27 de noviembre de 2013

Crónicas de la Buhonera: Maravilla

El Sol reverberaba sobre la blanca superficie.
Cuánta belleza...
Al soplar, el viento mecía con suavidad su superficie llevándose pequeños restos.
Eran alas blancas, luminosas.

Sentada en el pescante del carromato asistía, incrédula, a aquel maravilloso espectáculo.
La gata estaba paralizada, siguiendo el movimiento de las alas con sus ojos esmeralda.
Curra agitó las orejas, y tiré suavemente de su rienda para impedir que hiciese ruido.
No quería que se diese cuenta de mi presencia, aunque sabía de sobra que era estúpido.

Sus pies descalzos rozaban el suelo con suavidad, y gotitas de relente se quedaban prendidas de su piel.
Cuando pasaba, los pájaros se quedaban callados un instante, y cuando recuperaban la voz lo hacían con nuevas fuerzas.
Las plumas de la parte baja de sus alas hendían la hierba.

Estábamos en medio del bosque. Habíamos dejado atrás el último pueblo, y pensábamos descansar unos días, aprovechando las últimas ganancias.
Llevábamos unas horas recorriendo claros y zonas arboladas cuando lo vimos por primera vez.

En la mano derecha llevaba lo que parecía una estrella diminuta colgando de una fina cuerda parda.
La mano izquierda estaba cerrada de una forma peculiar, como si sostuviese la de alguien más a quien yo no podía ver.

Yo sentía los latidos de mi corazón repicar en los oídos. Me estremecí.

Se giró, sólo un poco, como si hubiese escuchado un ruido.

La gata maulló con claridad. Un sonido fuerte, enorme, que no parecía posible en un animal tan pequeño.
Ella misma se sorprendió, parpadeando con asombro.

Y de pronto ya no estuvo.

Nos quedamos las tres sin respiración por un segundo, asimilando la ausencia evidente de lo que hasta hacía un segundo había caminado delante de nosotras.

Tras unos minutos azucé a Curra y continuamos caminando. Una vez más agradecí poder observar esas pequeñas maravillas en mis viajes, sin esperarlas ni buscarlas.

Y aún lo agradecí más cuando, poco después, mientras sentía como si alguien más viajase con nosotras en el carromato, encontré sobre una de las ruedas una pluma.



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