28 de diciembre de 2013

Retazos en la lluvia

El agua repiqueteaba contra los cristales con impaciencia, con prisa, aunque resultaría difícil entender por qué.
¿Qué puede exigir prisa a la lluvia?


Abrió la ventana de golpe, y decenas de pequeñas gotas le salpicaron la piel.
Estaban frías.

El frío parecía impregnarlo todo. El cristal, liso. El aluminio del marco. El agua. El viento que hacía en la tormenta un papel de telonero, pero que aún así lograba poner la carne de gallina.

Apoyó la mano en el alféizar y el agua le empapó la palma. Casi resultaba agradable. Casi.
Jugó con la punta de los dedos a hacer dibujos invisibles en el charco. Una flor, un coche, un árbol... Trazos irregulares que agitaban la superficie transparente sin dejar huella real.

Sonrió un poco, apenas lo justo para que los rasgos de su cara se dulcificasen, y se detuvo.
Miró más allá de la lluvia.
Relajó la postura. Sus rodillas se doblaron ligeramente, apoyó el antebrazo izquierdo en el marco de la ventana y se llevó la mano derecha a la mejilla.
Sus dedos se sentían fríos contra la piel del rostro.

La tormenta arreciaba, difuminando por completo el paisaje. Todo era irreal.
Una ráfaga de viento le llenó el rostro de gotas de agua. Pequeñas lágrimas prestadas.
Sin moverse, sin inmutarse, notó cómo pequeños regueros fríos descendían por sus rasgos, hacia el cuello. Sintió la piel de sus mejillas erizarse de frío, y una ligera molestia en el puente de la nariz al resbalar por él una gota, muy lentamente.
Cerró los ojos, y de nuevo el agua se le echó encima.

Es como navegar, pensó. Como cuando una ola rompe justo bajo tus pies y el agua salada te golpea el rostro, para marcarte, para identificarte como alguien que está allí porque el mar se lo permite.
Ahora era la lluvia quien le marcaba, quien le permitía, o quien le hacía llorar.

Lágrimas de agua dulce, no lloradas sino recibidas. De mentirijillas.

Al abrir los ojos el agua acumulada sobre los párpados se escurrió hacia los lacrimales y le escoció ligeramente. La contaminación, sin duda. O tal vez el polvo acumulado sobre sus pestañas.

Se giró hacia el espejo, sin cerrar la ventana. El reflejo que le devolvió la mirada era diferente al que esperaba.
Su rostro estaba surcado de caminitos húmedos que nada tenían que ver con su alegría o su dolor. Llanto regalado por las nubes, o impuesto sin pedir permiso.
No lloraba, pero había lágrimas en su cara.
Sin embargo, sus ojos estaban secos, sin enrojecer.
Su nariz no estaba hinchada.
Sus labios sonreían muy levemente.
Se miró con detenimiento y se sorprendió. Era una cara muy hermosa la que el espejo mostraba. Con aquel llanto sin pena ni felicidad.

Guardó la imagen dentro y volvió a girarse hacia la lluvia, cerrando los ojos. En silencio.
¿Para qué decir nada?
¿Para qué cerrar la ventana?
La manga del jersey estaba ya calada de lluvia, y el frío empezaba a provocarle ligeros escalofríos, pero la sensación era tan agradable...
Suspiró con fuerza y cerró el cristal despacio, casi despidiéndose.

Al mirarse de nuevo en el espejo se echó a reír. Parecía que acabase de entrar en casa, con seis años, tras pasar una hora corriendo bajo la lluvia y saltando en todos los charcos de la calle.

La mirada en el cristal era distinta. Eso era innegable.
Le venían a la mente muchas palabras.
Serenidad.
Seguridad.
Empoderamiento.
Plenitud.
Futuro.
Todas ellas encajaban con esa mirada tranquila, tan llena de certezas. Tan lejana de aquella, despeserada, cargada de llanto, cargada de dudas, de incertidumbre.
¿Que si era posible cambiar? Que le preguntasen...
¿Que si era posible caminar? Que se lo preguntasen...
Pero nadie se lo iba a preguntar.
Siempre es más cómodo refugiarse en las falsas certezas y en las pequeñas ruindades.

Se sentó con un crujido de la silla, y rozó el papel con las yemas de los dedos.
Era suave y cálido. Le recordó a la piel de un niño. Tan nueva, tan inocente.
Dejó que la tinta negra fluyera sobre esa piel, mientras su otra mano se entretenía en el cordel de colores, casi sin darse cuenta.
Un río de palabras dejadas casi con disculpa.

A veces una gota de agua caía sobre la página y emborronaba las letras, la tinta líquida convertida en mancha gris.
Se sonrió, con un gesto afilado.
Lágrimas prestadas. Ajenas al sentir real.
Recordatorio de lo complejo del ser humano. De ese reflejo precioso.

El suave olor de las velas al quemarse le transportaba. Muy lejos. Y muy cerca a la vez.

Cruzó los pies con descuido y silbó un par de notas, cantando en su cabeza.

Se abrió la puerta. Una sonrisa, unos pasos y una voz.
Y un beso.
Piel de verdad, no de papel.
Manos suaves.
El latido de otro corazón contra el pecho propio.
Y el suspiro que se recoge casi en secreto al llegar a casa.
Las puntas de los dedos trazando un camino infinito del codo a la muñeca.
Los labios abriéndose en una sonrisa de abanico, y cerrándose después en un beso muy muy suave, en la comisura de los labios. Tierno. Cómplice.
La tibieza cercana del cuerpo que se da sin preguntar, sin pedir y sin dudar. Con la naturalidad de lo que no puede ser de otra forma.
De lo que no se desea que sea de otra forma.
El olor, el sabor, la textura de una magia muy sencilla y muy oculta.

Y de nuevo un reflejo.
De serenidad.
De seguridad.
De plenitud.

Y era curioso lo poco que cambiaba la imagen. La ausencia de aquella antigua carencia.
Extraño y a la vez tranquilizador.

Las gotas de lluvia se habían marchado, pero sus regueros habían ido más allá de la piel.
Y, sin embargo, ya no sentía frío.

La puerta se cerró y quedó de nuevo en la silla. Sonriendo. Con las manos apoyadas en el papel, que se transformaba una vez más en piel prestada.

Y cerró los párpados. Y la sonrisa creció hasta hacer oscurecer las velas.
Todo podía ser perfecto. Era una cuestión de voluntad.




No pongo sexos, una vez más. Tú que lees habrás creado al personaje que tal vez querías ver.


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