20 de noviembre de 2013

El complejo español

Normalmente, cuando uno deja su país para vivir en otro temporal o definitivamente, cuenta con que va a aprender cosas de su lugar de destino. Casi nadie se plantea que una estancia en el extranjero le vaya a enseñar nada de su propio país… Y sin embargo así es.
Estas lecciones a veces son muy amargas, y nos hacen ver las miserias de nuestra patria. En otras ocasiones son agradables y nos hacen sentir orgullosos.
En mi experiencia, fue un aprendizaje agridulce.

Cuando me fui a París hace dos años para vivir allí nueve meses, me tropecé con cosas que no esperaba encontrar: Una burocracia híper masificada y terroríficamente lenta que dejaba la Española como un juego de niños, un metro sucio, desorganizado, que fallaba todos los días varias veces. Personas desagradables, maleducadas, groseras con los extranjeros, que no se esforzaban lo más mínimo en hablar un idioma que no fuese el suyo. Una ciudad que olía a orines en casi todos sus rincones.
Poco tenía que ver aquello con el París de las películas.

Me encontré con que, en ese país que era el paradigma del laicismo, los católicos tenían una fe que jamás había visto en España, llegando al radicalismo. En Francia no existe la figura del católico no practicante.
Me tropecé con huelgas a cada paso, protestas que obligaban a cerrar una universidad por el miedo a la violencia de los estudiantes.
Me di de bruces con un país caótico en el que la extrema derecha se hace fuerte, en el que la inmigración ha sido un problema mal tratado que hoy es realidad casi ignorada.
Y pensé… ¿éste es uno de esos países a los que España tiene que envidiar?

Cuidado. No es éste un post que pretenda criticar a Francia, que tiene multitud de cosas buenas (por nombrar alguna, la gestión de becas, que ya la quisiera España, en calidad, cantidad y justicia). Tampoco es un post para hablar de lo maravillosa que es nuestra piel de toro y de la envidia que nos tienen los gabachos.
Es un post sobre lo mal que nos vendemos los españoles. Sobre lo acomplejados que estamos. Y sobre lo mal que nos viene.

Cuando un español habla de su tierra, por lo general lo hace con una mezcla de rabia,
vergüenza y tristeza. Habla de la poca vergüenza de sus políticos. De lo hondo que ha calado la crisis. De nuestro bajo nivel de educación. De las estratosféricas cifras de desempleo. De las colas en la Seguridad Social. De lo caro que cuesta el Metro.
Cuando la “Marca España” se vende internacionalmente de la mano de los políticos, lo hace basándose en la fiesta (única palabra que todos los habitantes de occidente saben pronunciar en nuestro idioma). En los toros. En la playa. En el flamenco. En las “relaxing cups of café con leche”. Los mismos lugares comunes que ya vendía Fraga con su “Spain is different”.
Y después, cuando los extranjeros nos miran por encima del hombro (o imaginamos que lo hacen) sentimos una mezcla de ira y embarazo. Algo así como “¿Qué hace ese guiri, creyéndose superior a mí, cuando en España…? Bueno, en realidad tenemos un país de mierda, normal que nos mire así.”

Y no, señores. De eso, nada. Ni tenemos un país de mierda, ni somos inferiores a nadie en nuestra totalidad como Estado. Todos los países tienen sus cosas buenas y sus cosas malas. Todos los países tienen corrupción, tienen gente idiota y desventajas para vivir en ellos. Y todos tienen aspectos maravillosos que explotar.
Lo que diferencia a España del resto del Mundo no son sus virtudes ni sus defectos, sino qué elegimos mostrar.

Pregúntenle a un estadounidense cuál es el mejor país del Mundo, y responderá sin dudarlo ni un segundo: Estados Unidos (“América”, como siempre dicen, ascendiéndose de país a continente por la cara). Y a lo mejor ha estado ese fin de semana en una manifestación contra su Gobierno, y a lo mejor ha echado pestes contra todo lo que implica su nación media hora antes. Da igual. Esas cosas son minucias. Su país sigue siendo el mejor. El marketing mundial nos lo vende como el mejor. Sus ciudadanos consideran que es paradigma de maravillas. Que lo sea o no, termina siendo lo de menos.
Sin irnos a ese extremo. ¿Qué dice un inglés, un alemán, un holandés, un francés, sobre el lugar del que viene, a los extranjeros? Cuenta las virtudes. Puede hablar de los defectos, de los problemas, sí. Pero en el fondo, sabe que no es un mal país, que sus muchas ventajas lo hacen un lugar magnífico para vivir.

¿Y los españoles? Los españoles nos enorgullecemos de gritar a los cuatro vientos que vivimos en un país de mierda, y luego nos sorprendemos cuando se actúa en consecuencia.
Sólo nos ofende que nos insulten el deporte, o las playas. Lo demás, nos da igual.
Y no nos vendemos.

Ningún español comenta, en el Metro de París, que en el de Madrid no hay ratas, ni es normal que el 60% de los trenes de una línea se detengan en medio de un túnel (al menos cuando yo vivía allí, hace 6 meses, al ritmo de recortes igual esta información está desactualizada). Ningún español alardea del Prado, o de que tenemos estilos arquitectónicos casi únicos, gracias a la mezcla del arte árabe con el cristiano medieval. Ningún español cuenta que si te duele la cabeza, si te rompes una pierna, si necesitas un trasplante de riñón, el Estado cubre los gastos, todos, del primero al último (esto también podría quedar desactualizado…). Ningún español dice “sí, nuestra clase política es horrible, pero tenemos unos artistas increíbles, una juventud con inquietudes…”.
No.
Decimos “Así va España”, “Vaya mierda de país”, “No me extraña, esto es España”. Decimos “nuestros políticos no nos representan”, pero nos hacemos eco de cada burrada con una aún mayor, en vez de decir “Hey, que nosotros no pensamos esto, y tenemos toooodos estos argumentos en contra, aunque no nos hagan caso”.

Para terminarlo de arreglar, el amor a España lleva mucho tiempo secuestrado por la derecha más casposa, que se apropió de bandera y patriotismo en los 70, ante una izquierda demasiado cobarde como para recuperarlos. Es esa gente que aplaude España de forma patética, apoyándose en cosas como “¡Este jamón sólo lo hay en España!”, “¡Ya quisieran esos gabachos nuestro Sol!”, y otras lindezas. Por no hablar de quienes equiparan patriotismo a salir de casa con la bandera del aguilucho franquista.

Nos ponemos a parir, nos destruimos con un entusiasmo suicida y absurdo. Nos hacemos una campaña de marketing negativo acojonante… Y admiramos “lo bien que se debe vivir en Noruega/Estados Unidos/Canadá… Países en condiciones, no como España.”

Y luego llegamos a esos países.
Y nos damos cuenta de que, por supuesto, tienen miles de cosas que hacen que merezca la pena vivir allí.
Pero también multitud de defectos y problemas que nunca nos habían contado, y que no nos habíamos molestado en buscar en sus periódicos.
Y resulta que España no es tan mala al fin y al cabo.

Ésa fue la lección más importante que aprendí en mi Erasmus (otra cosa en peligro de extinción… Un saludo al ministro Wert). Una lección que revivo todos los días ahora que vuelvo a estar fuera, trabajando esta vez.

Queridos españoles, vamos a quitarnos los complejos de encima. Vamos a exportar las cosas buenas que tenemos, que son muchísimas, a darlas a conocer, y a dejar de rechinar los dientes con las malas, echando pestes por todas partes de cada mínimo problema sin voluntad de arreglarlo.

Y que no haga falta que toda mi generación (la más preparada de España y todo ese papel mojado… los emigrantes del siglo XXI) vuelva del exilio en unos años para contar todo esto.
Y así, a lo mejor, hasta salimos del pozo con la cara lavada, y un poquito antes de lo esperado.


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