28 de septiembre de 2013

"Me visto, luego existo (y III)"

Y, para terminar con este recorrido por el uso que el ser humano da a su indumentaria, vamos con una que es vital para muchos: La ropa de andar por casa.

Lo primero que me ha llamado la atención de este tema es que, al buscar en Google Imágenes "Ropa para estar en casa" o "Ropa de andar por casa", todos los resultados son imágenes de gente ideal (sobre todo chicas delgadas, altas y de pelo largo) que llevan pantalones de algodón monísimos, camisetas sueltas, vestidos de lino y/o sandalias de tacón, mientras sonríen con euforia.
Sin embargo, el buscador de mi cerebro localiza imágenes de pijamas viejos, pantalones de hacer deporte dados de sí, camisetas costrosas, sudaderas deshilachadas y calcetines gruesos para andar descalza por casa.
No sé con qué búsqueda se sentirán más identificados los dos o tres ocasionales lectores de este rinconcito, pero creo que los de Google no tienen clara la utilidad de la ropa de andar por casa que existe en España por norma general.

Visualicemos: Martes, ocho de la tarde, acabas de volver a casa después de casi 12 horas fuera. Has ido a clase o al trabajo, te has aburrido como una ostra. Has comido en un tupper recalentado la comida que preparaste anoche a las mil y quinientas. Luego has tenido que hacer gestiones con burócratas despiadados que no han cedido en lo más mínimo y te han puteado lo imposible. Tu ropa apesta a sudor, al olor indescifrable del metro, al perfume de la plasta que te ha tenido toda la mañana esclavizada y al barro que te ha salpicado un coche. Necesitas una ducha, y ponerte otra ropa.
Congelemos la imagen. ¿Qué te apetece ponerte? ¿Un pantalón de algodón inmaculado e ideal, junto con una ajustada camiseta de escote corazón mangas con encajes, adornando tus pies con unas ideales sandalias de tacón? Meeeeec.

Otro ejemplo: Domingo de otoño. Está lloviendo muchísimo y no tienes ninguna gana de salir de casa. Llevas dos horas levantado, y tu plan de día consiste en leer, ver un par de capítulos de una serie, trabajar en tu maqueta del Taj Mahal con mondadientes y meterte entre pecho y espalda todas las chucherías de las que te puedas abastecer en el chino de la esquina mientras retrasas el momento de prepararte el tupper para el lunes. 
No te gusta pasarte el día en pijama, y te apetece ponerte otra ropa.
Detengamos una vez más la imagen: ¿Tienes ganas ahora de ponerte esa ideal ropa casera que nos venden los publicitarios a través de Google? Permíteme que lo dude.

La ropa de andar por casa tiene que ser cómoda, tiene que abrazarte y decirte "ya estás en casa, estás a salvo". Es una ropa a la que estás acostumbrado, que lleva siglos contigo, que nunca aprieta, ni pica, ni roza ni causa ningún tipo de molestia.

Propongo para Google Imágenes mi propia versión de la ropa de andar por casa:

-Camisetas que vayan de viejas a muy viejas. Grandes, cortadas, rotas, remendadas, desteñidas... Nunca te las pondrías para salir a la calle, o sólo si llevases el abrigo encima. Con mensajes publicitarios, con mensajes tipo "Alguien que me quiere mucho me trajo este regalo de Matalascañas", de grupos de música... Preferiblemente arrugadas. La ropa echa un guiñapo despierta un cariño especial, como de algo más cercano, más usado, más familiar. La plancha es enemiga de la ropa de andar por casa. Siempre.
-Pantalones de chándal viejos, o cortos (también viejos). No es ropa que te pondrías para ir a hacer deporte. El elástico puede estar dado de sí, el color desteñido, y se permite algún agujero.
-Rebeca o sudadera XXXL. Enorme, para perderse dentro y arrebujarse cuando haga frío en la casa. Con mangas que tapen las manos .
-Calcetines gordos de andar por casa, o zapatillas. Pies cómodos.

Con esta indumentaria es más fácil visualizarse un domingo de lluvia tirado en el sofá.

Una vez establecido qué es la ropa casera, podemos pasar a hablar de cómo nos relacionamos con ella.
De pequeños, sólo aquellos que llevan uniforme (y no todos) saben que existe este tipo de ropa. Normalmente, los niños llevan todo el día la misma ropa, y sólo se cambian a la hora de ponerse el pijama. Es un indicativo de la sabiduría paterna, que prefiere que sus churumbeles lleven una sola muda que se ensucie hasta la inmundicia, a que dejen la ropa de ir al cole verde de plastilina y luego la de andar por casa marrón del cola cao de la merienda.
Al crecer empezamos a aprender las ventajas de la ropa "de sofá". Más cuanto más tiempo pasamos fuera de casa.
La adolescencia y sus maravillosos cambios fisiológicos están también muy ligados a este fenómeno: 
A todos, hombres y mujeres, se nos empiezan a desarrollar apéndices colgantes que requieren de sujeción constante en lugares públicos, a la que no estamos acostumbrados. Y aunque dicha sujeción se agradece, llega un momento en que cansa. No son pocos los hombres que están deseando llegar a casa para quitarse los calzoncillos y dejarse puesto un pantalón ancho. En cuanto a las mujeres, para la mayoría el momento de quitarse el sujetador al llegar a casa (sobre todo a partir de cierta letra de copa) es de los más hermosos de la jornada, y tener una camiseta sin el sostén debajo es el ABC de la comodidad.

No es raro que ropa que pasa de "de calle" a "casera", llegue a nuestro repertorio en la adolescencia y se mantenga hasta desintegrarse de vieja muchos años después. Son prendas a las que nos unen sentimientos especiales, y que al verla en fotos como ropa "de calle" nos da una sensación rara, como si nos viésemos desnudos en la calle con los amigos.

Es importante tener en cuenta que no es lo mismo ropa de andar por casa que ropa de calle que usas en casa. Si te pones el chándal del gimnasio para hacer limpieza general, eso no la convierte en ropa casera. Lo mismo si riegas las plantas en vaqueros o cocinas con un vestido de playa. La ropa de estar por casa es la que jamás sacarías a la calle, y que generalmente usas en actividades sedentarias.

La ropa de andar por casa es íntima, es la ropa de la confianza y del cariño. Son tus trapos viejos, les quieres, y te los pones delante de gente a la que quieres: Tu familia, tu pareja, amigos que se quedan a dormir en casa... No toda la gente con la que convives llega a ver tu ropa casera.
Es, además, la que más huele a ti, ya que la usas muchas horas, y dado que se ensucia poco no la sueles lavar demasiado. Pero no es un olor desagradable, es el olor tibio de una persona que está relajada en su casa, o que se acaba de levantar.
Una persona que te eche de menos, se acordará muy vívidamente de ti si le llega el olor de tus camisetas caseras.
Aunque casi nunca son prendas sexys, suelen ser muy fáciles de quitar, por lo que están en el top ten de lo que llevas puesto cuando te vas a la cama con alguien. Eso sí, suele ser una pareja, porque como ya se ha dicho no te ve con esas pintas alguien con quien no tengas confianza.

La ropa de andar por casa es humilde. Nunca sale en revistas de moda (pese a lo que diga Google), y no reivindica su lugar. Tampoco le hace falta, sabe que es necesaria.

La ropa de andar por casa es maravillosa, y para muchos sería difícil imaginar nuestra vida sin ella. Y por eso se merecía ser el último capítulo de esta absurda saga sobre nuestro uso de la vestimenta. Espero que la hayan disfrutado ^^.



27 de septiembre de 2013

"Me visto, luego existo (II)"

Nos habíamos quedado en el final de la adolescencia, ese momento maravilloso en que los protohumanos empiezan a tener niveles hormonales normales y dejan de pensar que el mundo entero conspira para molestarles.

A medida que se dejan atrás los "dieci" y se empiezan a alcanzar los "veinti", muchas cosas cambian. Los amigos no son ya el único refugio posible, la familia deja de ser percibida como un enemigo a abatir, damos más importancia a nuestra individualidad, y empezamos a tener una perspectiva auténticamente propia de la vida.
Por supuesto, hay personas que este desarrollo lo tienen más jóvenes. Son adolescentes atípicos que se aburren mucho viendo hacer el indio a sus congéneres, o son marginados, y que al llegar a la veintena van varios pasos por delante.
Y como todo en esta vida son opuestos, también hay quien jamás llega a superar la adolescencia, y va dando cada vez más lástima y repulsa a quienes a su alrededor van madurando.

Normalmente, el inicio de la juventud va acompañado de un cambio de ambiente: Se empiezan estudios superiores (ya sea universidad o ciclos), y/o se comienza a trabajar un poco más en serio. Se descubre la ropa como herramienta de trabajo.

Al principio no somos muy conscientes de ello. Suele ser una persona de mayor edad la que nos dice "¿¿Piensas ir a la entrevista ASÍ??", cuando hasta entonces tus vaqueros oscuros y tu camiseta favorita jamás habían tenido nada de malo.

Aprendes, entonces, que la ropa sirve para dar buena impresión. Bueno, en realidad es algo que ya sabías: Para impresionar a tus colegas del clan había que llevar la indumentaria adecuada. Pero en este caso, la ropa que da buena impresión no es la que a ti te gusta ni la que habrías elegido. En tu armario empieza a haber camisas, polos, pantalones de tela, faldas recatadas, medias... Ropa "de trabajo".
A algunos, en el propio centro de estudios les piden que guarden una determinada apariencia, sobre todo a aquellos que se van a dedicar en un futuro a estar de cara al público.

Los chicos, en este ámbito, lo suelen tener más fácil: Un traje, un par de pantalones oscuros, algún polo, alguna camisa, en casos extremos corbata... Pero el rollo "casual" en general se acepta para los jóvenes en las entrevistas de trabajo.
Para las mujeres puede ser más delicado: Se puede requerir el uso de tacones, y si alguna no está acostumbrada debe practicar para no parecer un ganso patizambo. Hay que saber qué impresión se da llevando falda, qué impresión llevando pantalón. Hay que medir muy bien el escote. Ser cauta con el maquillaje. Saber qué se quiere transmitir con el peinado... Si la entrevista, o el acto al que se acude, no es muy serio, es posible relajarse y dejarse llevar, pero a veces hay que medir al milímetro la impresión que nuestra indumentaria provoca.

Hay miles de estudios que nos dicen qué comunica la ropa que vestimos, su tela, su color, su combinación. Lo mismo para el maquillaje que llevamos, la manera de recogernos el pelo, los zapatos que elegimos y la combinación de éstos con las medias o calcetines. Y si bien ni los encargados de Recursos Humanos de las empresas ni los profesores de facultad se los han leído todos, sí que reciben inconscientemente un mensaje al vernos aparecer por la puerta. Y eso hay que cuidarlo.

Da mucho vértigo, y muy a menudo al entrar en ese mundo nos lanzamos en manos de madres, padres y abuelas para que nos asesoren o, simplemente, nos enseñen por Skype cómo demonios se plancha la maldita camisa que parece resistirse a separarse de sus arrugas.


Que, por cierto, ésa es otra forma de relacionarnos con la ropa que descubrimos al salir de casa: La colada, esa gran desconocida. Por lo general, mientras uno vive con sus padres, la ropa desaparece del cesto donde se deja sucia y reaparece planchada en los cajones.

En algunos casos, estamos familiarizados con la lavadora, o hemos planchado alguna vez.
Pero hasta el más experimentado tendrá sudores fríos cuando tenga que enfrentarse a su primera lavadora en un piso de estudiantes: No entenderá los programas del cacharro, la forma será diferente a la de su casa, no sabrá qué detergente comprar, ante una mancha de sangre o de vino llegará a plantearse quemar la prenda, su nuevo pantalón vaquero dejará toda su ropa blanca azul marino... Y, por supuesto, nunca jamás la ropa quedará limpia lavada en frío, por mucho que en su casa ese milagro fuera posible.

Descubrirá, con horror, que en esas etiquetas que alegremente cortaba "porque picaban" estaba toda la información necesaria para que la ropa sobreviva al lavado. Las etiquetas pasan a ser como los microfilms de los espías, y en muchos casos se ha de llamar a la CIA para pedir nuevas instrucciones. "Mamá, dice que no se lava con agua, ¿¿¿¿qué coño hago????". Los padres se ríen mucho con esta situación, y en los próximos cumpleaños reciben mejores regalos de esos hijos que por primera vez reconocen la sabiduría de sus antiguos enemigos.

Cuando ya se trata de coser un botón, o coger un dobladillo, la mayoría saca la bandera blanca: Se le pide a la abuela, o se lleva a un negocio que se dedique a eso. Y no se puede evitar una cierta sensación de "Soy un maldito inútil, con la de veces que he visto cómo se hacía y nunca me he fijado..."Y esta es de las pocas cosas que son iguales para hombres y mujeres. La costura nos suena a cosa vieja, a lo que hace la abuela de Cuéntame. Y luego nos pasa lo que nos pasa.
Aún así, alguno recordará viejos trucos caseros en momentos de máxima tensión. "¡¡¡¡¡MIERDAAAAA!!!! ¡Me ha venido y no me he dado cuenta! ¡¡Mis mejores bragas, mis pantalones blancos!! ¡¡NOOOOO!! Espera... creo que mi madre a las manchas de sangre les echaba agua oxigenada y luego agua fría... Jum...." Si el truco sale bien, nos sentiremos como Dexter en su laboratorio. Si la cosa no funciona... en fin, siempre queda llamar al autor del truco, o buscar en Internet.




En cuanto a la relación emocional con la vestimenta, las mujeres continúan teniendo un vínculo más fuerte, en general. La razón probablemente sea social, y desde luego hay quienes se escapan de esa "norma", pero lo cierto es que habitualmente las féminas disfrutan con la ropa.
Les gusta verla, les gusta probársela, les gusta ir de tienda en tienda... A menudo llenan el armario de prendas que más tarde olvidan, pero que nunca tirarían. Las sesiones de compras con las amigas siguen siendo divertidas, aunque ya no son la piedra angular de su ocio.
A muchas les da por los zapatos, una filia que nunca he sido capaz de entender. Llenan los armarios con toneladas de zapatos de todo color, forma, tacón y material posible, que llevan de un lado a otro en las diferentes mudanzas. Y, a menudo, ante la pregunta "¿y éstos? Nunca te los he visto", la respuesta es "Ya, es que me hacen heridas terroríficas, pero son tan ideales...".

En ellas son también más habituales los disgustos por la ropa. Si algo no les queda bien, o no es de la talla que esperaban, el disgusto es varias veces mayor que el que se podría encontrar en un hombre. Además, en casi ningún caso buscan culpables en la marca de ropa. Siempre, absolutamente siempre, la culpa es de ellas. Su cuerpo, sus medidas, sus piernas demasiado largas, su cara de pan, sus tobillos gordos, su peso excesivo... Pueden llevarlas a las lágrimas con relativa facilidad. Y no son disgustos que deban tomarse a la ligera, muchas autoestimas han caído ante el espejo de un probador, dando lugar a problemas de mayores magnitudes.

Evidentemente, en el tema compras y en el físico, los extremos tipo "Sexo en Nueva
York", no se suelen encontrar entre gente sensata, pero la afición femenina por la ropa es una realidad. Los hombres son más de "Necesito unos vaqueros azules-Voy a la tienda-Cojo vaqueros azules-Me los pruebo-Me los compro-Me voy a mi casa". Aún así (nunca lo diré bastantes veces) muchas mujeres siguen ese mismo patrón, y muchos hombres disfrutan comprando ropa.

Sobre al estilo personal de cada uno, no en vano es en la adolescencia donde forjamos nuestra personalidad. Quien ha seguido a pies juntillas un tipo de indumentaria durante 8 años, algo guardará de esa época: Una especial querencia por la ropa negra, un par de pantalones hippies en el armario, complementos de determinado tipo... Y, por supuesto, hay quienes se mantienen dentro de una tribu urbana el resto de su vida, por simpatizar con su estilo e idiosincrasia. Pero generalmente saben que tienen que usar "ropa de trabajo" cuando les corresponde.
Sólo los pijos pueden vivir al 100% su tribu urbana vayan adonde vayan, y son los menos flexibles a la hora de tener que salirse de su zona de confort.

En cualquier caso, cada uno se define con una determinada ropa, que es con la que se siente cómodo, y se inclina por determinados colores, complementos... que suelen mantenerse gran parte de la vida.
Este estilo propio se mantiene ya hasta prácticamente la vejez, aunque esté más o menos influido por la moda. Hay una cierta fidelidad hacia ciertas marcas y tiendas, y generalmente un amigo puede regalarnos ropa con relativa facilidad porque "siempre vistes así".
Por supuesto, hay fashion victims que necesitan renovar totalmente su estilo cada temporada, y personas que deciden volverse a sentir chavales de 20 años teniendo 50 tacos, pero son los menos. La ropa (cuando se elige con total libertad) suele ser un reflejo de la personalidad, el estado de ánimo y los gustos, y eso no cambia de la noche a la mañana.

Llegará un momento, en la vida de casi todos, en que toque vestir a nuevos seres humanos y verse repetido el círculo. Habitualmente, hay una extraña amnesia que impide a los padres recordar lo mucho que odiaban que les obligasen ponerse determinado de zapatos, que les vistieran de repollos, o que les dijeran con ojos desorbitados "¿¿¿Vas a ir al cine vestido así???". Pero como casi todos los procesos naturales, se repetirá lo ocurrido en anteriores generaciones, y todo saldrá bien.

Hablar de la indumentaria en la "tercera juventud", es complejo, porque depende muchísimo de lo que la persona haya vivido en su juventud. El espectro indumentario abarca las bragas-faja de encaje, los vaqueros, las faldas floreadas, los vestidos de Channel, los abrigos de piel, las clásicas babuchas, las camisas y los trajes de chaqueta. En general, a esa edad es cuando menos importa qué se diga de uno, por lo que se opta por ropa adecuada a las circunstancias, y cómoda cuando deba serlo.

Y aquí lo dejamos por hoy. La próxima (y última) entrega estará dedicada a la ropa de estar por casa, que creo que merece una entrada propia.



26 de septiembre de 2013

"Me visto, luego existo (I)"

Como muchas otras cosas con las que vivimos cada día, la ropa es una herramienta que el ser humano ha inventado para poder adaptarse al medio y prosperar. Dado que su piel de simio calvo tiene pocas ventajas frente a casi cualquier clima, se vio obligado a quitarle la ropa a otros animales, o encontrar otras "pieles artificiales" para soportar el frío y el sol.
Cómo pasamos de ese uso de supervivencia al actual es algo que los antropólogos deberían estudiar a fondo, porque tiene tela.

Cuando somos pequeños, estamos en ese estado primitivo en que la ropa no es algo que nos interese lo más mínimo. Nuestros padres nos visten, y por lo general no tenemos demasiado que opinar al respecto.
Sería necesario otro post para analizar adecuadamente la indumentaria que escogen algunos padres para sus niños indefensos. Una persona capaz de poner a su hijo un pichi de 200 euros, una chaqueta de cuero de Ángel del Infierno, un tutú o un traje de infante de las Españas hijo de Felipe IV, y sacarle a la calle para presumir de crío, debería cumplir prisión en Alcatraz.

Pasada esa etapa, empezamos a decidir qué nos gusta y qué no. En muchas niñas empieza la obsesión monárquica: Quieren ser princesas, y cada niña tiene muy claro cómo se viste una princesa. Para algunas, sólo valen los vestidos con vuelo, para otras el único color aceptable es el rosa, las que hay que deciden que las princesas sólo llevan mangas acampanadas... Y los padres (más comúnmente las madres) tienen que luchar y negociar para la que la infanta de la casa acepte tener un pantalón en su armario, aunque sea sólo porque las princesas para montar a caballo se ponen vaqueros.
No a todas las niñas les da por ahí. Cada niño tiene sus gustos, y no siempre responden a razones lógicas. Puede ser que sólo te guste el color verde, que te niegues a ponerte jerseys "porque pican" (todos hemos padecido una severa urticaria llevando jerseys que no nos gustaban), que los zapatos de X clase "te hagan daño", que reniegues de los leotardos y quieras ir en calcetines por los siglos de los siglos, o que te obsesiones por una prenda concreta que no te quites ni para dormir.

Los disfraces son cruciales en este momento. Pocos niños entienden por qué su maravilloso traje de Spiderman no es adecuado para ir al cole. Hace falta mucha habilidad, y un sólido conocimiento del mundo superheróico, para explicar a los mini Spiderman que si van al cole con su traje, y se sientan en su silla de siempre, todo el mundo conocerá su identidad secreta. Y, aún así, muchos insensatos prefieren arriesgarse e irse a preescolar con el traje de lycra debajo de la ropa.

Cuando crecen un poco, algunos entran en el mundo de los uniformes, y los padres se ahorran muchas luchas. Con quienes no, la batalla sigue durante los años siguientes, aunque cada vez se cede más terreno al humano en desarrollo, que va escogiendo un cierto estilo.

En la adolescencia, la indumentaria alcanza un nuevo sentido, y chicos y chicas se suelen empezar a dividir.
La ropa ya no tiene que ser sólo bonita, o de princesas, o ancha para que quepa el traje de Batman o de Tormenta. La ropa tiene que encajar con la de la gente con la que me muevo. Si la más guay de la clase lleva una camiseta ceñida, con estampado de leopardo y "Fuck" en amarillo chillón, hay un porcentaje muy alto de probabilidades de que el resto de chicas de la clase lleven una camiseta igual o similar en un plazo muy corto. Aquellas que no lo hagan (por importarles menos encajar, o por tener padres más sensatos) se sentirán un poco aparte, y podrán ser excluidas.
Si bien es cierto que en el mundo femenino esto es más habitual,  quien piense que entre chicos no pasa, se equivoca. También ocurre, pero es más sutil. Determinado tipo de zapatos, sudaderas... son requisitos más o menos necesarios para formar parte del clan.
Esto va, por supuesto, muy ligado a las modas, y la diferencia de poder adquisitivo puede poner a más de uno en un compromiso. Si se ponen de moda los vaqueros pitillo, y tú tienes que usar los de pata de elefante de tu prima mayor, puedes tener una crisis social. Se impone la búsqueda en mercadillos para no verse excluido.

Para las chicas, ir a comprarse ropa o "a mirar ropa" es una forma de relacionarse y un plan genial para un sábado. Los chicos son más de ir con su madre/padre, y comprar de forma menos entusiasta. Por supuesto, hay chicas que no encuentran el atractivo al "shopping" (y que necesitan que pasen unos años para encajar en el ocio de su edad), y chicos apasionados de la moda. Pero suelen ser menos.

Es también el momento de comenzar a vestirse para ligar. Los patinazos adolescentes en esta etapa son enternecedores: Las chicas no encuentran el punto medio entre ser sexy y ser una morcilla de burgos con escote, se pintan como si le hubieran robado a Homer SImpsons su pistola de maquillaje, y se estrenan en el mundo de los tacones con monstruosidades de 20 centímetros.



Los chicos utilizan la gomina en cantidades poco recomendables, y tratan de encontrar la definición de "ir arreglado, pero tampoco para una boda" que mejor se adapte a sus gustos.
En general, los resultados obtenidos por ambos sexos son altamente grotescos, y muy divertidos de ver.

La quintaesencia de esta política indumentaria adolescente se encuentra en el apasionante mundo de las tribus urbanas. La premisa es "Soy rapero/a, así que tengo que vestir ropa ancha, preferiblemente de X marca, utilizando exactamente estos complementos, y priorizando estos colores." Y eso vale para góticos, hipster, pijos, kanis, perroflautas, rastas, skaters, heavies, y demás tendencias.

¿Problemas? Para empezar, la ropa de tribu urbana suele ser considerablemente cara. Los hay que se conforman con comprar la XXXXXL del Decathlon, o buscarse indumentaria negra bonita, pero los más puristas deben hacer desembolsos terroríficos para hacerse un fondo de armario adecuado a sus intereses sociales. Teniendo en cuenta que hablamos de adolescentes, el desembolso lo suelen hacer los padres. Así que una familia con tres hijos: una rapera, un gótico y un pijo, los tres de tendencia purista, probablemente tenga serios problemas para llegar a mitad de mes.
Además, el nivel de exigencia requerido en según qué clanes puede requerir de ropa comprada por Internet, hecha a mano, teñida bajo la segunda luna de abril en un monte cubierto de enebro... No siempre es fácil de encontrar.


Estos grupos suponen la mejor manera de entender la ropa como un aglutinante social y un identificador. "Mira ése, qué hipster, con la camisa de cuadros", es una frase que para muchos padres es poco menos que mandarín, pero que retrata a la perfección una forma de ver el Mundo. Ya no es necesario que se obligue a nadie a llevar distintivos en la ropa, toda tu indumentaria te señala como lo que eres. Porque, además, pertenecer a determinado grupo suele llevar aparejada una ideología muy bien definida, que choca con la del otro grupo que se viste de otra manera. Así, un chico con un polo Lacoste puede fruncir la nariz al mirar a una chica con pantalones "cagados" y una mochila con la bandera jamaicana, al saber (sólo por su ropa) las ideas político-sociales de ella.

Hitler no podría haberles clasificado mejor, y con menos lagunas.

Aquellos que no pertenecen a una tribu, o son afines a muchas, pueden tener conflictos de identidad ("hoy me visto de ancho, mañana voy toda de negro, pasado me pongo la chilaba...") o estar al margen del mundo tribal y comenzar a desarrollar un estilo totalmente propio.

Poco a poco, a medida que se cumplen años y se sale de esa terrorífica etapa que es la adolescencia, la necesidad irrefrenable de encajar va menguando, comenzamos a vernos como individuos, y nuestra relación con la ropa comienza de nuevo a cambiar.

Sin embargo, eso lo veremos en una próxima entrega. Como adelanto de lo que nos espera, dejo un fragmento de un libro que creo que lo define bastante bien:

"Hasta entonces, vestir de un modo u otro respondía a dos objetivos claros: gustar a los hombres -a sus hombres- o ir cómoda. La indumentaria como herramienta de trabajo, según había dicho Pati arrancándole una carcajada, constituía una novedad. Vestirse no era sólo comodidad o seducción. Ni siquiera elegancia, o status, sino sutilezas dentro del status." (Arturo Pérez-Reverte - "La Reina del Sur")

25 de septiembre de 2013

"Un ladrillo no sabe llorar/pero tampoco lleva bien el compás"


Y ya está bien.
Y a salir.
Y a sonreír.
Y a conseguir que todo salga lo mejor posible.
Y a lograr los objetivos.
Y a no dejar que el miedo gane una partida que está destinada a perder.
Y a acordarse de un viaje en furgoneta cantando a gritos por las calles de Madrid.
Y a reírse.
Y a recordar a quienes nunca lo supieron que tienes una sonrisa preciosa, que no es justo que últimamente esté tan escondida.
Y a ayudarse de la música, de los libros y de la fuerza que te ha permitido verlas peores.

De esta se sale más fuerte, más entera, más feliz y con todas, absolutamente todas, las batallas ganadas, porque lo dice el corazón que es quien más sabe de estas cosas.




"Lo mal que estoy y lo poco que me quejo. 
Lo mal que estoy y lo poco que me quejo. 

Siempre me levanto con el pie mirando al suelo. 
La voz muda me saluda desde lejos, 
me regala su silencio pero yo me hago el sueco 
mirándome en el espejo. 

Y el espejo me devuelve su reflejo sin el mío, 
yo lo asumo y sigo pero no me fío. 
Me autodiagnostico sin un éxito mínimo, 
así que me deprimo. 

Lo mal que estoy y lo poco que me quejo. 
Lo mal que estoy y lo poco que me quejo. 
Tengo el alma en cuarentena .. y roto el cuerpo. 
¡Qué dolor, qué pena y qué tormento! 

Salgo a las aceras el andar desafinado. 
La maleta llena de cantos rodados. 
La sonrisa boca abajo de subir tanta escalera 
sin llegar a ningún lado. 

Y la historia me critica porque siempre estoy penando. 
Y yo le digo: “Pobre de aquel que oculta su llanto” 
Un ladrillo no sabe llorar 
pero tampoco lleva bien el compás. 

Lo mal que estoy y lo poco que me quejo. 
Lo mal que estoy y lo poco que me quejo. 
Tengo el alma en cuarentena. y roto el cuerpo. 
¡Qué dolor, qué pena y qué tormento! 

Y cómo me duele la vida entera
Y el médico me ha dicho que ponga en entredicho 
la verdad más verdadera, que llegue tarde al nicho
y que a cada dolor nuevo le busque un placebo. 

A mi burro, a mi burro le duele el amor 
porque nadie le quiere, sólo le quiero yo. 
Y a mí la pena me saluda cuando más me estoy riendo, 
de remiendos tengo lleno el corazón. 

A mi burro, a mi burro le duele el amor 
porque nadie le quiere, sólo le quiero yo. 
Y a mí la pena me saluda cuando más me estoy riendo, 
de remiendos tengo lleno el corazón. 

A mi burro, a mi burro le duele el amor 
porque nadie le quiere, sólo le quiero yo. 
Y a mí la pena me saluda cuando más me estoy riendo, 
de remiendos tengo lleno el corazón. "

(El Kanka - Lo mal que estoy y lo poco que me quejo)




Un hoy, y después otro.

Cerró la ventana con dedos temblorosos, y echó la cortina.
Caminó hasta el armario contando cada paso, sintiendo el suelo bajo los pies descalzos.
Se miró en el espejo. Más ojeras. Más tristeza dibujada en los ojos, ribeteada de esperanza.
Se sentó en la cama, suspiró.
Acarició con las yemas de los dedos el borde del cuaderno, deseando poder liberar cada palabra, poderlas dejar volar por la ventana y que llegasen a donde era imposible llegar.

Abrió la carta con un roce de los dedos.
La leyó en silencio.
Sonrió muy levemente, sintiendo la semilla de la esperanza posarse en su mente.
Rozó el papel con suavidad.

Recordó, con la sonrisa aún insinuándose en sus labios, cada segundo.
Cada mirada.
Cada palabra.
Cada paso.
Cada caída.
Cada consuelo.

El pequeño resplandor que llevaba al cuello ardió con fuerza, alimentándose de la esperanza que a ratos lograba conquistarlo todo.

Un día, luego otro.
Un instante, luego otro.
Minutos hechos de presente que olían a futuro y recordaban al pasado.

Sentirse en una jaula de aire.
Sentir dentro todo el silencio del mundo.
Llevar la máscara puesta.
Cubrir el corazón con vendas.

Se miró las manos, vacías.
Apretó los puños.
Respiró muy fuerte.

Tras la ventana, un mundo entero esperaba su regreso, sus pies sobre la calle, sus palabras.
Y lo sabía.

Lejos, tan lejos como sólo es posible en los libros de cuentos, un niño remaba en una pequeña barca, alejándose de su camarote para encontrar su destino.
Cerca, tan cerca como sólo puede estarlo la sombra del cuerpo, una niña preparaba su maleta para viajar hacia el centro de sí misma, dejando, eso sí, una notita pegada a la puerta.

Las estrellas parecían tan cercanas esa noche...

Salió de la habitación con paso rápido, con la sonrisa impresa en la cara, con la decisión de quien sabe que el único camino posible es hacia delante.
Con la certeza de quien sabe que todo va a salir bien.
Con los miedos encadenados en la mazmorra más oscura.
Con la esperanza sobre la frente, donde no pudiera escaparse.
Con el resplandor del cuello ardiendo en tonos naranjas.

Y se enfrentó al día de hoy, que ahora era el único.
Pues mañana no existía.
Y el futuro lo construiría a base de presentes bien vividos.

24 de septiembre de 2013

Arrebujada

Otra vez me ha pillado la noche sin apenas darme cuenta.
Otra vez me han dado las tantas sola en el salón.
Otra vez mi búho interior me ha impedido acostarme pronto.
Otra vez mi necesidad de silencio un ratito cada día me ha dejado aquí, perfeccionando mis ojeras.
Arrebujada en un sillón de esos que salen en las películas, que te acogen hasta casi sumergirte, como esas monedas que desaparecen de la vista entre los pliegues del asiento.

Escribiendo en un cuaderno que nunca pensé que llegaría a tener el uso que le doy, escuchando canciones que en lugar de ponerme triste me dan tranquilidad.

Dejándome caer en la falsa piel oscura, yo sola, dejando pasar mil ideas por la mente sin detenerme en ninguna. Permitiéndome, por una vez, respirar despacio y no pensar en lo que queda por hacer, ni en lo que se me ha llevado el tiempo.
Nada existe más allá de este salón, de mi cuaderno, de mi respiración y la música.

¿Qué pasaría si este momento se estirase? ¿Si el Sol por una vez no saliera? ¿Si los ruidos de la casa permanecieran extintos? Un instante alargado hasta lo imposible.
Qué curioso. Hasta ahora, los momentos que deseaba eternizar nunca eran como éste.

Fuera es de noche, hace frío, y las calles son silenciosas como sólo pueden serlo en un lugar como éste, casi al margen del resto del Mundo.
Pero en este salón hace calor, y hay más luz de la que me gustaría. Desde fuera se verán las rendijas de las contraventanas iluminadas, y tal vez alguien se sorprenda de que a las dos de la madrugada haya alguien levantado en este barrio.

Noto el pulso en mis muñecas, apoyadas sobre el teclado. La sangre que me irriga los dedos y me permite seguir escribiendo. Un latido cada vez, una corriente cada vez.
Sístole. Diástole. Sin detenerse.

Hay en el salón ese ligero desorden del abandono involuntario. De haber salido deprisa, sabiendo que todo volverá a encontrarse donde estaba. Unos zapatos en el suelo, folios en la mesa, un bolso, papeles... Objetos cotidianos en un lugar de paso, pensado no como un hogar sino como una circunstancia puntual y casi accidental en las muchas vidas que lo traspasan.

¿Cuántas personas se habrán sentado en este sillón? ¿Cuántas conversaciones han tenido lugar en el salón? Muchas, imagino. Pero hoy no me importa. Hoy sólo estoy yo. Con mi cuaderno, salvavidas en estas semanas absurdas, con la música que debería entristecerme y no lo logra, con la tranquilidad de quien sabe que está haciendo lo mejor, con la soledad buscada que es una pequeña isla en la travesía de ruido y compañía que es mi vida ahora mismo.

Mañana será otro día. Mañana saldré de nuevo ahí "a defender el pan y la alegría", a vencer a mil fantasmas, a los malvados mapaches, y a la chica del espejo.

Pero esta noche, aún me puedo permitir arrebujarme, sonreír despacio, escribir, y dejar pasar la noche entre mis dedos.




23 de septiembre de 2013

Miau.

Llegar a casa, tirarte en el sofá después de un día cansado, y que se te suba al regazo lo que parece un pequeño motor al ralentí cubierto de pelo, que te hace vibrar las piernas.
Acariciarle entre las orejas y que cierre los ojos y asome un poco los dientes, a gusto.
Ponerte a leer o a ver la tele mientras él te calienta las piernas, y te clava las uñas si dejas de hacerle caso.
Levantarte después de un rato, que se tire al suelo y te mire con aire ofendido, para después marcharse moviendo el rabo con dignidad.

Quiero un gato. Estoy matada por tener un gato desde hace mucho.

Sé que normalmente, cuando dices algo así, comienza la cansina batalla entre los amantes de los perros y los de los gatos, a muerte, intentando demostrar por qué un bicho es mejor que el otro. Parece que no te pueden gustar los dos.

A mí, personalmente, me gustan ambos, y creo que cada uno tiene sus ventajas.
He crecido rodeada de perros de todos los tamaños, formas y colores, y me encantan. Pero para la vida de estudiante/recién licenciado/becario explotado sin casa fija, los perros son mala opción. Requieren muchas atenciones, mucho espacio para estar a sus anchas, y llevan mal estar solos en casa. Y tener un perro para tenerlo encerrado en un piso, darle una vuelta de 5 minutos una vez al día y dejarlo al cuidado de amigos, me parece una crueldad.

Los gatos son mucho más adaptables, y mejores compañeros para quienes todavía no tenemos una estabilidad total. Son más independientes, disfrutan estando solos en determinados momentos, y se buscan su sitio independientemente del despacio de que disponen.


Y sin embargo, a pesar de ello, sigo sin gato. En parte, porque no hay forma de establecerse en un solo sitio (y no es plan de andar por media Europa con un transportín colgado del brazo, que el animalito va a acabar desquiciado), y en parte porque, la verdad, soy exigente.


Para empezar, no estoy de acuerdo con la compra de animales. El único gato que me compraría sería éste, por motivos muy concretos, y dado que no tengo 3.000 euros, no me lo planteo.
Soy partidaria de recoger animales en refugios, para darles una vida mejor que la que sus anteriores dueños les dieron, que estén ya esterilizados, para evitar la cría indiscriminada de más mascotas sin hogar, y sin pagar por la vida del animal.
Por otra parte, preferiría adoptar un cachorro, para criarlo yo misma. Los gatos abandonados en refugios de mayores tienen hábitos muy arraigados, y se muestran tremendamente reacios a abandonarlos. Además, los cachorros tienen mayor índice de mortalidad, y la mayoría necesitan familias que los acojan para no morir en los refugios.
Y además, para añadirle complicación a la cosa, me gustaría adoptar una gatita tricolor. Porque así fue la primera gata que tuve (que podéis ver en el encabezado del post), y porque tengo mucha afinidad con esa clase de gatos.
Así pues, entre la vida desordenada que llevo, el poco aprecio de los caseros madrileños por las mascotas, y mis exigencias, no tiene pinta de que Nymeria (hasta nombre tiene, aunque no nos conozcamos) vaya a llegar a mi vida próximamente.



Pero se echa en falta. Tener un cachorro dando tumbos por la casa, chocándose con las paredes y persiguiendo trozos de papel por todos lados, que vigile los movimientos del trapo de cocina con sus ojos bizcos (demasiado grandes para una cabeza tan pequeña), y que pase de torbellino descontrolado a pantera majestuosa, que te mira casi con desprecio cuando se te ocurre interrumpir sus asuntos.

Ese cariño tan especial de los gatos, tan independiente. Ese cariño en el que te reconocen como amo, como jefe de la manada, con pequeños gestos inconfundibles. Ir a recibirte cuando llegas, subirse en su regazo cuando lloras, buscarte para que les des de comer, les abras la ventana o te des un paseo con ellos. Empezar de cero en un lugar con el tranquilizador ronroneo junto a la oreja.
Y la lealtad que demuestran cuando, pese a encontrarse en las situaciones de la pobre que podéis ver abajo, siguen queriendo estar contigo.

En fin. Habrá que esperar para poder tener a Nymeria a mi lado en el salón, quién sabe si con algún otro compañero. De momento, habrá que conformarse con las fotos, con los gatos de los vecinos que se pasean por los tejados sin dejarse tocar, y con los mimos prestados de Ginger, Neby, Dastan, Gizmo, Marvin, Canela y Pelusa.


1 de septiembre de 2013

Humanos en el planeta rojo

Hace apenas unas horas que dejó de ser 31 de agosto en todo el planeta Tierra. Y, por tanto, que se cerró el plazo para inscribirse en la misión Mars One.

Por si alguno no se ha enterado (aunque le llevan dando vueltas al tema unos cuantos meses), se trata de un proyecto que pretende tener asentamientos humanos en Marte para el año 2023. Y, para ello, ha estado reclutando voluntarios que deseen pertenecer al proyecto.
Se trata de una iniciativa privada, holandesa, que quiere lograr lo que la NASA aún ni se plantea, y establecer una colonia humana en el planeta rojo.

Los requisitos son ser mayor de 18 años, estar en buena forma física, saber inglés y ser personas con resiliencia, adaptabilidad, curiosidad, capacidad de confiar en los demás y creatividad. Y, por supuesto, disponer de un ordenador con conexión a Internet para inscribirse. Que parece una tontería, pero no lo es tanto.
Han podido presentarse personas de todo el Mundo, pagando una cuota que dependía del nivel económico de su país de procedencia, y que serviría para financiar parte del proyecto (presupuestado en unos 11 mil millones de dólares) y para comprobar que la gente de verdad está interesada.

Se esperaban un millón de candidatos, pero el recuento final ha sido de 165.000.

Y, ahora que ya están cerradas las líneas, analicemos en profundidad si de verdad son pocos, y de qué trata realmente este proyecto.



La progresión de la misión será la siguiente:

-2013 (ayer): Se seleccionan unos 1.500 candidatos, que entran en un proceso de exclusión
-2015: Sólo quedan entre 28 y 40 candidatos que se dividirán en grupos de 4 personas para ir yendo paulatinamente a Marte cuando llegue el momento. Habrá hombres y mujeres, para permitir la reproducción (primeros niños con DNI marciano). Pero no se enviarán parejas.
Los seleccionados tendrán que pasar 7 años de entrenamiento para lo que les espera.
-2016: Una nave no tripulada sale de la Tierra con 2.500kg de suministros y víveres.
-2018: Un rover parte hacia nuestro planeta vecino para encontrar el mejor terreno de la zona (vistas chulas, posibilidad de hacer piscina, zonas ajardinadas y esas cosas)
-2021: La urbanización "Páramos rojizos" estará ya montada. Se compondrá de dos módulos de vivienda, dos de soporte vital, y dos vehículos para desplazarse por el vecindario.
-2022: los habitáculos ya tendrán suficiente aire y agua como para sustentar a los cuatro primeros astronautas.
-2023: Llegan los cuatro pioneros
-2025: Llegan los otros cuatro residentes de la urba.

Y, ¿cómo se financiará este proyecto? ¿Qué irá ocurriendo?
Bien, la empresa sin ánimo de lucro que organiza la misión, pondrá buena parte del dinero. Otra (pequeña) parte se sacará de las inscripciones de los voluntarios. Existe, asimismo, la posibilidad de hacer donaciones altruistas al proyecto.
Pero lo jugoso, los verdaderos beneficios, vendrán de otra parte.

Porque la misión no sólo será pionera en llevar humanos a habitar en otro planeta, además será la responsable del primer reality show extraterrestre.
Habrá cámaras formando parte del día a día de los colonos marcianos, grabando sus impresiones, su vida cotidiana, sus vicisitudes en Marte... Un Gran Hermano más allá de nuestra atmósfera.

Habrá quienes lo consideren una parte más del proyecto científico, e incluso una interesante experiencia sociológica: ¿Cómo se adapta una colonia humana terrícola a la vida en otro planeta, sin más seres humanos, sin bosques, sin océanos, sin animales...?
Pero no hay que perder de vista que los choques culturales serán inevitables, que la convivencia de ocho, doce, o veinticuatro personas en un espacio tan reducido será muy complicada, y que se pretende que se reproduzcan, pero que no vayan parejas establecidas. ¿Se necesitan más ingredientes para un culebrón de reality? Lo dudo.

Además, la misión está planteada de manera que los que se marchen nunca podrán volver a la Tierra, habrán de morir en Marte. Y, pese a que se supone que habrá víveres suficientes para quienes vivan allí, y que teóricamente se podrán enviar más, la posibilidad de la escasez es real. Sobre todo si se busca que los colonos se reproduzcan y tengan marcianitos humanos.

Es más, si el proyecto no sale rentable, y después de unos años no se quiere seguir con los asentamientos, la audiencia se ha aburrido, y la NASA no quiere explotar el proyecto, o si simplemente hay una guerra en Holanda y los encargados de la misión fallecen... No se podría regresar. Y, con apagar las cámaras que transmiten a la Tierra la realidad de la colonia en Marte... ¿quién se va a enterar de lo que ha ocurrido allí?

Así que, para mí, la pregunta no es por qué sólo 165.000 personas del millón previsto se ha animado a inscribirse en el proyecto, sino más bien por qué un solo ser humano decide presentarse para ello.

Y, sobre eso, hay muchas opiniones: Quienes llevan toda su vida soñando con el espacio, y sienten que nada les ata aquí. Quienes tienen ganas de aventuras. Quienes lo sacrificarían todo por la ciencia y el descubrimiento.
Yo añado otra categoría: Esas personas que se toman ciertos aspectos de la vida como si los experimentasen en un videojuego. Un ejemplo de este perfil son los soldados del vídeo filtrado pro Wikileaks, que matan a sangre fría, entre aullidos de júbilo, a civiles y niños desde un helicóptero. Para quienes han jugado a videojuegos de guerra, ¿hay mucha diferencia en lo que se ve? Casi diría que un videojuego es más realista.

Por supuesto, también está la ambición humana de colonizar, conquistar y expandirse. Una de las características que nos ha hecho sobrevivir y adaptarnos en prácticamente todo el planeta Tierra.

El caso es que, a día de hoy, casi 170.000 personas están dispuestas a participar en Mars One, cueste lo que cueste. Que 40 de ellos podrían lograrlo. Y que el tiempo nos dirá si finalmente lo consiguen, y si realmente se trata de algo bueno para la Humanidad, o de una ida de olla con final dudoso.

Quién sabe, igual la salida de la crisis económica, ecológica y humanitaria de nuestro planeta es establecer el exceso de población terrestre en Marte, y empezar allí una sociedad nueva, que los televidentes terrestres sigamos con interés.

Seguiremos informando.