27 de septiembre de 2013

"Me visto, luego existo (II)"

Nos habíamos quedado en el final de la adolescencia, ese momento maravilloso en que los protohumanos empiezan a tener niveles hormonales normales y dejan de pensar que el mundo entero conspira para molestarles.

A medida que se dejan atrás los "dieci" y se empiezan a alcanzar los "veinti", muchas cosas cambian. Los amigos no son ya el único refugio posible, la familia deja de ser percibida como un enemigo a abatir, damos más importancia a nuestra individualidad, y empezamos a tener una perspectiva auténticamente propia de la vida.
Por supuesto, hay personas que este desarrollo lo tienen más jóvenes. Son adolescentes atípicos que se aburren mucho viendo hacer el indio a sus congéneres, o son marginados, y que al llegar a la veintena van varios pasos por delante.
Y como todo en esta vida son opuestos, también hay quien jamás llega a superar la adolescencia, y va dando cada vez más lástima y repulsa a quienes a su alrededor van madurando.

Normalmente, el inicio de la juventud va acompañado de un cambio de ambiente: Se empiezan estudios superiores (ya sea universidad o ciclos), y/o se comienza a trabajar un poco más en serio. Se descubre la ropa como herramienta de trabajo.

Al principio no somos muy conscientes de ello. Suele ser una persona de mayor edad la que nos dice "¿¿Piensas ir a la entrevista ASÍ??", cuando hasta entonces tus vaqueros oscuros y tu camiseta favorita jamás habían tenido nada de malo.

Aprendes, entonces, que la ropa sirve para dar buena impresión. Bueno, en realidad es algo que ya sabías: Para impresionar a tus colegas del clan había que llevar la indumentaria adecuada. Pero en este caso, la ropa que da buena impresión no es la que a ti te gusta ni la que habrías elegido. En tu armario empieza a haber camisas, polos, pantalones de tela, faldas recatadas, medias... Ropa "de trabajo".
A algunos, en el propio centro de estudios les piden que guarden una determinada apariencia, sobre todo a aquellos que se van a dedicar en un futuro a estar de cara al público.

Los chicos, en este ámbito, lo suelen tener más fácil: Un traje, un par de pantalones oscuros, algún polo, alguna camisa, en casos extremos corbata... Pero el rollo "casual" en general se acepta para los jóvenes en las entrevistas de trabajo.
Para las mujeres puede ser más delicado: Se puede requerir el uso de tacones, y si alguna no está acostumbrada debe practicar para no parecer un ganso patizambo. Hay que saber qué impresión se da llevando falda, qué impresión llevando pantalón. Hay que medir muy bien el escote. Ser cauta con el maquillaje. Saber qué se quiere transmitir con el peinado... Si la entrevista, o el acto al que se acude, no es muy serio, es posible relajarse y dejarse llevar, pero a veces hay que medir al milímetro la impresión que nuestra indumentaria provoca.

Hay miles de estudios que nos dicen qué comunica la ropa que vestimos, su tela, su color, su combinación. Lo mismo para el maquillaje que llevamos, la manera de recogernos el pelo, los zapatos que elegimos y la combinación de éstos con las medias o calcetines. Y si bien ni los encargados de Recursos Humanos de las empresas ni los profesores de facultad se los han leído todos, sí que reciben inconscientemente un mensaje al vernos aparecer por la puerta. Y eso hay que cuidarlo.

Da mucho vértigo, y muy a menudo al entrar en ese mundo nos lanzamos en manos de madres, padres y abuelas para que nos asesoren o, simplemente, nos enseñen por Skype cómo demonios se plancha la maldita camisa que parece resistirse a separarse de sus arrugas.


Que, por cierto, ésa es otra forma de relacionarnos con la ropa que descubrimos al salir de casa: La colada, esa gran desconocida. Por lo general, mientras uno vive con sus padres, la ropa desaparece del cesto donde se deja sucia y reaparece planchada en los cajones.

En algunos casos, estamos familiarizados con la lavadora, o hemos planchado alguna vez.
Pero hasta el más experimentado tendrá sudores fríos cuando tenga que enfrentarse a su primera lavadora en un piso de estudiantes: No entenderá los programas del cacharro, la forma será diferente a la de su casa, no sabrá qué detergente comprar, ante una mancha de sangre o de vino llegará a plantearse quemar la prenda, su nuevo pantalón vaquero dejará toda su ropa blanca azul marino... Y, por supuesto, nunca jamás la ropa quedará limpia lavada en frío, por mucho que en su casa ese milagro fuera posible.

Descubrirá, con horror, que en esas etiquetas que alegremente cortaba "porque picaban" estaba toda la información necesaria para que la ropa sobreviva al lavado. Las etiquetas pasan a ser como los microfilms de los espías, y en muchos casos se ha de llamar a la CIA para pedir nuevas instrucciones. "Mamá, dice que no se lava con agua, ¿¿¿¿qué coño hago????". Los padres se ríen mucho con esta situación, y en los próximos cumpleaños reciben mejores regalos de esos hijos que por primera vez reconocen la sabiduría de sus antiguos enemigos.

Cuando ya se trata de coser un botón, o coger un dobladillo, la mayoría saca la bandera blanca: Se le pide a la abuela, o se lleva a un negocio que se dedique a eso. Y no se puede evitar una cierta sensación de "Soy un maldito inútil, con la de veces que he visto cómo se hacía y nunca me he fijado..."Y esta es de las pocas cosas que son iguales para hombres y mujeres. La costura nos suena a cosa vieja, a lo que hace la abuela de Cuéntame. Y luego nos pasa lo que nos pasa.
Aún así, alguno recordará viejos trucos caseros en momentos de máxima tensión. "¡¡¡¡¡MIERDAAAAA!!!! ¡Me ha venido y no me he dado cuenta! ¡¡Mis mejores bragas, mis pantalones blancos!! ¡¡NOOOOO!! Espera... creo que mi madre a las manchas de sangre les echaba agua oxigenada y luego agua fría... Jum...." Si el truco sale bien, nos sentiremos como Dexter en su laboratorio. Si la cosa no funciona... en fin, siempre queda llamar al autor del truco, o buscar en Internet.




En cuanto a la relación emocional con la vestimenta, las mujeres continúan teniendo un vínculo más fuerte, en general. La razón probablemente sea social, y desde luego hay quienes se escapan de esa "norma", pero lo cierto es que habitualmente las féminas disfrutan con la ropa.
Les gusta verla, les gusta probársela, les gusta ir de tienda en tienda... A menudo llenan el armario de prendas que más tarde olvidan, pero que nunca tirarían. Las sesiones de compras con las amigas siguen siendo divertidas, aunque ya no son la piedra angular de su ocio.
A muchas les da por los zapatos, una filia que nunca he sido capaz de entender. Llenan los armarios con toneladas de zapatos de todo color, forma, tacón y material posible, que llevan de un lado a otro en las diferentes mudanzas. Y, a menudo, ante la pregunta "¿y éstos? Nunca te los he visto", la respuesta es "Ya, es que me hacen heridas terroríficas, pero son tan ideales...".

En ellas son también más habituales los disgustos por la ropa. Si algo no les queda bien, o no es de la talla que esperaban, el disgusto es varias veces mayor que el que se podría encontrar en un hombre. Además, en casi ningún caso buscan culpables en la marca de ropa. Siempre, absolutamente siempre, la culpa es de ellas. Su cuerpo, sus medidas, sus piernas demasiado largas, su cara de pan, sus tobillos gordos, su peso excesivo... Pueden llevarlas a las lágrimas con relativa facilidad. Y no son disgustos que deban tomarse a la ligera, muchas autoestimas han caído ante el espejo de un probador, dando lugar a problemas de mayores magnitudes.

Evidentemente, en el tema compras y en el físico, los extremos tipo "Sexo en Nueva
York", no se suelen encontrar entre gente sensata, pero la afición femenina por la ropa es una realidad. Los hombres son más de "Necesito unos vaqueros azules-Voy a la tienda-Cojo vaqueros azules-Me los pruebo-Me los compro-Me voy a mi casa". Aún así (nunca lo diré bastantes veces) muchas mujeres siguen ese mismo patrón, y muchos hombres disfrutan comprando ropa.

Sobre al estilo personal de cada uno, no en vano es en la adolescencia donde forjamos nuestra personalidad. Quien ha seguido a pies juntillas un tipo de indumentaria durante 8 años, algo guardará de esa época: Una especial querencia por la ropa negra, un par de pantalones hippies en el armario, complementos de determinado tipo... Y, por supuesto, hay quienes se mantienen dentro de una tribu urbana el resto de su vida, por simpatizar con su estilo e idiosincrasia. Pero generalmente saben que tienen que usar "ropa de trabajo" cuando les corresponde.
Sólo los pijos pueden vivir al 100% su tribu urbana vayan adonde vayan, y son los menos flexibles a la hora de tener que salirse de su zona de confort.

En cualquier caso, cada uno se define con una determinada ropa, que es con la que se siente cómodo, y se inclina por determinados colores, complementos... que suelen mantenerse gran parte de la vida.
Este estilo propio se mantiene ya hasta prácticamente la vejez, aunque esté más o menos influido por la moda. Hay una cierta fidelidad hacia ciertas marcas y tiendas, y generalmente un amigo puede regalarnos ropa con relativa facilidad porque "siempre vistes así".
Por supuesto, hay fashion victims que necesitan renovar totalmente su estilo cada temporada, y personas que deciden volverse a sentir chavales de 20 años teniendo 50 tacos, pero son los menos. La ropa (cuando se elige con total libertad) suele ser un reflejo de la personalidad, el estado de ánimo y los gustos, y eso no cambia de la noche a la mañana.

Llegará un momento, en la vida de casi todos, en que toque vestir a nuevos seres humanos y verse repetido el círculo. Habitualmente, hay una extraña amnesia que impide a los padres recordar lo mucho que odiaban que les obligasen ponerse determinado de zapatos, que les vistieran de repollos, o que les dijeran con ojos desorbitados "¿¿¿Vas a ir al cine vestido así???". Pero como casi todos los procesos naturales, se repetirá lo ocurrido en anteriores generaciones, y todo saldrá bien.

Hablar de la indumentaria en la "tercera juventud", es complejo, porque depende muchísimo de lo que la persona haya vivido en su juventud. El espectro indumentario abarca las bragas-faja de encaje, los vaqueros, las faldas floreadas, los vestidos de Channel, los abrigos de piel, las clásicas babuchas, las camisas y los trajes de chaqueta. En general, a esa edad es cuando menos importa qué se diga de uno, por lo que se opta por ropa adecuada a las circunstancias, y cómoda cuando deba serlo.

Y aquí lo dejamos por hoy. La próxima (y última) entrega estará dedicada a la ropa de estar por casa, que creo que merece una entrada propia.



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