26 de septiembre de 2013

"Me visto, luego existo (I)"

Como muchas otras cosas con las que vivimos cada día, la ropa es una herramienta que el ser humano ha inventado para poder adaptarse al medio y prosperar. Dado que su piel de simio calvo tiene pocas ventajas frente a casi cualquier clima, se vio obligado a quitarle la ropa a otros animales, o encontrar otras "pieles artificiales" para soportar el frío y el sol.
Cómo pasamos de ese uso de supervivencia al actual es algo que los antropólogos deberían estudiar a fondo, porque tiene tela.

Cuando somos pequeños, estamos en ese estado primitivo en que la ropa no es algo que nos interese lo más mínimo. Nuestros padres nos visten, y por lo general no tenemos demasiado que opinar al respecto.
Sería necesario otro post para analizar adecuadamente la indumentaria que escogen algunos padres para sus niños indefensos. Una persona capaz de poner a su hijo un pichi de 200 euros, una chaqueta de cuero de Ángel del Infierno, un tutú o un traje de infante de las Españas hijo de Felipe IV, y sacarle a la calle para presumir de crío, debería cumplir prisión en Alcatraz.

Pasada esa etapa, empezamos a decidir qué nos gusta y qué no. En muchas niñas empieza la obsesión monárquica: Quieren ser princesas, y cada niña tiene muy claro cómo se viste una princesa. Para algunas, sólo valen los vestidos con vuelo, para otras el único color aceptable es el rosa, las que hay que deciden que las princesas sólo llevan mangas acampanadas... Y los padres (más comúnmente las madres) tienen que luchar y negociar para la que la infanta de la casa acepte tener un pantalón en su armario, aunque sea sólo porque las princesas para montar a caballo se ponen vaqueros.
No a todas las niñas les da por ahí. Cada niño tiene sus gustos, y no siempre responden a razones lógicas. Puede ser que sólo te guste el color verde, que te niegues a ponerte jerseys "porque pican" (todos hemos padecido una severa urticaria llevando jerseys que no nos gustaban), que los zapatos de X clase "te hagan daño", que reniegues de los leotardos y quieras ir en calcetines por los siglos de los siglos, o que te obsesiones por una prenda concreta que no te quites ni para dormir.

Los disfraces son cruciales en este momento. Pocos niños entienden por qué su maravilloso traje de Spiderman no es adecuado para ir al cole. Hace falta mucha habilidad, y un sólido conocimiento del mundo superheróico, para explicar a los mini Spiderman que si van al cole con su traje, y se sientan en su silla de siempre, todo el mundo conocerá su identidad secreta. Y, aún así, muchos insensatos prefieren arriesgarse e irse a preescolar con el traje de lycra debajo de la ropa.

Cuando crecen un poco, algunos entran en el mundo de los uniformes, y los padres se ahorran muchas luchas. Con quienes no, la batalla sigue durante los años siguientes, aunque cada vez se cede más terreno al humano en desarrollo, que va escogiendo un cierto estilo.

En la adolescencia, la indumentaria alcanza un nuevo sentido, y chicos y chicas se suelen empezar a dividir.
La ropa ya no tiene que ser sólo bonita, o de princesas, o ancha para que quepa el traje de Batman o de Tormenta. La ropa tiene que encajar con la de la gente con la que me muevo. Si la más guay de la clase lleva una camiseta ceñida, con estampado de leopardo y "Fuck" en amarillo chillón, hay un porcentaje muy alto de probabilidades de que el resto de chicas de la clase lleven una camiseta igual o similar en un plazo muy corto. Aquellas que no lo hagan (por importarles menos encajar, o por tener padres más sensatos) se sentirán un poco aparte, y podrán ser excluidas.
Si bien es cierto que en el mundo femenino esto es más habitual,  quien piense que entre chicos no pasa, se equivoca. También ocurre, pero es más sutil. Determinado tipo de zapatos, sudaderas... son requisitos más o menos necesarios para formar parte del clan.
Esto va, por supuesto, muy ligado a las modas, y la diferencia de poder adquisitivo puede poner a más de uno en un compromiso. Si se ponen de moda los vaqueros pitillo, y tú tienes que usar los de pata de elefante de tu prima mayor, puedes tener una crisis social. Se impone la búsqueda en mercadillos para no verse excluido.

Para las chicas, ir a comprarse ropa o "a mirar ropa" es una forma de relacionarse y un plan genial para un sábado. Los chicos son más de ir con su madre/padre, y comprar de forma menos entusiasta. Por supuesto, hay chicas que no encuentran el atractivo al "shopping" (y que necesitan que pasen unos años para encajar en el ocio de su edad), y chicos apasionados de la moda. Pero suelen ser menos.

Es también el momento de comenzar a vestirse para ligar. Los patinazos adolescentes en esta etapa son enternecedores: Las chicas no encuentran el punto medio entre ser sexy y ser una morcilla de burgos con escote, se pintan como si le hubieran robado a Homer SImpsons su pistola de maquillaje, y se estrenan en el mundo de los tacones con monstruosidades de 20 centímetros.



Los chicos utilizan la gomina en cantidades poco recomendables, y tratan de encontrar la definición de "ir arreglado, pero tampoco para una boda" que mejor se adapte a sus gustos.
En general, los resultados obtenidos por ambos sexos son altamente grotescos, y muy divertidos de ver.

La quintaesencia de esta política indumentaria adolescente se encuentra en el apasionante mundo de las tribus urbanas. La premisa es "Soy rapero/a, así que tengo que vestir ropa ancha, preferiblemente de X marca, utilizando exactamente estos complementos, y priorizando estos colores." Y eso vale para góticos, hipster, pijos, kanis, perroflautas, rastas, skaters, heavies, y demás tendencias.

¿Problemas? Para empezar, la ropa de tribu urbana suele ser considerablemente cara. Los hay que se conforman con comprar la XXXXXL del Decathlon, o buscarse indumentaria negra bonita, pero los más puristas deben hacer desembolsos terroríficos para hacerse un fondo de armario adecuado a sus intereses sociales. Teniendo en cuenta que hablamos de adolescentes, el desembolso lo suelen hacer los padres. Así que una familia con tres hijos: una rapera, un gótico y un pijo, los tres de tendencia purista, probablemente tenga serios problemas para llegar a mitad de mes.
Además, el nivel de exigencia requerido en según qué clanes puede requerir de ropa comprada por Internet, hecha a mano, teñida bajo la segunda luna de abril en un monte cubierto de enebro... No siempre es fácil de encontrar.


Estos grupos suponen la mejor manera de entender la ropa como un aglutinante social y un identificador. "Mira ése, qué hipster, con la camisa de cuadros", es una frase que para muchos padres es poco menos que mandarín, pero que retrata a la perfección una forma de ver el Mundo. Ya no es necesario que se obligue a nadie a llevar distintivos en la ropa, toda tu indumentaria te señala como lo que eres. Porque, además, pertenecer a determinado grupo suele llevar aparejada una ideología muy bien definida, que choca con la del otro grupo que se viste de otra manera. Así, un chico con un polo Lacoste puede fruncir la nariz al mirar a una chica con pantalones "cagados" y una mochila con la bandera jamaicana, al saber (sólo por su ropa) las ideas político-sociales de ella.

Hitler no podría haberles clasificado mejor, y con menos lagunas.

Aquellos que no pertenecen a una tribu, o son afines a muchas, pueden tener conflictos de identidad ("hoy me visto de ancho, mañana voy toda de negro, pasado me pongo la chilaba...") o estar al margen del mundo tribal y comenzar a desarrollar un estilo totalmente propio.

Poco a poco, a medida que se cumplen años y se sale de esa terrorífica etapa que es la adolescencia, la necesidad irrefrenable de encajar va menguando, comenzamos a vernos como individuos, y nuestra relación con la ropa comienza de nuevo a cambiar.

Sin embargo, eso lo veremos en una próxima entrega. Como adelanto de lo que nos espera, dejo un fragmento de un libro que creo que lo define bastante bien:

"Hasta entonces, vestir de un modo u otro respondía a dos objetivos claros: gustar a los hombres -a sus hombres- o ir cómoda. La indumentaria como herramienta de trabajo, según había dicho Pati arrancándole una carcajada, constituía una novedad. Vestirse no era sólo comodidad o seducción. Ni siquiera elegancia, o status, sino sutilezas dentro del status." (Arturo Pérez-Reverte - "La Reina del Sur")

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