9 de diciembre de 2013

Penélope, la necia

Te llamas Penélope y vives en Ítaca.

Va a comenzar una guerra. A tu marido lo llaman a filas.
Lleváis casados poco tiempo y tenéis un hijo pequeño.

Se marcha. Ves su barco alejarse desde el puerto. Sabes que es ley de vida, los hombres luchan sus guerras en el campo de batalla, y a las mujeres se las deja en casa criando al futuro.

Te vas a casa, intentas que todo esté bien.

Llegan noticias inquietantes. La guerra se alarga.
Decenas de muertos, aqueos y troyanos. Se escucha hablar de extrañas intervenciones divinas por las dos partes. Tú rezas para que Odiseo vuelva vivo, y entero, y para que obtenga la gloria que merece.

Y esperas.

Pasa un año, dos, tres, cinco.

Sigues esperando.

Seis, siete... diez.

Te cuentan que la guerra ha terminado, y que fue gracias a tu marido, que se le ocurrió una forma de conquistar la ciudad enemiga. Te sientes orgullosa.

Decenas de barcos regresan. Observas el horizonte, esperando la vela que te lo traerá de vuelta.

Pero no llega.

Preguntas a todo el mundo. Odiseo partió con los otros, nadie sabe dónde está, nadie sabe por qué no ha regresado.

Y empieza tu incertidumbre.

Decides aguardarle porque, en el fondo de tus entrañas, sabes que no ha muerto, que te ama, y que regresará contigo y con vuestro hijo. Así que te sientas a esperar.

Decenas de hombres te pretenden. Buscan tu belleza, que va madurando, y sobre todo el patrimonio que Odiseo posee, y que hasta su regreso (vivo o muerto) es tuyo.

Y para aplacarlos les dices que elegirás a uno de ellos cuando termines de tejer un sudario para Laertes. Y lo que de día coses cada noche lo deshaces.
Y así te pasas diez años.
Esperando a que Odiseo vuelva a tus brazos, que entre por la puerta, te reconozca como su esposa y la mujer de su vida, y retoméis vuestra vida donde la dejasteis.
Y así sucede.




Y ahí, querida Penélope, es donde se ve que eres una necia, y que los griegos tenían a la mujer en una consideración bajísima, dado que eras ejemplar para ellos.

¿Sabes lo que de verdad ocurriría si La Odisea fuese la vida real y no un poema épico?
Odiseo, que ha pasado diez años en una guerra, viendo morir a sus amigos, y a enemigos nobles, y otros diez años navegando por mares espeluznantes, llegaría a Ítaca. Y se encontraría con una mujer 20 años mayor que la que dejó en el puerto, pero que en nada más ha cambiado. Que ha abandonado su vida para esperarle, que tiene los dedos deshechos de coser y descoser la misma tela.

Él está curtido en la batalla y en el mar. Sus músculos son fuertes, su espalda está cansada y las articulaciones le duelen con la humedad. Tiene canas en el cabello y en la barba, sus manos están encallecidas y miles de cicatrices surcan su piel.

Tú llevas casi veinte años sentada esperándole, manteniéndote bella. Y bella eres, con apenas un par de hebras blancas en el cabello. Pero estás vacía. No hay marcas nuevas en tu cuerpo, no hay ninguna historia que contar.

¿Cómo podría ese hombre estar con alguien que, mientras él ha crecido, sufrido, cambiado y evolucionado, se ha limitado a sentarse a esperar sin hacer nada?

Se marcharía. Dejando atrás los trozos de la imagen que de ti conservaba, y buscaría compartir su vida con alguien que viva, y no que espere.

Él ha navegado más allá de lo imaginable. Él ha luchado contra cíclopes y lotófagos. Él ha estado en el palacio de Circe y ha descendido a los mismísimos infiernos. Él ha logrado huir de las sirenas, y de Escila, y de Caribidis.
Él ha amado a otras. Ha tenido hijos con Calipso, y con Circe. Aunque pensase en ti, ha vivido.

Tú has tejido y destejido el mismo sudario mil veces. Ni siquiera has cambiado de tela en diez años.

¿Qué le puedes aportar?

Deberías haber salido. Deberías haber tomado un barco cuando viste que no regresaba. Tal vez ir a buscarle, tal vez simplemente vivir para ti en su ausencia.

Haber visitado Atenas, Esparta, Tebas.
Haber ido a Lesbos a aprender poesía con Safo.
Haber disparado flechas con Artemisa, y conocido la sabiduría de Atenea.
Haberte conocido a ti misma, haber decidido cambiar, ser mejor.
Haber surcado tantos mares como él, sola, para crecer en ti, sin él.

No hay reproches en esperar. Si sentías que había de regresar, que erais uno, hiciste bien en desear que regresase, en quererle cerca, en creer firmemente que debíais estar juntos.
Pero no puedes detener tu vida a la espera de retomar la que fue.

Debiste haber leído mil libros.
Debiste haber tejido cien tapices, cada uno más bello que el anterior.
Debiste haber demostrado a Telémaco que eras más que la esposa de su padre.
Debiste haber echado a patadas a los buitres de tu casa.
Debiste haber dejado que tu cuerpo creciese a su manera.
Debiste haber recordado cómo era sentir otra piel contra la tuya.

Y así, él se habría encontrado con una mujer crecida, con una mirada nueva en los ojos, con mil cambios tras ellos, con una historia que contar en susurros de almohada. Con una mujer distinta a la que dejó. Mejor. Nueva. Empoderada.

Y así, si decidía quedarse, habríais comenzado una vida de cero, los dos juntos y mejores, con un futuro brillante. Se habría enamorado de la mujer en que te convertiste, en vez de seguir enamorado del recuerdo de aquélla con la que se casó más de veinte años atrás.

Y así, si decidía marcharse, habrías podido continuar tu propio camino, sabiendo que no habías dejado pasar veinte años de tu vida mirando por una ventana.

Y así, si al verle regresar no te gustaba en quién se había convertido, podrías marcharte tú y dejarle atrás con el corazón tranquilo, segura de tu propia felicidad.

Pero decidiste sentarte a observar el horizonte mientras tejías y destejías un sudario interminable, en el que ibas embutiendo tu juventud, tus posibilidades, tu propia vida. Un sudario que no era para nadie más que para ti.

Y por eso, Penélope, eres una necia.
Y por eso, Penélope, nadie te puede considerar ejemplar.
Y por eso, Penélope, nada vales.
Y por eso, Penélope, el objetivo de cualquiera es no parecerse a ti jamás.
Y por eso, Penélope, me das tanta pena.

Hay demasiada vida ahí fuera para quedarse congelada, sin cambiar, sin avanzar, sin mejorar, sin crecer, sin evolucionar. Tejiendo la misma tela con recuerdos desteñidos. Y utilizar el amor como excusa para ello es envilecer un sentimento destinado a hacernos crecer.

Ésa fue la lección que nunca aprendiste, Penélope, y que te apartó de la felicidad que podrías haber tenido.

Pero tuviste la suerte de vivir en un poema épico. Y el cuento acabo con final feliz. 
Y tal vez por ello me das aún más pena.

Sigue tejiendo, pobre necia, mientras la vida y los vivos evolucionamos a tu alrededor.
Sigue tejiendo, pobre necia, que yo seguiré caminando.



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