25 de noviembre de 2013

Mont Saint Michel


Mont Saint Michel es una fortificación en medio de la nada.
Mont Saint Michel es el mar alrededor, o kilómetros de arena.
Mont Saint Michel son gaviotas, cuervos, mirlos y gorriones que lo hacen suyo.
Mont Saint Michel es un terrible exceso de turistas y tiendas de souvenirs.
Mont Saint Michel son sus murallas.
Mont Saint Michel es la abadía.
Mont Saint Michel es la terraza que se asoma al agua.


Llegué allí, once años después de escuchar hablar de él por primera vez, con curiosidad y cierto sobrecogimiento.
Me sorprendió para mal en cuanto entré.
Me sorprendió para bien en cuanto me adentré.

Caminar sobre piedras que llevan ahí tanto tiempo, tan aisladas a pesar del turismo, tan especiales.
Sentir de una forma extraña que estás en un lugar especial. Ningún ser humano se abre paso por ciénaga, bosque y mareas imposibles para construir una iglesia, o un dolmen (los celtas llegaron antes) si no hay nada que le atraiga. Llámesele como se quiera, las religiones no tienen la exclusividad de las intuiciones humanas.


Y sentarte en un cementerio, a escuchar un concierto que viene desde un campanario. Alucinante.


Y aprovechar para reflexionar, y para escribir en el cuaderno rojo.

Pensar que no por estar en el mismo lugar las personas comparten los mismos motivos.

Sentir el frío, y el viento, y aún así resistirte a bajar de la terraza de la abadía, porque lo que ves es probablemente una de las imágenes más bonitas que vas a encontrar en tu vida.

Notar dentro muchas cosas, muchas palabras, muchas emociones y muchos cambios latiéndote en las venas.

Ver musgo en los tejados de pizarra.
Apreciar el olor del mar en el aire.
Quitarte los guantes para hacer una foto, y que el viento helado te erice la piel.
Querer compartir lo que te rodea, y a la vez alegrarte de haber venido sola.

Escaleras.
Más escaleras.
Muchas más escaleras.
Muchísimas más escaleras.
Subir sudando, con las correas del macuto pequeño apretándote los hombros.
Bajar temiendo deslizarte.
Escaleras.
Agujetas.

Agradecer que sólo haya nubes y frío, en vez de la lluvia helada y el viento huracanado con el que esta región parece amenazar todo el tiempo.
Y maravillarme por completo cuando se van las nubes, y de pronto la abadía es dorada, y la arena es azul.

La música del órgano.
Las flores del cementerio.
Los grabados en la piedra.
Los pilares gruesos.

Complicidad desde dentro.
Peregrinación.
Símbolos.
Sencillez.
Belleza.

Fotos que hago yo, o que pido a un rostro en la marea de turistas. Compañeros en este tramo, al menos un poco.

Resistirme a volver a la rutina, pero no queda más remedio.
Bajar todas las escaleras del mundo (más agujetas).
Recorrer la muralla hacia fuera.
Y salir.
Y llevarte un trocito de algo indescifrable dentro, a cambio de una partecita de ti que dejas atrás.

Mont Saint Michel es pequeño, y aún así deja con ganas de volver. Habrá que hacerlo.
Pero la próxima vez, bien acompañada.



***

Llevo una hora intentando escribir sobre mi viaje de ayer, y he borrado ya cuatro textos. Quizás sea mejor dejar estas pinceladas al azar, y que cada uno trate de descubrirlo como quiera.

Porque, sin duda, merece la pena.



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