29 de octubre de 2013

La nueva buhardilla. Perdón.

-Te tienes que ir-dijo la chica con firmeza.
La sombra alzó bruscamente la cabeza.

Estaban las tres de pie, observándola con severidad. La niña en el centro, los grandes ojos serios. Bilet a su derecha, tranquila pero muy firme. La chica a la izquierda, con el ceño fruncido.

-¿Qué?-respondió, sorprendida.
Rara vez hablaba, y para las otras fue una sorpresa oír su voz. Era trémula, fina, triste.
-No puedes seguir aquí, te tienes que marchar.
-Pero yo siempre he estado aquí, pertenezco a…
-No-le cortó la chica-. No perteneces aquí. Lo dábamos por hecho porque siempre habíamos estado las cuatro, pero nos hemos dado cuenta de que no es así. Eres dañina, no aportas nada, no ayudas, solo traes angustia, y dolor, y miedo. Y no necesitamos nada de eso. Tienes que irte.
-Pero este lugar…
-Este lugar está cambiando cada día. Llevamos semanas cambiándolo todo, logrando que la buhardilla sea diferente, y tú no sólo no nos ayudas sino que nos entorpeces. No nos dejas cambiar lo que está a tu alrededor, y cada poco tiempo te echas a llorar y estropeas algo de lo que acabamos de construir.
-¡Ella también llora!-increpó la sombra señalando a la niña, que no se movió.
-Sí-respondió la chica-. Ella llora un rato, o un día, pero luego se levanta, se seca las lágrimas y se pone a cantar mientras pinta la pared, o cambia los cristales de la ventana. Tú no haces otra cosa.
-No podéis echarme, soy parte de esto, soy una más. ¡No es justo!
-Sí lo es.
-¿¿Y ella??-grito, señalando a Bilet- ¿¿Ella tiene derecho a quedarse?? ¡Es mala, es cruel, es despiadada! ¡Ha hecho mucho más daño que yo!
A Bilet se le crisparon las manos, pero no dijo nada.
-Ella ha hecho mucho más daño que tú fuera de este lugar, pero nadie ha hecho más daño que tú aquí dentro. Además, ella es necesaria, aporta cosas buenas. Tú no. Tú eres sólo dolor, y no queremos más dolor.
-¡No me pienso ir!-gritó, la voz temblorosa.
-Te vas a marchar-susurró Bilet, con voz muy suave-. Por las buenas, o por las malas.
Tendió la mano y agarro a la sombra del brazo. Esta empezó a retorcerse y a llorar.

-¡Basta!-gritó la niña-. No le hagas daño.
-Pero tiene que irse-aseveró la chica-. Tu dijiste que…
-Sé lo que dije-interrumpió la pequeña-. Pero no podemos hacerlo así. Si le atacamos, si le hacemos daño, a lo mejor se va, pero todo lo que representa se quedará pegado a las paredes. Y no es ésa la buhardilla que estamos construyendo, ni en la que quiero vivir.
Hubo un silencio algo confuso.
-Entonces…
-Bilet, suéltala.
La sombra volvió a su rincón, masajeándose el brazo. La niña se acuclilló para mirarle a los ojos.
-Sé que sientes que perteneces a este lugar, pero este lugar no te pertenece a ti. Si sigues aquí, nunca podrá ser una buhardilla nueva, nunca podremos ser felices de verdad. Sé que te da miedo irte, pero no te queda otro remedio. Aquí ya no hay sitio para ti.
-Yo… Puedo cambiar…
-No, no puedes-respondió la niña con una sonrisa-. No está en tu naturaleza cambiar, pero no pasa nada. Has sido parte de este sitio mucho tiempo pero, si lo piensas, aquí nunca has sido feliz, ni has hecho feliz a nadie. ¿Merece la pena seguir viviendo así?
La sombra la miro con los ojos llenos de lágrimas y negó con la cabeza.
-Ven-pidió la niña, tirándole del brazo con suavidad. La otra se levantó-. No pasa nada. Eres lo que eres, y no es culpa tuya. No quiero que te vayas enfadada con nosotras, ni que nos guardes rencor.
-Yo sólo hice lo que pude, no siempre se puede ser fuerte, no siempre…
-Lo sé. Nadie lo sabe mejor que yo.
-Sé que os he hecho mucho daño, sobre todo a ti, pero no soy capaz de hacerlo de otra forma. Es así, las cosas siempre salen mal, siempre lo estropeo todo, sólo sé hacerlo mal…
La niña sonrió.
-Tranquila. No pasa nada. ¿Y sabes por qué?
La sombra negó. La niña le abrazó muy fuerte y susurró en su oído:
-Porque te perdono. Te perdono todo el dolor que hayas causado, todo lo malo que hayas hecho dentro y fuera de aquí. Te perdono cada lágrima, cada gota de sangre y cada portazo. Te perdono cada vez que nos hiciste creer que no podíamos. Te perdono todo lo malo que hayas hecho a nuestros seres queridos fuera de aquí, y todo lo que creas que has hecho mal aunque sea falso. Te perdono, Luna, por absolutamente todo.
La sombra la miró con los ojos abiertos como platos, y suspiró con fuerza, sintiendo que un nudo muy apretado se soltaba en su interior Comenzó a desvanecerse por los bordes. Miró a la chica.
-Siento haber sido una carga.
La chica sonrió.
-No es ella la única. Yo también te perdono, por todo. No pasa nada.
Bilet la miro con seriedad.
-Tú y yo hemos hecho mucho mal aquí, pero siempre podemos cambiar y hacer las cosas de otra manera. Yo también te perdono, porque si no, no podría perdonarme a mí misma y seguir ayudando.
La sombra asintió con la cabeza, mientras se hacía más difusa por momentos.
-La buhardilla va a quedar preciosa-comentó, con una pequeña sonrisa-. Estoy orgullosa de vosotras. Os merecéis lo mejor que os pueda pasar.
-Y por eso estamos luchando-respondió la niña.
La sombra siguió atenuándose, en silencio, en su rincón oscuro.
-Siento de verdad todo lo que he hecho.
-Lo sabemos. Y estás más que perdonada.
Y, con una última sonrisa, dejó de existir. No había ido a ningún lado, simplemente ya no estaba allí. Había desaparecido para siempre

Las tres suspiraron, liberadas de pronto de una presión en el pecho que no habían sido conscientes de tener.

La chica abrazó a la niña con fuerza.
-Lo has hecho muy bien.
La pequeña sonrió.

Limpiaron el antiguo rincón oscuro, lleno de manchas de humedad y de tristeza, pusieron música muy fuerte y volvieron a su trabajo de mejora. Aún quedaba mucho por hacer, pero ahora parecía más sencillo. La buhardilla parecía más grande sin ella, y más luminosa.

La chica se estremeció. ¿Y si, aunque no estuviera físicamente, su presencia seguía allí?
Pero negó con la cabeza. Se había ido. Le habían perdonado. Le habían liberado de todo el dolor. Y se habían dado así la mejor oportunidad de ser felices del todo.

Aún quedaba mucho trabajo que hacer, mucho por mejorar, por limpiar y por transformar. Pero el cambio en aquella habitación era ya más que evidente.


Qué grandes estaban siendo, y qué valientes. Y qué grandes iban a llegar a ser…



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