3 de diciembre de 2013

La Bretaña de Astérix

Resulta que Astérix y Obélix seguían ahí, después de todo. 
 Que nunca se marcharon.
Entre los árboles de hojas naranjas y amarillas, persiguiendo jabalíes y cazándolos a puñetazos, teniendo cuidado de no alcanzar las sinuosas carreteras generales.
Han cambiado las chozas redondas por casitas pintorescas de tejados de pizarra.
En vez de perseguir romanos, hacen senderismo con el Idéfix moderno.
En vez de cascos con plumas llevan chubasquero.
Pero siguen allí.




Entre los bosques de Armorica, muy cerquita de la costa, acarrean menhires y grandes piedras de granito rosa, con grúas (si los llevasen a la espalda pronto algún turista despiadado tomaría una foto y les delataría).

En su antigua Condate, que hoy se llama casi igual que una tos de resfriado, caminan con afabilidad entre casitas con vigas de colores soportando el adobe fresco. Y a lo mejor oyen misa en Santa Ana, para disimular, porque jurar por Tutatis está pasado de moda.







Obélix ha dejado los menhires tirados por el suelo, en los alrededores de Carnac.

Será que ya está mayor para llevarlos a la espalda.
Enormes rocas partidas en dos y tres trozos, o apuntando hacia lo alto, señal de esos jardines de menhires que el más fuerte de los galos entregaba a domicilio.
¿Dónde se encarga hoy un megalito para poner en el jardín?








Es difícil verlos en la Punta de Raz, donde el viento azota las piedras, y el mar no puede ser más azul.
Es una zona escasa en jabalíes, y donde ya no quedan romanos, además sopla un pelete curioso y Obélix está acostumbrado a ir sin camiseta... Mejor quedarse en Douarnenez tomando mejillones, que aunque no tienen mucha carne están crujientitos.









Se sientan en la costa a esperar a esos piratas que a fuerza de no escarmentar acababan siempre hundidos.
Y en su pequeña playa, al margen del Mundo, un Caribe particular, roban pescados a unas gaviotas demasiado confiadas como para defenderlos.











Desde muy lejos, observan una marea de japoneses llegar a un pedrusco en medio de la nada, con una iglesia en lo alto. Una cola interminable de gente emocionada por ver ese sitio totalmente perdido del Mundo. Y piensan, no sin razón, que están locos estos japoneses.
Visitan Brest con las manos en los bolsillos, sin mucho que decir ante una ciudad que fue tanto, y que a fuerza de zambombazos americanos contra submarinos escondidos se ha quedado en un gran castillo y un árbol con armadura verde que intenta ser rompedor y sólo llega a triste.

Nunca se fueron.
Probablemente hablan bretón, esa lengua ininteligible que el visitante se encuentra en los carteles de la carretera debajo del francés. Es una lengua que pega que hable alguien con bigote y trenzas.

Y bastan un par de días recorriendo esa península en la esquinita de la Galia para encontrarte con ellos por todas partes, y revivirlos a cada paso. En la gente, en el paisaje, en las carreteras y en las casas.

Porque hoy, toda la Galia es Francia... ¿Toda? ¡No! Un rinconcito, al fondo a la izquierda, sigue resistiendo ahora y siempre al invasor. Y conserva ese carácter diferente que de tanto leerlo en las páginas cubiertas con tapa dura te resulta familiar.







1 comentario:

  1. La Bretaña es un lugar magico, sin duda. Yo vivo al este, en Alta Normandia, que salvo alguna ciudad demasiado moderna para mi gusto, por eso de los bombardeos masivos de la SGM, es bastante bonita. Eso si, dicen que los bretones son ariscos y que los normandos son afables. Yo no conozco muchos bretones pero normandos secos, unos cuantos XD

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