, simplemente ya no estaba allí. Había desaparecido para siempre

Las tres suspiraron, liberadas de pronto de una presión en el pecho que no habían sido conscientes de tener.

La chica abrazó a la niña con fuerza.
-Lo has hecho muy bien.
La pequeña sonrió.

Limpiaron el antiguo rincón oscuro, lleno de manchas de humedad y de tristeza, pusieron música muy fuerte y volvieron a su trabajo de mejora. Aún quedaba mucho por hacer, pero ahora parecía más sencillo. La buhardilla parecía más grande sin ella, y más luminosa.

La chica se estremeció. ¿Y si, aunque no estuviera físicamente, su presencia seguía allí?
Pero negó con la cabeza. Se había ido. Le habían perdonado. Le habían liberado de todo el dolor. Y se habían dado así la mejor oportunidad de ser felices del todo.

Aún quedaba mucho trabajo que hacer, mucho por mejorar, por limpiar y por transformar. Pero el cambio en aquella habitación era ya más que evidente.


Qué grandes estaban siendo, y qué valientes. Y qué grandes iban a llegar a ser…



28 de octubre de 2013

Sexismo, igualdad y escultismo

Cuando uno forma parte del movimiento scout desde niño, aprende algunas cosas porque está programado que se le enseñen, y otras porque las experiencias y los momentos vividos las regalan.
Así, se intenta que los niños y adolescentes que están en un grupo scout aprendan a valorar la naturaleza y el tiempo que pasan en ella, pero muchas veces sin pretenderlo se consigue que vean en ella un consuelo en momentos malos.

Esto mismo sucede con muchas otras cosas, y es el resultado de ser un movimiento educativo basado en experiencias y no en lecciones morales. Cuando pasas 15 días lejos de tu ambiente habitual, con la misma gente y con una rutina determinada, al final te dejan poso muchas más cosas de las que puedes imaginar, y de las que se pretende que te lo dejen.

Según mi experiencia, una de las cosas más importantes en las que el escultismo español influye en sus participantes es la percepción de las personas del otro sexo, y la manera de relacionarse con ellas.
En España, las asociaciones scouts apuestan por una coeducación completa, y chicos y chicas duermen juntos en las tiendas de campaña, hacen las mismas actividades y trabajan como iguales. Ése es el objetivo teórico a conseguir, pero en la práctica los resultados son mucho más ricos.
(Hago hincapié en que hablo del escultismo español, desgraciadamente no es algo que se dé ni se valore en todos los países).

Cuando trabajas durante todo un año con personas de tu sexo y del opuesto preparando proyectos, jugando, aprendiendo... Cuando pasas noches con esas personas, y les ves dormidos, con la boca abierta y babeando sobre el saco, les ves cansados en unas marchas y con ampollas en los pies, les ves llorando porque echan de menos a su madre (de niños) o porque han tenido un desengaño amoroso (de menos niños), les ves decir las mayores burradas, les ves rascarse, eructar, estar sucio de polvo, oliendo mal, despeinado... Su sexo pasa a un tercer plano. Esas personas son tus compañeros.

Además, en la vida diaria del campamento, muy a menudo se erradican los tópicos y los roles de género más habituales: No existe el "chico fuerte que me ayuda a cargar esos troncos", sino que se le pide a la persona objetivamente más fuerte de una edad determinada, que a menudo, sobre todo en ese momento de la adolescencia en que las chicas doblan en cuerpo a los chicos de su misma edad, es una niña.
Lo mismo sucede con las emociones. Raro es el campamento en el que no llora todo el Mundo. Y nunca se escucha nada en contra de quien llora. Es más, no es raro que los mismos monitores (hombres y mujeres) tengan algún momento de soltar la lagrimilla de emoción, de tristeza o de orgullo. Y se ve como algo natural, porque quince días de convivencia intensa dan para mucho, emocional y físicamente.
Desmitificas mucho al otro sexo. No hay "princesita" que resista 15 días sin agua corriente, rodeada de bichos, vestida con ropa de campamento y recién levantada. Las chicas no tienen presión por estar monas (de hecho no se miran al espejo en más de dos semanas), y aunque haya momentos de la adolescencia en que son coquetas aún en el ambiente scout, la presión no es la misma en absoluto.
Lo mismo para ellos. Les escuchas decir las mayores burradas, y en vez de escandalizarte te unes con una carcajada, y es una sorpresa tanto para ellos como para ti.
Hay una gran naturalidad con el contacto físico: Si estás triste y necesitas un abrazo, simplemente lo das, y no te suele importar el sexo de quien te lo devuelva.

Como resultado, a menudo la gente que ha vivido el escultismo desde niños tienen más facilidad para tener amigos del sexo opuesto sin buscar segundas intenciones. Les es más natural relacionarse con los hombres, o las mujeres, sin plantearse estrategias o posibles futuros afectivo-sexuales, porque están acostumbrados a tratarles como compañeros o amigos.

Es importante resaltar que evidentemente también hay jóvenes homosexuales en los grupos, a quienes esto afecta de manera diferente. También aprenden a relacionarse con el otro sexo, pero al mismo tiempo se ven aceptados y acogidos por lo que son (al menos en la experiencia que yo conozco) e integrados. No me explayo en este punto porque no es el objetivo de esta entrada, pero no quería dejar de mencionarlo.

En el grupo scout sueles hacer amigos de los dos sexos, y no sueles distinguir lo que le cuentas a tu amigo de lo que le cuentas a tu amiga.

Evidentemente, también hay amoríos y culebrones de todos los colores. No olvidemos que hablamos de adolescentes juntos todos los fines de semana del año y 15 días en verano, con las hormonas saturando hasta el aire que respiran. De hecho los amores de campamento son de las cosas más bonitas que hay. Pero están encuadrados en una forma de relacionarse distinta.

Sin embargo, cuando sales ahí fuera, te alejas del ambiente scout y te relacionas con gente que no lo ha vivido nunca, ves que las cosas son diferentes.
Ves que hay chicas que en toda su vida sólo han tenido amigas, y chicos que jamás han pensado en una mujer como algo que no fuera un potencial ligue (a conseguir o a descartar).
Ves que hay hombres que jamás reconocerían que se sienten mal, o llorarían delante de otras personas.
Ves que existe todo un mundo de reglas no escritas para la amistad hombre-mujer que tu jamás te habías planteado y que te resultan bastante ridículas.

Y te das cuenta de que la "normalidad" es eso, y no lo que tú conocías. Y no te suele gustar.

Desgraciadamente, aquí empiezan a surgir conflictos inesperados. Una chica que se relaciona con hombres y mujeres por igual, y que llegado el caso de que saliendo con un grupo le caiga mejor un chico que una chica y se tire hablando con él toda la noche, será con facilidad tachada de "cualquiera". Si el chico tiene novia, directamente se le tachará de guarra. Y si, por lo que sea, la siguiente vez que salgan se queda hablando con un chico diferente, su reputación quedará arruinada para siempre.
Y la pobre scout no entenderá por qué el hablar con una persona que le cae bien sin más intención que ésa supone tal delito.

Lo mismo sucede en muchos otros casos. La naturalidad con la que tú tienes amigos y amigas, y le cuentas tus cosas a ambos no es la norma, y cuando te llevas bien con alguien del sexo opuesto fuera del ámbito scout, no es raro que esa persona crea que tienes segundas intenciones, o que tenga cierto rechazo a tu amabilidad.

Si tienes pareja, muchas veces no entenderá por qué te llevas tan bien con sus amigos, y en casos de celosos graves podrá enfadarse contigo.

Con el contacto físico es lo mismo. Si un día tienes ganas de un abrazo, o realmente lo necesitas, no será bien visto que lo des o lo pidas a una persona que no sea de tu sexo

Es muy difícil, en una sociedad donde los intereses sexuales mutuos rigen la mayoría de las relaciones entre sexos, pretender verlo y vivirlo con la naturalidad que habías aprendido sin consecuencias sociales desagradables.

Sin embargo, merece la pena. Porque esa visión del Mundo y de las personas te enriquece enormemente, y te permite descubrir a gente increíble sin tener el "pero" previo de "es un chico" "es una chica" "¿qué pensarán de mí?". Y, a la hora de tener pareja, te encuentras con que careces de tabúes que para otros son tremendos obstáculos: Entiendes que tu pareja se pueda relacionar con gente del otro sexo, y tener amigos, toleras muchas más cosas...

Para mí, éste es uno de los aprendizajes más enriquecedores e importantes de la vida como scout, y nunca agradeceré lo suficiente a quienes me lo facilitaron. Sobre todo al equipo Argentum, que con 14 años me enseñó que ser una chica con cuatro chicos podía ser tremendamente divertido, sin tener la menor carga de tensión sexual.

26 de octubre de 2013

Sábados sin pañoleta

Es sábado.
No tengo que comer temprano para irme después a la reunión.
No tengo que calcular a qué hora volveré a casa esta noche después del kraal.
Esta semana no he programado.
Va a ser un sábado sin scouts, otro más desde que llegué a Niort.
Me siento rarísima.

Empecé a ser scout con 11 años y desde entonces sólo he estado apartada de este mundillo durante mi primer año de carrera. Incluso en la Erasmus me busqué un grupo francés para no echarlo de menos.

Esta vez he decidido no hacerlo, y creo que es la decisión correcta, pero aún así se me hace rarísimo no tener ni siquiera mis pañoletas aquí.

Lo echo mucho de menos, todo.
Las reuniones con los Pioneros, o los Troperos, cada sábado. Los juegos, las reflexiones, las patochadas, los momentos de dispersión absoluta, las confesiones vergonzosas, los estreses de última hora...
Las reuniones de monitores, y el ratito de tomarnos algo después. Arreglar el escultismo mundial entre tres en el Galaxia.
Las salidas y las acampadas. "¡Se me ha olvidado el saco!", "Yo las marchas las hago, pero ¿luego me coses las ampollas?", plantar las tiendas y que luego no salgan las piquetas, las alarmas de submarino nuclear para levantarse, el silencio que hay de noche en la montaña, la sensación de cansancio maravillosa al volver a casa.
Ir a programar un martes a las diez de la noche, preparar la reunión y quedarnos después hablando de la vida.
Recibir dieciocho millones de correos semanales de cosas del grupo.
Siendo monitora scout, el escultismo es parte de tu día a día te guste o no, lo tienes presente casi siempre. Y cuando de golpe pisas el freno, te quedas un poco descuadrada.

Al principio echaba en falta estar "en el otro lado". Que me organizasen a mí las cosas, y disfrutarlas. Luego aprendes a disfrutar organizándolo tú, viendo cómo ellos disfrutan, aprenden, descubren... Y tú con ellos, pero eso es lo menos importante.
Y cuanto más tiempo paso metida en esto hasta las cejas, dejando horas y días, y renunciando a muchas cosas por hacerlo lo mejor posible, más me gusta y más me engancha.
Hasta el punto de que ahora, que he decidido prescindir de ello estos meses para no sobrecargarme la aventura francesa más de la cuenta, me encantaría plantarme en los locales.



Noto también la falta física de mis pañoletas. Las cuatro que han marcado mi vida scout, y que en estos años han estado o bien en activo, o bien en mi pared como recordatorio permanente:
Azul con ribetes blanco y amarillo. Los orígenes, el primer grupo del que me sentí parte intrínseca, mis comienzos.
Verde con ribetes rojo y amarillo. La transición, crecer siendo scout, momentos complicados.
Amarilla con ribete verde: Escultismo en Francia, ser monitora en otro idioma, aprender, descubrir más similitudes que diferencias.
Y, por supuesto, escocesa. El segundo grupo del que me he sentido parte total, en el que comencé y me he desarrollado como monitora, y que es el que más me falta.

Estoy acostumbrada a tenerlas cerca, y se nota su ausencia entre mis trastos decorativos. Es lo que tiene viajar con el mínimo equipaje, que a menudo tienes que prescindir de cosas importantes, pero no vitales.



Todo esto, para quien no está metido en el mundo scout, puede resultar un poco excesivo. Es necesario entender que el escultismo es una forma de vida que se te mete dentro, y que llega un momento en que cuando tienes que hacer ciertas cosas, las piensas como scout primero, y como cualquier otra cosa después.

En fin, habrá que esperar unos meses para volver a calzarme el uniforme y dejar de echar de menos. Pero mientras tanto, seguiré tratando de dejar las cosas algo mejor de como nos las encontramos, porque no llevar pañoleta no significa nada.
El que ha sido scout una vez, seguirá siendo scout toda su vida.



25 de octubre de 2013

Funambulista


Y cierra la puerta.
Y escóndeme entre las sábanas.
Y echa de aquí a quienes no saben, ni entienden, ni ven.
Y apaga la luz.
Y enciende las velas.
Y deja que los dedos resbalen en la almohada.
Y cuéntame mil cuentos de final incierto.
Y abrázame muy fuerte.
Y deja que me esconda cinco minutos.
Y mírame.
Y mira la luz que brilla dentro.
Y salta.
Y baila bajo la lluvia.
Y siente el corazón en el pecho.
Y ríe.
Y haz el muerto en el mar.
Y siente las olas meciéndote.
Y nota el Sol en las mejillas.
Y deja que la arena te roce los dedos.
Y siéntate en mi lugar secreto.
Y huye por una puerta oculta hasta el centro de la Tierra.
Y quédate mirando los ojos que te observan.
Y escribe una carta de amor.
Y lee cien palabras escondidas.
Y entierra el cofre del tesoro.
Y haz que el mundo se ilumine sólo por tenerte en él.
Y salta todo lo alto que puedas.
Y grita con toda el Alma.
Y mira a tu alrededor.
Y dibuja en tu rostro la sonrisa más bonita del Mundo.
Y siente ese aleteo en los dedos.
Y rasguea las cuerdas de la guitarra.
Y déjate la voz entre las notas.
Y déjate el Alma entre los pies.
Y camina sin zapatos por el suelo frío.
Y mírate al espejo sin rencores.
Y quiérete como nadie podría quererte nunca.
Y recorre el camino hasta el infinito.
Y da las buenas noches.
Y deja que tus párpados te cierren los ojos.
Y sueña con las cosas más hermosas.
Y sé tan feliz como puedas.
Y deja que amanezca.
Y mira cuán bella es la vida.
Y que no te importen las lágrimas, propias ni ajenas. Pues pasarán.






Funambulista, andando sobre un hilo de pescar.
Y asaltan en medio del camino el miedo, el dolor, la tristeza.
Y no tiembla el paso cuando se sabe justo el futuro.
Y todo el valor de un tigre sale del pecho con fuerza.
Un pie delante del otro, avanzando.
Los ojos vendados.
La vista no hace falta.
Las orejas selladas.
El oído no hace falta.
La nariz vacía.
El olfato no hace falta.
La piel callada.
El tacto no hace falta.
La boca cerrada.
El gusto no hace falta.

La intuición sabe, ve el camino con la claridad del fuego.
Sólo hay que seguir avanzando.

"La gente no cambia"
Sólo los cobardes que no se atreven a dejarse la piel haciéndolo.

Llena el vaso hasta que sea imposible verlo medio vacío.
Cambia todos los "peros" por "síes".
Convierte tu mayor desesperanza en fuerza.
Deja marchar tu susceptibilidad.
Ama tu reflejo en el espejo.
Y nadie podrá brillar más. Nadie.

Y la luz se contagiará, como en el mar de fueguitos.
Siempre es así.

Eres más. Siempre lo has sido.
Toda tu vida estaba encaminada a este momento, y el riesgo era tomar la decisión correcta.
Lo has hecho.
Ahora síguela.
Lo estás haciendo muy bien.

La buhardilla está en obras, y está quedando preciosa.
La niña arranca el papel de la pared con las uñas y cambia el suelo tabla por tabla.
La chica anda por la cuerda floja como si tuviera alas en los pies.
La sombra se esfuerza por dejar de serlo.
Y Bilet da toda su fuerza sin un ápice de maldad o de crueldad.

Funambulista.
Con la música del aire
Y las olas del mar
Recorriendo un camino de hilo de pescar
dejando que los pies aprendan dónde van
Dejando que el corazón guíe cada paso
Decidida a volver el Mundo a su favor.

Y el final del hilo será el triunfo
la felicidad
el comienzo de un camino tan distinto...

No es malo el miedo
no es mala la tristeza
son necesarios
Son las pruebas que el camino pone para demostrar que se está haciendo bien.
Para comprobar que eres merecedora de lo que te espera al final.

Cada vez que decides no estar triste
Cada vez que decides ser más fuerte que el miedo
Cada vez que rechazas sentirte sola
Es un triunfo. Y es un paso al frente en el fino camino que te sustenta.

Eres otra. Has dejado atrás la piel muerta.
Continúas quitándote jirones.
Y serás luz
la luz que muchos vieron encerrada y que sacarás.

Un paso más, funambulista, niña, artista.
Y el camino estará aún más cerca.

No sabes cuánto te admiro.
No sabes cuántas ganas tengo de que llegues al otro extremo del hilo.

Descansa, funambulista, y coge fuerzas
para las pruebas que aún han de llegar
y que superarás con nuevas sonrisas.

Recuerda ser semilla, tallo, raíz, árbol y mujer.

Y correr.
Y volar.
Y nadar.

Funambulista.
En el camino más importante.
Demostrando lo imposible.
De la mejor de todas las maneras.

Y cierra de nuevo la puerta.
Y deja que me acurruque.
Y confía.
Y crea.

Y...




23 de octubre de 2013

Cosas que no puedo entender de Francia: (I) Las almohadas

Cuando uno se va a otro país hay que habituarse a nuevas costumbres, horarios, comidas, utensilios... Es necesario abrirse a una cultura nueva, sumergirse en la sociedad que nos acoge y todas esas cosas tan bonitas que ponen siempre los de la Unión Europea en los programas de becas de movilidad.
Es algo precioso y muy inspirador, y en general estoy de acuerdo. Pero hay cosas de Francia que no puedo comprender, y que además me crispan.
Una de esas cosas es la inexistencia de un elemento imprescindible para la vida cotidiana tal y como la conocemos: la almohada.

Así es, amigos, en Francia no existen las almohadas. No es ya que las casas estén equipadas única y exclusivamente con cojines, es que no existe una tienda o supermercado que ofrezca algo diferente. Es absolutamente imposible encontrar una almohada en este rincón de Francia.
En mi Erasmus logré encontrar una (perfectamente cilíndrica, por cierto, aunque desconozco la razón) en el Carrefour de Saint-Denis, pero aquí en Niort es imposible. No existen. Están desterradas.

A priori, puede parecer que esto es una carencia menor. Total, ¿tanta diferencia hay entre dormir con un cojín y con una almohada? En la siesta ni lo notas...
Pero si pensáis así, estáis tremendamente equivocados. No hay color. Pero ni un poco.

La almohada está pensada para ocupar todo el largo de la cama. Es generosa, quiere compartirse. El cojín no. El cojín tiene el área que tiene, y punto. Si te mueves mucho de noche y se te sale la cabeza de dicha área, te jodes. Si te gusta dormir en oblicuo, te jodes. Si te gusta dormir abrazado a tu reposacabezas con brazos y piernas, en plan koala, te jodes. El cojín dice "soy pequeño, sirvo sólo para que apoyes tu cabeza. Para otros usos, búscate a otro". El cojín es un borde y un prepotente.

En Francia, además, los cojines o son pequeños, o son tremendamente finos, o son del tamaño de un nórdico con el grosor de tu colchón. No hay puntos medios ni medias tintas. Y si no te gusta, a pastar.
Estos tamaños y formas absurdos conllevan el rompan filas de tus cervicales. O tienes la cabeza a 30 centímetros de los hombros, o sólo un par de dedos por encima del colchón. Y, sobre todo si duermes de lado, estas alturas te llevarán a conocer el maravilloso mundo de las contracturas de cuello. Descubrirás músculos en esa parte de tu cuerpo que desconocías que existían. Te despertarás a media noche con agarrotamientos absurdos. Tendrás dolores de cabeza que llegan directamente desde tu nuca rígida. Diversión ilimitada, y todo gracias a un cojín.

Otro hándicap del cojín respecto a la almohada, es su poca flexibilidad. Una almohada la doblas a la mitad para ver una serie de lado, la haces un gurruño para ponerla bajo el libro, te la pones detrás mientras te apoyas sentado en la cama... Un cojín tiene dos posiciones: Estirado y doblado a la mitad. No hay más. Y encima, ninguna de las dos es cómoda en absoluto en ninguna postura.

Como aislante acústico, también hay un fracaso manifiesto del cojín. ¿Quién no se ha tapado los oídos, o la cabeza entera, para aislarse de los ronquidos del vecino o la obra del piso de abajo? Intentad hacerlo con un cojín que apenas os llega de una oreja a la otra, veréis de lo que os sirve.

Tampoco puede aportar absolutamente nada en el plano bélico. ¿Una guerra de cojines? Repito que en general son muy finos. Si alguien intenta dar un cojinazo a un amigo desprevenido, es más que probable que la cosa acabe en una pelea a puñetazos, sin más. Los cojines carecen de la longitud, el grosor o la simpatía que permiten a la guerra de almohadas ser algo divertido.

En la esfera retórica, también hay una considerable desmejora. "Lo consultaré con la almohada" es una frase seria, que inspira reflexión y seriedad. "Lo consultaré con el cojín" es sencillamente ridículo.

Es, además, una invitación al individualismo. ¿Dónde quedó la belleza de compartir almohada? Un lugar en que dos personas descansan al mismo tiempo, uno junto al otro, con la almohada como unión. Aquí, no. Aquí cada cual tiene su cojín y a la mierda el romanticismo.

El mundo de la infancia también lo destrozan. Para los padres de un niño al que se le cae un diente, la almohada tiene la ventaja de que se puede levantar por un lado, mientras la cabeza del pequeño rueda hacia el otro sin más. Si un niño francés está durmiendo encima del cojín bajo el que ha escondido su diente, o le desnucan, o el Ratón Pérez (o el bicho que venga aquí a por los dientes) tendrá que hacer butrón en el colchón para alcanzar su objetivo.

Sin embargo, lo más llamativo y crispante del caso es el engaño lingüístico en el que te atrapan. Todos hemos estudiado que, en francés, almohada es "oreiller" y cojín es "coussin". Lo que nadie te cuenta es que el cojín con el que duermes es el verdadero "oreiller", porque la almohada aquí no existe.
Sin embargo, si se llevan ese mismo cojín al salón y lo ponen en el sofá, pasa a convertirse en un "coussin". ¿Por qué? ¿Por qué no tener una palabra para ambas cosas?
Son ganas de complicarle la vida a la gente.

Y con esta sesuda reflexión os dejo. Voy a machacarme el cuello un rato mientras sueño con que mi almohada viene a rescatarme.

También en esta saga:
-El jamón cocido
-La mayonesa
-Los besos

Un cuaderno verde y un cuaderno rojo

Tengo en mi mesita de noche un cuaderno verde y un cuaderno rojo.
Ambos me los compré en Poitiers, un sábado sorprendente e improvisado.
Ambos son Moleskine, y más caros de lo que deberían.
Ambos tienen una goma elástica que los cierra, y un marcapáginas de lazo.
Ambos tienen las esquinas redondeadas.
Para ambos utilizo el mismo Pilot negro comprado en España, con el que sólo escribo en ellos, y en el diario de viaje.

Desde que llegué a Niort mi vida está llena de cuadernos: El diario de viaje de tapas duras con cierre, el bloc del trabajo, el cuaderno de París que me regaló mi ahijada D.M., el cuaderno que utilicé durante el curso de francés... Pero estos dos son diferentes.

El cuaderno rojo es pequeño, perfecto para llevar en el bolsillo de los vaqueros, o en el fondo del bolso.
El cuaderno verde es más alto y más ancho, con más páginas.
El cuaderno rojo está rayado, el verde tiene sus páginas en blanco.
El cuaderno rojo es muy parecido al que lleva Moriarty en la película "Sherlock Holmes, Juego de Sombras".
Nunca había visto un cuaderno como el verde en ningún sitio.
El cuaderno verde es la "segunda parte" del cuaderno de París que terminé anoche, está pensado para cumplir la misma misión, aunque de manera sensiblemente diferente.
El cuaderno rojo es único, nunca había usado uno como estoy usando éste.
El cuaderno verde lo he estrenado hoy, y al hacerlo he sentido emoción, esperanza y un punto de nostalgia. Escribiré en él casi cada noche, como he hecho durante 41 días en el de París.
El cuaderno rojo lo estrené el mismo día que lo compré, y escribo en él a trompicones.
El cuaderno verde sólo podrían leerlo dos o tres personas en el Mundo, con nombres y apellidos.
Sólo yo puedo leer el cuaderno rojo. Y, lo que es más importante, sólo yo puedo comprender lo que en él se dice.
El cuaderno verde es la piel nueva de la serpiente, que se aleja del viejo pellejo que le queda pequeño. Sigue siendo la misma serpiente. Sigue teniendo el mismo objetivo. Pero su piel es muy distinta.
El cuaderno rojo es la Estrella Polar y la cantimplora.

Ambos cuadernos están siendo testigos y guías de todas las cosas que están pasando ahora por mi vida y por debajo del pecho.
Ambos cuadernos merecen mucha atención, mucho cuidado, palabras dedicadas en exclusiva.
Ninguno de los cuadernos es un diario, una agenda, un libro de relatos ni nada que se le pueda parecer. Son únicos.
Ambos cuadernos servirán más adelante para comprender las claves de lo que ahora es presente.
Ambos cuadernos son míos. Nadie más podría escribirlos.
Pero no pueden ser más distintos.

El cuaderno verde es generosidad. Es dar. Es contar, compartir y dedicar.
El cuaderno rojo es introspección. Es reflexionar. Es mirar hacia dentro, analizar y cambiar.
El cuaderno verde tendrá o no un sucesor en función del porvenir. Y, de tenerlo, será de distinto color y condición.
El cuaderno rojo probablemente pase a ser permanente en mi vida. Siempre será un cuaderno pequeño, rojo y rayado, aunque lo compre en otro sitio.
El cuaderno verde es la decisión que motivó el cambio.
El cuaderno rojo es el cambio paso por paso.
En el cuaderno verde, cada día empiezo con la fecha y la hora, y termino con mi firma, a pesar de que no hay por qué, a pesar de que no se trata de un diario.
En el cuaderno rojo separo cada escritura con dos rayas horizontales separadas por un punto.
El cuaderno verde es la chica abriéndose paso en el Mundo.
El cuaderno rojo es la niña cambiando la buhardilla tabla por tabla.

Tengo en mi mesilla de noche un cuaderno verde y un cuaderno rojo.
Ambos absolutamente perfectos para su misión en mi vida.
Ambos a la espera de completar todas sus páginas.

Tengo en mi mesilla de noche un cuaderno verde y un cuaderno rojo.
Y son preciosos.

20 de octubre de 2013

No me han dado la beca... Y no pasa nada

Hoy, estoy muy orgullosa de mí misma, por razones que nunca pensé que me enorgullecerían. 

¿Qué ha ocurrido? Lo explico.

Dato 1: Desde hace varios meses, andaba detrás de una beca para un cierto trabajo. Había apostado mucho por ella, ya que era una gran oportunidad, y tenía mucho interés en recibirla. Además, me sabía cualificada para obtenerla, y para hacerlo bien una vez en el puesto.

Dato 2: Esta noche, tenía la fiesta de cumpleaños de una amiga.

Hechos: Hasta donde yo sabía, los seleccionados para la beca serían convocados en noviembre, por lo que sólo quedaba esperar. Pero por esas intuiciones que a veces surgen, me dio por consultar hoy cómo iba el proceso, y me informaron de que la lista de preseleccionados salió el pasado lunes.

Busqué dicha lista y comprobé con incredulidad que, en contra de los criterios anunciados, la preselección se había hecho en función de la nota media de los candidatos, sin tener en cuenta sus currículums. Yo no estaba en la lista.

Mi primera reacción fue de incredulidad, tristeza y un poco de angustia (tal como están las cosas, ver desaparecer oportunidades de cuajo provoca mucho miedo, sobre todo cuando dicha oportunidad es casi tu único plan para el futuro inmediato).

Y aquí viene lo interesante.

La Buhonera de siempre se habría hinchado a llorar, habría despotricado contra el proceso de selección, sus encargados, sus designatarios, y la madre que los trajo a todos al Mundo. Se habría enfadado, se habría culpado a sí misma por tener mala nota media, y se habría metido en una espiral de pensamientos negativos de la que le habría sido muy difícil salir.
La Buhonera de siempre habría decidido no ir a la fiesta, o pasarla con cara de palo y perdida en su cabeza.

Pero no ha sido así. Los cambios que tanto me estoy esforzando en hacer desde hace casi dos meses han aflorado de golpe y han cambiado la situación radicalmente.

He decidido no enfadarme, ni ponerme triste, ni frustrarme.
He decidido que mi exclusión de la lista de la beca pertenece al pasado, y lo que decida hacer con mi vida cuando acabe mi aventura francesa pertenece al futuro, por lo que no tenía sentido que ambas me arruinaran el presente.
He decidido que ésta era sólo una oportunidad, y que habrá muchas más.
He decidido que mi exclusión no tiene nada que ver con mi valía, sino con criterios bastante arbitrarios.
He decidido que yo he disfrutado mi carrera del primer día al último, y que si no he tenido las mejores notas es porque he dedicado mi tiempo a muchísimas otras cosas, que me han enriquecido personal y profesionalmente.
He decidido que ésta ha sido una prueba perfecta para demostrarme a mí misma que mis intentos por ser positiva y ser mejor son algo más que palabras, que puedo enfrentarme a una situación que, pese a todo mi esfuerzo, no salga como quiero, y triunfar.
He decidido pasármelo de puta madre en la fiesta.

Y así ha sido.
Me lo he pasado genial, me he reído muchísimo y ni me he acordado de la beca.
Y cuando, al irme a acostar, me he acordado... Me he dado cuenta de que no es tan grave.
Es una sensación increíblemente liberadora, y me apetecía compartirla.

Me he sentido muy orgullosa de mí misma. Y he sentido que el carromato va por muy buen camino.

No me han dado la beca, han decidido rechazarme... Y no pasa nada.

Habrá un mejor futuro esperando tras la esquina para ser luchado.
Será por caminos, por oportunidades, y por tiempo en esta vida.

Buenas noches, y a ser felices ^^

17 de octubre de 2013

Arrêtez!!


A veces, una quiere agarrar el freno de mano del planeta, dar un tirón, y que todo se pare un rato.
Viviendo en un país extranjero, esa sensación se quintuplica.
Si encima no dominas del todo el idioma del país, directamente quieres poner una bomba en el centro de la Tierra.

Son esos estupendos días en que en el trabajo el nivel de estrés sube de repente a la estratosfera, tú te sientes torpe, te duele la cabeza y no llegas a nada. A todos nos suenan, ¿verdad?
Bien, sumadle que todo lo que hagáis esté en un idioma que no es el vuestro, que no seáis capaces de comunicar exactamente lo que queréis decir sino aproximaciones (en ocasiones muy vagas), que todo vuestro trabajo tenga que ser revisado y requeterrevisado antes de poder llegar a ningún sitio, que os hagan hablar por teléfono en francés, con franceses, que encima os toque un francés con acento o que pronuncie mal y al que no se le entienda nada, que no paren de pediros cosas...
Al final del día, estaréis hasta las narices del Mundo. Y no querréis volver a escuchar, leer, o imaginar una sola palabra en ese idioma del demonio.

Llegaréis a casa. Tiraréis la mochila contra el sofá con muy mala leche y escasa puntería, os tiraréis vosotros mismos en el mismo sofá, y os haréis una bolita indignada. O bien os iréis a hacer deporte hasta que os sangren las extremidades. O atracaréis una tienda de chocolate a mano armada. O escribiréis un post de desahogo. Cada cual se hace terapia como puede.

Cuando uno se va de Erasmus, o a estudiar al extranjero, esos días se dan con mucha frecuencia. No conoces bien el idioma, tienes que estar 3, 4, o 5 horas escuchando francés sin parar, tomas apuntes, te preguntan... Y a menudo llegas a casa con tal saturación mental que no sabes ni cómo te llamas. Si además estás de exámenes, te sientes retrasado mental y te avergonzaría que cualquier conocido tuyo en España viera la mierda que acabas de escribir para que te la puntúen.

Al ser mi segunda experiencia de este tipo, la saturación es menos frecuente, pero cuando se da, es más bestia. Porque en el trabajo tienes más responsabilidad, porque se te exige más atención, y porque una cagada o un malentendido provocado por el idioma pueden tener consecuencias más serias.



Creo que, además, el francés es un idioma que desquicia especialmente. Es muy bonito y muy musical al oído, pero tiene una pronunciación tremendamente cerrada y muy intransigente. Si en vez de decir "u" (boca de decir "u" diciendo "i"), pronuncias la "u" normal, o una cosa intermedia, todo el mundo te mira ojiplático como si de repente te hubieras lanzado a hablar kazajo por la cara. Y tú repites la palabra que acabas de decir ochenta veces, cerrando cada vez más la boca, hasta casi silbar. Hasta que, de pronto, uno de ellos cae en la cuenta (casi puedes ver la bombilla sobre su cráneo) y dice "¡¡¡Ah!!!", y suelta la palabra que llevas pronunciando media hora, exactamente igual que la has dicho tú.

El acceso de rabia que provoca esa situación podría incendiar selvas tropicales.

Es, además, una incomprensión que me resulta absurda. Si a mí se me acerca un guiri en Madrid y me dice "Perduone, ¿endónde se va al plaso de toras?", yo le indico cómo llegar a la plaza de toros, no me quedo mirándole como si fuera un saltamontes gigantes que ha aprendido a hablar polaco. Y sobre todo no digo, "¿¿¿perduone??? ¡¡¡¡Ah, PERDONE!!!!". ¬¬

Algo similar ocurre para entender el francés. La manera en que tres o cuatro vocales se fusionan en un sonido nasal inverosímil es difícil de apreciar. Entender que "Pjandeijansann" es "Prin-Deyrançon", sin contexto y por teléfono, es algo tremendamente complicado para alguien que no sea nativo.
Además, a veces no puedes evitar perderte en la forma que tienen de mover la boca al hablar, y dejar de escucharles. La capacidad de un francés para no abrir la boca más de un centímetro de diámetro en conversaciones de horas es fascinante. No entiendo cómo son capaces de mover las mandíbulas y los labios para comer.
Por supuesto, tema aparte es si te toca alguien con un defecto en la pronunciación (que además son mucho más habituales aquí que en España). Si te cruzas con un interlocutor que sufre lo que llamaremos "el defecto pazque", échate a temblar, porque serás incapaz de comprenderle. Sus eses, erres, zetas, e incluso alguna ele, pasará a ser un sonido silbante cercano a la zeta. Hablar con alguien así por teléfono te inspirará pensamientos suicidas.

Además, tienes la ligera sensación de ser inútil. Tu parte racional, que sabe lo mucho que vales, te dice "no seas imbécil, estás en un país extranjero, hablas más idiomas que cualquiera de tus jefes, eres capaz de hacerte entender... Es normal que a veces cueste, no por eso vales menos":
Tu parte autocompasiva sufre muchísimo y quiere que le den palmaditas en la espalda y llorar mucho.
Como eres una persona madura, te tragas tu sensación de inutilidad y lo haces todo lo mejor que puedes, pero no puedes evitar una sensación de frustración constante y de "si esto fuera en español, os ibais a cagar".


Evidentemente, cuando ya eres perro viejo en estos lares, te estresas menos, y aprendes a relajarte y a tratar de comprenderles.

Pero aún así, de vez en cuando llegarás a casa hasta las narices, deseando colgar en la puerta el cartel de "Se habla SÓLO ESPAÑOL" y despotricando de todo lo que huela a gabacho.

Por supuesto, estos días son puntuales, necesarios, y suele saldarse con una evolución en tu conocimiento de la lengua, aunque sólo sea por "yo otro día como este no lo sufro".

Mañana volveremos al ataque.


16 de octubre de 2013

Lluvia

El cielo se cubre.
Comienza a llover.
No son gotas de agua, aquí no.
La lluvia en Niort cae pulverizada, minúscula.
No tiene fuerza, ni nada que se le pueda parecer. Va dejándose caer como flotando, hasta calarte los huesos sin que te des cuenta.
Deja las gafas con marca, como si hubieses estado llorando horas.

Hace frío, y la humedad lo empeora. Bufanda al cuello, gorro, manos en los bolsillos.
Los pies patinan en el suelo húmedo y cubiertos de hojas de otoño.

Niort no tiene la majestuosidad otoñal de Versalles, pero se defiende, consigue tener su encanto.

Los límites de los edificios se desdibujan, y todo es gris.
Las iglesias pierden majestuosidad.
El Donjon se vuelve siniestro.
Los gatos desaparecen.

Recorres las calles y te cruzas aún con menos personas de lo habitual.

En cada árbol, mil gotas pulverizadas se unen para formar ríos de agua que caen hacia abajo. Parece magia. Puedes imaginar una ninfa en cada rama.

Todo el pueblo huele a lluvia.
A tierra mojada.
A ozono.
A hojas recién caídas.
A chimenea.
A viento fío.
A otoño puro.

Sólo apetece guarecerse en casa, con un jersey muy grande en el que perderse, y mirar la lluvia por la ventana, con un libro al lado.
Recuerdas las carreras de gotas de agua que organizabas en tu mente, mirando los cristales cada vez que la lluvia te sorprendía en el coche. A veces una gota era ganadora indiscutible, otras varias se fusionaban para llegar antes abajo.

Sonríes muy poquito, con la comisura de los labios, respirando fuerte.

En Niort, la lluvia es breve. Casi todos los días termina por salir el Sol. Y cuando eso sucede, normalmente al atardecer, el pueblo parece un niño que rompe a reír tras horas de llanto. Se ilumina, con la cara lavada, y la luz naranja reflejándose en todas las fachadas.

En París la lluvia era opresiva, angustiosa, interminable.
En Niort, pese a ser más molesta, es más leve, uno sabe que al final se marchará.

Qué consuelo puede llegar a dar el otoño a veces...





15 de octubre de 2013

Le Petit Nicolas... et la Buhonera

Que me encanta leer no es un secreto para nadie que me conozca. Suelo ir con la nariz hundida en un libro en el metro, en casa o andando por la calle esquivando farolas.
Sin embargo, al venir a Francia, decidí traerme sólo 3 libros, para así obligarme a leer en francés, que en la Erasmus fue mi asignatura pendiente. 

Supuse que, al no tener material de lectura, el mono sería tremendo y estaría dispuesta a leerme cualquier cosa en cualquier idioma. Y los botes de champú no dan para mucho.

Efectivamente, a la semana de llegar me compré 3 libros. Pero pasó algo que no me esperaba.

Cuando una lleva toda la vida devorando libros, no es consciente de las implicaciones que ello tiene: Del vocabulario que se aprende, de las expresiones gramaticales que asimilas... Son cosas que van en el lote de lectora empedernida y que no te planteas.
Pero claro, cuando toca leer un libro en otro idioma, si en cuanto a contenido está al mismo nivel que sueles leer en España es casi seguro que no vas a ser capaz de leértelo entero sin llevarlo grapado al diccionario.

Y así fue. Me empecé "Le magasin des suicides" muy motivada, pero de cada 10 palabras comprendía 6. Y sí, por contexto se pueden sacar las otras 4, pero leer "por contexto" no es disfrutar de la lectura. Y entre eso, y que el libro me deprimía, desistí.

Poco después, un poco chafada, volví a rondar entre las estanterías del Carrefour de Niort, buscando un libro un poco más para mí. Y me tropecé con Nicolás.



Es muy típico que, cuando te vas a Francia o empiezas a estudiar francés más en serio, te recomienden dos libros: "El Principito" y "El Pequeño Nicolas". Evidentemente, por las razones que ya expliqué aquí, paso de tener que sufrir al enano rubio pedante en otro idioma, así que me lancé a por Nicolás.

Me compré "Le petit Nicolas et les copains", que ya había leído en español, en primaria, por lo que me parecía un reto razonable.

Y vaya cambio. Historias divertidas, fáciles, cortas. Un lenguaje accesible, que me permitía aprender palabras, pero una o dos por capítulo en vez de quince.

Me lo bebí en tres días, y me fui a por otro. Esta vez, "La rentrée du Petit Nicolas" y, además "Asterix et le bouclier averne".
Leer Astérix en francés es tremendamente divertido, como pasa con casi toda la cultura cuando la encuentras en versión original. Redescubrir a los avernos sabiendo quiénes son los ch'tis me sacó más de una carcajada.

Al mismo tiempo, seguí familiarizándome con Nicolás. Aprendiendo qué significa "chouette", consiguiendo leer capítulos enteros de corrido, y sorprendiéndome al averiguar que Astérix y Nicolás comparten padre: Gosciny.

Resulta muy curioso leer libros para niños con más de veinte años, es algo que no solemos hacer, pero que en ocasiones es bueno.
Te enseña cierta humildad. En este idioma nuevo no eres capaz de leer a Tolkien, ni siquiera a Dan Brown, tienes que descender al nivel de los niños de primaria que aún necesitan el diccionario para comprender algunas palabras difíciles que dicen "los mayores". Y descubres que eres capaz de reírte con esos libros, de engancharte, y de tener ganas de comprarte uno nuevo en cuanto cierras la tapa. Y te das cuenta de que en el fondo la buena literatura no tiene edad, y que personajes como Nicolás (o como Manolito, yéndonos a nuestra tierra) son universales.

Vuelves un poco a tu infancia, a cuando los libros de más de 90 páginas te daban vértigo, y era inconcebible que existieran tomos sin dibujos.

Te das cuenta de lo diferente que es hablar un idioma de realmente hacerlo tuyo.
Leyendo ese libro "para niños" a menudo te despistas un poco al leer palabras que no entiendes, y que te sacan de la historia. Piensas "cuando llegue a casa lo miro en el Wordreference", y luego nunca te acuerdas. La palabra reaparece, por supuesto, y acabas intuyendo su significado. Y un día la utilizas en el trabajo, y alguien te sonríe "¡Esa palabra es muy francesa!".
Te tropiezas con tiempos verbales que jamás has escuchado, y vas sacando el sentido que tienen en el capítulo. Y cuando tienes que escribir una nota de prensa, eres capaz de introducirlo.

Llevo estudiando francés muchos años, y ya es la segunda vez que estoy viviendo en Francia. Sé hablar en Francés, comunicar ideas, tener conversaciones sobre muchos temas, entiendo perfectamente cuando alguien me habla, y soy capaz de escribir en esa lengua razonablemente bien. Pero estas semanas me estoy dando cuenta de que la mejor manera de llegar a ser parte de una lengua es leer en ella. Y es con Nicolás, Alceste, Rufus, Eudes y compañía con quienes estoy aprendiendo.

Esta mañana, en el autobús, me he acabado el libro. Mañana me voy al Carrefour a por otro.