23 de octubre de 2013

Cosas que no puedo entender de Francia: (I) Las almohadas

Cuando uno se va a otro país hay que habituarse a nuevas costumbres, horarios, comidas, utensilios... Es necesario abrirse a una cultura nueva, sumergirse en la sociedad que nos acoge y todas esas cosas tan bonitas que ponen siempre los de la Unión Europea en los programas de becas de movilidad.
Es algo precioso y muy inspirador, y en general estoy de acuerdo. Pero hay cosas de Francia que no puedo comprender, y que además me crispan.
Una de esas cosas es la inexistencia de un elemento imprescindible para la vida cotidiana tal y como la conocemos: la almohada.

Así es, amigos, en Francia no existen las almohadas. No es ya que las casas estén equipadas única y exclusivamente con cojines, es que no existe una tienda o supermercado que ofrezca algo diferente. Es absolutamente imposible encontrar una almohada en este rincón de Francia.
En mi Erasmus logré encontrar una (perfectamente cilíndrica, por cierto, aunque desconozco la razón) en el Carrefour de Saint-Denis, pero aquí en Niort es imposible. No existen. Están desterradas.

A priori, puede parecer que esto es una carencia menor. Total, ¿tanta diferencia hay entre dormir con un cojín y con una almohada? En la siesta ni lo notas...
Pero si pensáis así, estáis tremendamente equivocados. No hay color. Pero ni un poco.

La almohada está pensada para ocupar todo el largo de la cama. Es generosa, quiere compartirse. El cojín no. El cojín tiene el área que tiene, y punto. Si te mueves mucho de noche y se te sale la cabeza de dicha área, te jodes. Si te gusta dormir en oblicuo, te jodes. Si te gusta dormir abrazado a tu reposacabezas con brazos y piernas, en plan koala, te jodes. El cojín dice "soy pequeño, sirvo sólo para que apoyes tu cabeza. Para otros usos, búscate a otro". El cojín es un borde y un prepotente.

En Francia, además, los cojines o son pequeños, o son tremendamente finos, o son del tamaño de un nórdico con el grosor de tu colchón. No hay puntos medios ni medias tintas. Y si no te gusta, a pastar.
Estos tamaños y formas absurdos conllevan el rompan filas de tus cervicales. O tienes la cabeza a 30 centímetros de los hombros, o sólo un par de dedos por encima del colchón. Y, sobre todo si duermes de lado, estas alturas te llevarán a conocer el maravilloso mundo de las contracturas de cuello. Descubrirás músculos en esa parte de tu cuerpo que desconocías que existían. Te despertarás a media noche con agarrotamientos absurdos. Tendrás dolores de cabeza que llegan directamente desde tu nuca rígida. Diversión ilimitada, y todo gracias a un cojín.

Otro hándicap del cojín respecto a la almohada, es su poca flexibilidad. Una almohada la doblas a la mitad para ver una serie de lado, la haces un gurruño para ponerla bajo el libro, te la pones detrás mientras te apoyas sentado en la cama... Un cojín tiene dos posiciones: Estirado y doblado a la mitad. No hay más. Y encima, ninguna de las dos es cómoda en absoluto en ninguna postura.

Como aislante acústico, también hay un fracaso manifiesto del cojín. ¿Quién no se ha tapado los oídos, o la cabeza entera, para aislarse de los ronquidos del vecino o la obra del piso de abajo? Intentad hacerlo con un cojín que apenas os llega de una oreja a la otra, veréis de lo que os sirve.

Tampoco puede aportar absolutamente nada en el plano bélico. ¿Una guerra de cojines? Repito que en general son muy finos. Si alguien intenta dar un cojinazo a un amigo desprevenido, es más que probable que la cosa acabe en una pelea a puñetazos, sin más. Los cojines carecen de la longitud, el grosor o la simpatía que permiten a la guerra de almohadas ser algo divertido.

En la esfera retórica, también hay una considerable desmejora. "Lo consultaré con la almohada" es una frase seria, que inspira reflexión y seriedad. "Lo consultaré con el cojín" es sencillamente ridículo.

Es, además, una invitación al individualismo. ¿Dónde quedó la belleza de compartir almohada? Un lugar en que dos personas descansan al mismo tiempo, uno junto al otro, con la almohada como unión. Aquí, no. Aquí cada cual tiene su cojín y a la mierda el romanticismo.

El mundo de la infancia también lo destrozan. Para los padres de un niño al que se le cae un diente, la almohada tiene la ventaja de que se puede levantar por un lado, mientras la cabeza del pequeño rueda hacia el otro sin más. Si un niño francés está durmiendo encima del cojín bajo el que ha escondido su diente, o le desnucan, o el Ratón Pérez (o el bicho que venga aquí a por los dientes) tendrá que hacer butrón en el colchón para alcanzar su objetivo.

Sin embargo, lo más llamativo y crispante del caso es el engaño lingüístico en el que te atrapan. Todos hemos estudiado que, en francés, almohada es "oreiller" y cojín es "coussin". Lo que nadie te cuenta es que el cojín con el que duermes es el verdadero "oreiller", porque la almohada aquí no existe.
Sin embargo, si se llevan ese mismo cojín al salón y lo ponen en el sofá, pasa a convertirse en un "coussin". ¿Por qué? ¿Por qué no tener una palabra para ambas cosas?
Son ganas de complicarle la vida a la gente.

Y con esta sesuda reflexión os dejo. Voy a machacarme el cuello un rato mientras sueño con que mi almohada viene a rescatarme.

También en esta saga:
-El jamón cocido
-La mayonesa
-Los besos

3 comentarios:

  1. Me ha encantado...aquí tampoco las tienen :/, cojines, eso sí, todo lo grandes que quieras, pero cojines. Necesito dos, uno para abrazar con las piernas, y el otro con los brazos. Y no me hace gracia.

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  2. Muy bueno el relato...jejeje. Ramón y yo nos hemos reído mucho. Que arte tienes...jejeje

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  3. Muy bueno el relato...jejeje. Ramón y yo nos hemos reído mucho. Que arte tienes...jejeje

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