16 de octubre de 2013

Lluvia

El cielo se cubre.
Comienza a llover.
No son gotas de agua, aquí no.
La lluvia en Niort cae pulverizada, minúscula.
No tiene fuerza, ni nada que se le pueda parecer. Va dejándose caer como flotando, hasta calarte los huesos sin que te des cuenta.
Deja las gafas con marca, como si hubieses estado llorando horas.

Hace frío, y la humedad lo empeora. Bufanda al cuello, gorro, manos en los bolsillos.
Los pies patinan en el suelo húmedo y cubiertos de hojas de otoño.

Niort no tiene la majestuosidad otoñal de Versalles, pero se defiende, consigue tener su encanto.

Los límites de los edificios se desdibujan, y todo es gris.
Las iglesias pierden majestuosidad.
El Donjon se vuelve siniestro.
Los gatos desaparecen.

Recorres las calles y te cruzas aún con menos personas de lo habitual.

En cada árbol, mil gotas pulverizadas se unen para formar ríos de agua que caen hacia abajo. Parece magia. Puedes imaginar una ninfa en cada rama.

Todo el pueblo huele a lluvia.
A tierra mojada.
A ozono.
A hojas recién caídas.
A chimenea.
A viento fío.
A otoño puro.

Sólo apetece guarecerse en casa, con un jersey muy grande en el que perderse, y mirar la lluvia por la ventana, con un libro al lado.
Recuerdas las carreras de gotas de agua que organizabas en tu mente, mirando los cristales cada vez que la lluvia te sorprendía en el coche. A veces una gota era ganadora indiscutible, otras varias se fusionaban para llegar antes abajo.

Sonríes muy poquito, con la comisura de los labios, respirando fuerte.

En Niort, la lluvia es breve. Casi todos los días termina por salir el Sol. Y cuando eso sucede, normalmente al atardecer, el pueblo parece un niño que rompe a reír tras horas de llanto. Se ilumina, con la cara lavada, y la luz naranja reflejándose en todas las fachadas.

En París la lluvia era opresiva, angustiosa, interminable.
En Niort, pese a ser más molesta, es más leve, uno sabe que al final se marchará.

Qué consuelo puede llegar a dar el otoño a veces...





1 comentario:

  1. Muy bonita la descrpcion de la lluvia. M. Eugenia

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