11 de noviembre de 2013

Bordeaux

Como siempre que se piensa en Francia París se nos mete en la cabeza a codazos, a veces resulta difícil encontrar otras ciudades que nos llamen la atención.

Desde luego, a nadie se le ocurriría jamás venir a Niort de turismo (sólo para llegar hasta aquí tendría que hacer un gran esfuerzo), pero hay otros sitios dentro de este país que son preciosos y nadie lo espera de ellos.

Ir a Burdeos fue casi casi un accidente. De hecho, no tengo ni idea de cómo surgió la idea. Supongo que porque está cerca, está bien comunicado, es una ciudad grande y parecía bonita.
Y allá que nos fuimos.
Y vaya si valió la pena.

Burdeos sorprende porque no te la esperas así. No sé qué tenía yo en mente, pero desde luego no era esto.
Es una ciudad que no se exhibe, como París, no te grita para que la mires. Espera, confiada, y deja que la descubras poco a poco.

Como todas la ciudades y pueblos de esta zona de Francia, está llena de iglesias góticas maravillosas, capaces de lograr que el más ateo tenga un pellizco de sentimiento religioso. Catedrales de piedra de techos altos, con vidrieras de colores, silenciosas, solemnes.

El río, "la Garonne", la divide en dos mitades muy desequilibradas: Una es el casco antiguo, con todo lo que se suele visitar, y la otra, más sucia, moderna e industrial, es poco atractiva, aunque tendrá cosas por descubrir.

Burdeos es dos ciudades diferente: Una de día y una de noche. La luz, las calles, la gente... Todo cambia, y nunca para mal. Y si Burdeos de día llama, Burdeos de noche enamora.

Es genial, porque es una ciudad que recuerda a muchas otras sin perder su identidad. Vas a un parque y te crees en Versalles, andas por una plaza que podría estar en Sevilla, compras en una tienda y, al salir, no sabes si has vuelto de golpe a Madrid. Y eso hace que sea cercana, que parezca que la conoces desde siempre.

Burdeos está LLENA de gente. Gente andando por las calles, comprando, comiendo en bares, saliendo de fiesta... Gente en general agradable. Hay montones de extranjeros, y muchísimos jóvenes. Para quienes vivimos en Niort, es un chute enorme de energía verte rodeado de gente a cualquier hora.

Burdeos ha supuesto la desconexión de una rutina demasiado tranquila.
Burdeos ha supuesto el reencuentro con cosas que parecían perdidas.
Burdeos ha sido un paréntesis necesario.
Y Burdeos exige volver.




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