13 de noviembre de 2013

Parapluies

Llueve. Mucho.
Tienes dos opciones: Quedarte en casa, calentito, viendo llover tras el cristal, o salir.
Decides salir.
Y coges tu paraguas.

Y en la calle, gris, parece que el cielo entero se te derrama encima. Y, curiosamente, te gusta. Te gusta cómo se difuminan los contornos de los edificios bajo el agua, cómo el ruido de las gotas contra el suelo baja el volumen de cualquier otro sonido de la calle. Te gustan tus pies golpeando sobre los charcos.

Abres el paraguas, sales del portal, y te sumerges en la lluvia. Sois muchos los que habéis decidido salir, por devoción u obligación, y cada uno se resguarda del agua como puede.
Si vives en uno de esos países donde lo raro son los días secos, la mayor parte de los viandantes no llevarán paraguas a no ser que se trate del diluvio de Noé. Llevarán abrigos, capuchas, impermeables... Algún colgado valiente irá en manga corta y calzones, sólo para demostrar que es inmune a los resfriados. Y más de un enfermo mental amante del deporte recorrerá parques y calles en bici, o corriendo, sin miedo a los resbalones.
Habrá muchos que se refugien bajo un paraguas.

Tú, bajo el tuyo, con la lista de reproducción "Canciones de lluvia" de tu cacharro para escuchar música correspondiente, te dedicarás a observarlos, porque llueve demasiado como para engancharte al móvil hasta llegar a tu destino.

Verás decenas de paraguas oscuros: Negros, grises, marrones, azul marino, verde militar... Paraguas serios, un poco tristes, de gente que lleva el paraguas porque llueve y es lo que toca. Esta rutina se verá interrumpida por paraguas rojos, verde claro, morados, amarillos... Colores vivos que llaman a la vista y alegran un poco el ambiente gris. Los menos serán los paraguas de fantasía: Rayas, franjas, lunares, espirales, Hello Kittys... que causan un poco de vergüenza ajena, pero que a la vez dan envidia. "Ojalá yo me atreviese a ir con eso por la calle".

Te cruzarás con paraguas XXL que albergan debajo a una pobre madre agobiada con cuatro niños colgando del mango. Con paraguas resistentes, de esos con mango curvo y punta metálica o de madera, y muchos otros de los pequeños, plegables, que a la menor ráfaga de viento claudicarán y se desharán en pedazos.
Verás parejas abrazadas bajo un mismo trozo de tela, y te reirás al darte cuenta de que muchas de ellas no saben cómo se lleva un paraguas para dos: Siempre es el más alto el que debe llevarlo.

Pensarás que los paraguas son un poco como los coches. Cada cual elige o lleva el suyo un
poco en función de su personalidad, otro poco dependiendo de sus necesidades, y un último poco en función de su presupuesto. Hay paraguas indestructibles, que se abren como armas automáticas, son duros, serios y resistentes, como coches blindados.
Hay paraguas deportivos, bonitos, aerodinámicos y escandalosamente caros, malos para compartir.
Hay paraguas viejísimos, reparados con celo, que en su día fueron modelos respetables, al tiempo pasaron a ser clásicos, y hoy son chatarra cansada que pide a gritos la eutanasia.
Hay paraguas de estudiantes. Sucios, descuidados, baratos, hechos para durar poco pero dando un servicio eficiente.
En este punto observarás tu paraguas con ojo crítico, preguntando qué dice de ti. 
Concluirás que mola mogollón, como tú. O que sirve a su propósito y no necesitas más.
O te chocarás con una farola por haber estado mirando hacia arriba en vez de centrarte en el suelo que pisas.

Y continuarás tu paseo por la calle, fijándote en quienes te rodean, recordando lo mucho que te molaba cuando eras pequeño la idea de tener un paraguas de plástico transparente que te permitiese ver la lluvia cayendo sobre ti.
Recordando aquel día en que perdiste el paraguas XXL de tu madre, que te prestó bajo la condición de que lo cuidases, y te recorriste todos los bares imaginables intentando recordar en cuál lo habías dejado.
Recordando ese día infernal en que llovía en horizontal y tu paraguas morado no pudo dar más de sí y se dio la vuelta, quedando destrozado.
Recordando los paseos de los viernes a las nueve de la noche, guitarra a la espalda, llevando el paraguas 30 centímetros por encima de la cabeza para que no os mojaseis ninguno de los dos.
Recordando comerte las uvas bajo un paraguas rojo, la primera uva con la cuarta campanada, intentando no metérselo por el ojo a la mujer que las comía a tu lado.
Recordando salir sin paraguas en París, contando con que no llovería, para tener que comprar uno en el metro, de esos turísticos y extremadamente caros, para no volver a casa como si salieses de la ducha.
Recordando tantos paseos bajo la lluvia.

Y dejarás que la música que escogiste para días como éste fluya en tus oídos mientras tus manos se mojan y tus botas hacen saltar gotas de agua, perdido en un precioso mar de paraguas, siendo único entre todos, aunque desde arriba sólo parezcas uno más...



(Post inspirado en la metáfora de los paraguas-coche que me contó C. en Burdeos.)


***




"Il pleuvait fort sur la grand-route,
Ell’ cheminait sans parapluie,
J'en avait un, volé, sans doute,
Le matin même à un ami ;
Courant alors à sa rescousse,
Je lui propose un peu d'abri.
En séchant l'eau de sa frimousse,
D'un air très doux ell’ m'a dit « oui ».

Un p’tit coin d’ parapluie,
Contre un coin d’ paradis.
Elle avait quelque chos’ d'un ange,
Un p’tit coin d’ paradis,
Contre un coin d’ parapluie.
Je n’ perdais pas au chang’, pardi !

Chemin faisant que ce fut tendre
D'ouïr à deux le chant joli
Que l'eau du ciel faisait entendre
Sur le toit de mon parapluie !
J'aurais voulu comme au déluge,
Voir sans arrêt tomber la pluie,
Pour la garder sous mon refuge,
Quarante jours, quarante nuits.

Un p’tit coin d’ parapluie,
Contre un coin d’ paradis.
Elle avait quelque chos’ d'un ange,
Un p’tit coin d’ paradis,
Contre un coin d’ parapluie.
Je n’ perdais pas au chang’, pardi !

Mais bêtement, même en orage,
Les routes vont vers des pays ;
Bientôt le sien fit un barrage
A l'horizon de ma folie !
Il a fallu qu'elle me quitte,
Après m'avoir dit grand merci.
Et je l'ai vu’, toute petite,
Partir gaiement vers mon oubli…

Un p’tit coin d’ parapluie,
Contre un coin d’ paradis.
Elle avait quelque chos’ d'un ange,
Un p’tit coin d’ paradis,
Contre un coin d’ parapluie.
Je n’ perdais pas au chang’, pardi !"

(George Brassens - Le Parapluie)

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