26 de octubre de 2013

Sábados sin pañoleta

Es sábado.
No tengo que comer temprano para irme después a la reunión.
No tengo que calcular a qué hora volveré a casa esta noche después del kraal.
Esta semana no he programado.
Va a ser un sábado sin scouts, otro más desde que llegué a Niort.
Me siento rarísima.

Empecé a ser scout con 11 años y desde entonces sólo he estado apartada de este mundillo durante mi primer año de carrera. Incluso en la Erasmus me busqué un grupo francés para no echarlo de menos.

Esta vez he decidido no hacerlo, y creo que es la decisión correcta, pero aún así se me hace rarísimo no tener ni siquiera mis pañoletas aquí.

Lo echo mucho de menos, todo.
Las reuniones con los Pioneros, o los Troperos, cada sábado. Los juegos, las reflexiones, las patochadas, los momentos de dispersión absoluta, las confesiones vergonzosas, los estreses de última hora...
Las reuniones de monitores, y el ratito de tomarnos algo después. Arreglar el escultismo mundial entre tres en el Galaxia.
Las salidas y las acampadas. "¡Se me ha olvidado el saco!", "Yo las marchas las hago, pero ¿luego me coses las ampollas?", plantar las tiendas y que luego no salgan las piquetas, las alarmas de submarino nuclear para levantarse, el silencio que hay de noche en la montaña, la sensación de cansancio maravillosa al volver a casa.
Ir a programar un martes a las diez de la noche, preparar la reunión y quedarnos después hablando de la vida.
Recibir dieciocho millones de correos semanales de cosas del grupo.
Siendo monitora scout, el escultismo es parte de tu día a día te guste o no, lo tienes presente casi siempre. Y cuando de golpe pisas el freno, te quedas un poco descuadrada.

Al principio echaba en falta estar "en el otro lado". Que me organizasen a mí las cosas, y disfrutarlas. Luego aprendes a disfrutar organizándolo tú, viendo cómo ellos disfrutan, aprenden, descubren... Y tú con ellos, pero eso es lo menos importante.
Y cuanto más tiempo paso metida en esto hasta las cejas, dejando horas y días, y renunciando a muchas cosas por hacerlo lo mejor posible, más me gusta y más me engancha.
Hasta el punto de que ahora, que he decidido prescindir de ello estos meses para no sobrecargarme la aventura francesa más de la cuenta, me encantaría plantarme en los locales.



Noto también la falta física de mis pañoletas. Las cuatro que han marcado mi vida scout, y que en estos años han estado o bien en activo, o bien en mi pared como recordatorio permanente:
Azul con ribetes blanco y amarillo. Los orígenes, el primer grupo del que me sentí parte intrínseca, mis comienzos.
Verde con ribetes rojo y amarillo. La transición, crecer siendo scout, momentos complicados.
Amarilla con ribete verde: Escultismo en Francia, ser monitora en otro idioma, aprender, descubrir más similitudes que diferencias.
Y, por supuesto, escocesa. El segundo grupo del que me he sentido parte total, en el que comencé y me he desarrollado como monitora, y que es el que más me falta.

Estoy acostumbrada a tenerlas cerca, y se nota su ausencia entre mis trastos decorativos. Es lo que tiene viajar con el mínimo equipaje, que a menudo tienes que prescindir de cosas importantes, pero no vitales.



Todo esto, para quien no está metido en el mundo scout, puede resultar un poco excesivo. Es necesario entender que el escultismo es una forma de vida que se te mete dentro, y que llega un momento en que cuando tienes que hacer ciertas cosas, las piensas como scout primero, y como cualquier otra cosa después.

En fin, habrá que esperar unos meses para volver a calzarme el uniforme y dejar de echar de menos. Pero mientras tanto, seguiré tratando de dejar las cosas algo mejor de como nos las encontramos, porque no llevar pañoleta no significa nada.
El que ha sido scout una vez, seguirá siendo scout toda su vida.



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