23 de septiembre de 2013

Miau.

Llegar a casa, tirarte en el sofá después de un día cansado, y que se te suba al regazo lo que parece un pequeño motor al ralentí cubierto de pelo, que te hace vibrar las piernas.
Acariciarle entre las orejas y que cierre los ojos y asome un poco los dientes, a gusto.
Ponerte a leer o a ver la tele mientras él te calienta las piernas, y te clava las uñas si dejas de hacerle caso.
Levantarte después de un rato, que se tire al suelo y te mire con aire ofendido, para después marcharse moviendo el rabo con dignidad.

Quiero un gato. Estoy matada por tener un gato desde hace mucho.

Sé que normalmente, cuando dices algo así, comienza la cansina batalla entre los amantes de los perros y los de los gatos, a muerte, intentando demostrar por qué un bicho es mejor que el otro. Parece que no te pueden gustar los dos.

A mí, personalmente, me gustan ambos, y creo que cada uno tiene sus ventajas.
He crecido rodeada de perros de todos los tamaños, formas y colores, y me encantan. Pero para la vida de estudiante/recién licenciado/becario explotado sin casa fija, los perros son mala opción. Requieren muchas atenciones, mucho espacio para estar a sus anchas, y llevan mal estar solos en casa. Y tener un perro para tenerlo encerrado en un piso, darle una vuelta de 5 minutos una vez al día y dejarlo al cuidado de amigos, me parece una crueldad.

Los gatos son mucho más adaptables, y mejores compañeros para quienes todavía no tenemos una estabilidad total. Son más independientes, disfrutan estando solos en determinados momentos, y se buscan su sitio independientemente del despacio de que disponen.


Y sin embargo, a pesar de ello, sigo sin gato. En parte, porque no hay forma de establecerse en un solo sitio (y no es plan de andar por media Europa con un transportín colgado del brazo, que el animalito va a acabar desquiciado), y en parte porque, la verdad, soy exigente.


Para empezar, no estoy de acuerdo con la compra de animales. El único gato que me compraría sería éste, por motivos muy concretos, y dado que no tengo 3.000 euros, no me lo planteo.
Soy partidaria de recoger animales en refugios, para darles una vida mejor que la que sus anteriores dueños les dieron, que estén ya esterilizados, para evitar la cría indiscriminada de más mascotas sin hogar, y sin pagar por la vida del animal.
Por otra parte, preferiría adoptar un cachorro, para criarlo yo misma. Los gatos abandonados en refugios de mayores tienen hábitos muy arraigados, y se muestran tremendamente reacios a abandonarlos. Además, los cachorros tienen mayor índice de mortalidad, y la mayoría necesitan familias que los acojan para no morir en los refugios.
Y además, para añadirle complicación a la cosa, me gustaría adoptar una gatita tricolor. Porque así fue la primera gata que tuve (que podéis ver en el encabezado del post), y porque tengo mucha afinidad con esa clase de gatos.
Así pues, entre la vida desordenada que llevo, el poco aprecio de los caseros madrileños por las mascotas, y mis exigencias, no tiene pinta de que Nymeria (hasta nombre tiene, aunque no nos conozcamos) vaya a llegar a mi vida próximamente.



Pero se echa en falta. Tener un cachorro dando tumbos por la casa, chocándose con las paredes y persiguiendo trozos de papel por todos lados, que vigile los movimientos del trapo de cocina con sus ojos bizcos (demasiado grandes para una cabeza tan pequeña), y que pase de torbellino descontrolado a pantera majestuosa, que te mira casi con desprecio cuando se te ocurre interrumpir sus asuntos.

Ese cariño tan especial de los gatos, tan independiente. Ese cariño en el que te reconocen como amo, como jefe de la manada, con pequeños gestos inconfundibles. Ir a recibirte cuando llegas, subirse en su regazo cuando lloras, buscarte para que les des de comer, les abras la ventana o te des un paseo con ellos. Empezar de cero en un lugar con el tranquilizador ronroneo junto a la oreja.
Y la lealtad que demuestran cuando, pese a encontrarse en las situaciones de la pobre que podéis ver abajo, siguen queriendo estar contigo.

En fin. Habrá que esperar para poder tener a Nymeria a mi lado en el salón, quién sabe si con algún otro compañero. De momento, habrá que conformarse con las fotos, con los gatos de los vecinos que se pasean por los tejados sin dejarse tocar, y con los mimos prestados de Ginger, Neby, Dastan, Gizmo, Marvin, Canela y Pelusa.


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