17 de octubre de 2013

Arrêtez!!


A veces, una quiere agarrar el freno de mano del planeta, dar un tirón, y que todo se pare un rato.
Viviendo en un país extranjero, esa sensación se quintuplica.
Si encima no dominas del todo el idioma del país, directamente quieres poner una bomba en el centro de la Tierra.

Son esos estupendos días en que en el trabajo el nivel de estrés sube de repente a la estratosfera, tú te sientes torpe, te duele la cabeza y no llegas a nada. A todos nos suenan, ¿verdad?
Bien, sumadle que todo lo que hagáis esté en un idioma que no es el vuestro, que no seáis capaces de comunicar exactamente lo que queréis decir sino aproximaciones (en ocasiones muy vagas), que todo vuestro trabajo tenga que ser revisado y requeterrevisado antes de poder llegar a ningún sitio, que os hagan hablar por teléfono en francés, con franceses, que encima os toque un francés con acento o que pronuncie mal y al que no se le entienda nada, que no paren de pediros cosas...
Al final del día, estaréis hasta las narices del Mundo. Y no querréis volver a escuchar, leer, o imaginar una sola palabra en ese idioma del demonio.

Llegaréis a casa. Tiraréis la mochila contra el sofá con muy mala leche y escasa puntería, os tiraréis vosotros mismos en el mismo sofá, y os haréis una bolita indignada. O bien os iréis a hacer deporte hasta que os sangren las extremidades. O atracaréis una tienda de chocolate a mano armada. O escribiréis un post de desahogo. Cada cual se hace terapia como puede.

Cuando uno se va de Erasmus, o a estudiar al extranjero, esos días se dan con mucha frecuencia. No conoces bien el idioma, tienes que estar 3, 4, o 5 horas escuchando francés sin parar, tomas apuntes, te preguntan... Y a menudo llegas a casa con tal saturación mental que no sabes ni cómo te llamas. Si además estás de exámenes, te sientes retrasado mental y te avergonzaría que cualquier conocido tuyo en España viera la mierda que acabas de escribir para que te la puntúen.

Al ser mi segunda experiencia de este tipo, la saturación es menos frecuente, pero cuando se da, es más bestia. Porque en el trabajo tienes más responsabilidad, porque se te exige más atención, y porque una cagada o un malentendido provocado por el idioma pueden tener consecuencias más serias.



Creo que, además, el francés es un idioma que desquicia especialmente. Es muy bonito y muy musical al oído, pero tiene una pronunciación tremendamente cerrada y muy intransigente. Si en vez de decir "u" (boca de decir "u" diciendo "i"), pronuncias la "u" normal, o una cosa intermedia, todo el mundo te mira ojiplático como si de repente te hubieras lanzado a hablar kazajo por la cara. Y tú repites la palabra que acabas de decir ochenta veces, cerrando cada vez más la boca, hasta casi silbar. Hasta que, de pronto, uno de ellos cae en la cuenta (casi puedes ver la bombilla sobre su cráneo) y dice "¡¡¡Ah!!!", y suelta la palabra que llevas pronunciando media hora, exactamente igual que la has dicho tú.

El acceso de rabia que provoca esa situación podría incendiar selvas tropicales.

Es, además, una incomprensión que me resulta absurda. Si a mí se me acerca un guiri en Madrid y me dice "Perduone, ¿endónde se va al plaso de toras?", yo le indico cómo llegar a la plaza de toros, no me quedo mirándole como si fuera un saltamontes gigantes que ha aprendido a hablar polaco. Y sobre todo no digo, "¿¿¿perduone??? ¡¡¡¡Ah, PERDONE!!!!". ¬¬

Algo similar ocurre para entender el francés. La manera en que tres o cuatro vocales se fusionan en un sonido nasal inverosímil es difícil de apreciar. Entender que "Pjandeijansann" es "Prin-Deyrançon", sin contexto y por teléfono, es algo tremendamente complicado para alguien que no sea nativo.
Además, a veces no puedes evitar perderte en la forma que tienen de mover la boca al hablar, y dejar de escucharles. La capacidad de un francés para no abrir la boca más de un centímetro de diámetro en conversaciones de horas es fascinante. No entiendo cómo son capaces de mover las mandíbulas y los labios para comer.
Por supuesto, tema aparte es si te toca alguien con un defecto en la pronunciación (que además son mucho más habituales aquí que en España). Si te cruzas con un interlocutor que sufre lo que llamaremos "el defecto pazque", échate a temblar, porque serás incapaz de comprenderle. Sus eses, erres, zetas, e incluso alguna ele, pasará a ser un sonido silbante cercano a la zeta. Hablar con alguien así por teléfono te inspirará pensamientos suicidas.

Además, tienes la ligera sensación de ser inútil. Tu parte racional, que sabe lo mucho que vales, te dice "no seas imbécil, estás en un país extranjero, hablas más idiomas que cualquiera de tus jefes, eres capaz de hacerte entender... Es normal que a veces cueste, no por eso vales menos":
Tu parte autocompasiva sufre muchísimo y quiere que le den palmaditas en la espalda y llorar mucho.
Como eres una persona madura, te tragas tu sensación de inutilidad y lo haces todo lo mejor que puedes, pero no puedes evitar una sensación de frustración constante y de "si esto fuera en español, os ibais a cagar".


Evidentemente, cuando ya eres perro viejo en estos lares, te estresas menos, y aprendes a relajarte y a tratar de comprenderles.

Pero aún así, de vez en cuando llegarás a casa hasta las narices, deseando colgar en la puerta el cartel de "Se habla SÓLO ESPAÑOL" y despotricando de todo lo que huela a gabacho.

Por supuesto, estos días son puntuales, necesarios, y suele saldarse con una evolución en tu conocimiento de la lengua, aunque sólo sea por "yo otro día como este no lo sufro".

Mañana volveremos al ataque.


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