25 de septiembre de 2013

Un hoy, y después otro.

Cerró la ventana con dedos temblorosos, y echó la cortina.
Caminó hasta el armario contando cada paso, sintiendo el suelo bajo los pies descalzos.
Se miró en el espejo. Más ojeras. Más tristeza dibujada en los ojos, ribeteada de esperanza.
Se sentó en la cama, suspiró.
Acarició con las yemas de los dedos el borde del cuaderno, deseando poder liberar cada palabra, poderlas dejar volar por la ventana y que llegasen a donde era imposible llegar.

Abrió la carta con un roce de los dedos.
La leyó en silencio.
Sonrió muy levemente, sintiendo la semilla de la esperanza posarse en su mente.
Rozó el papel con suavidad.

Recordó, con la sonrisa aún insinuándose en sus labios, cada segundo.
Cada mirada.
Cada palabra.
Cada paso.
Cada caída.
Cada consuelo.

El pequeño resplandor que llevaba al cuello ardió con fuerza, alimentándose de la esperanza que a ratos lograba conquistarlo todo.

Un día, luego otro.
Un instante, luego otro.
Minutos hechos de presente que olían a futuro y recordaban al pasado.

Sentirse en una jaula de aire.
Sentir dentro todo el silencio del mundo.
Llevar la máscara puesta.
Cubrir el corazón con vendas.

Se miró las manos, vacías.
Apretó los puños.
Respiró muy fuerte.

Tras la ventana, un mundo entero esperaba su regreso, sus pies sobre la calle, sus palabras.
Y lo sabía.

Lejos, tan lejos como sólo es posible en los libros de cuentos, un niño remaba en una pequeña barca, alejándose de su camarote para encontrar su destino.
Cerca, tan cerca como sólo puede estarlo la sombra del cuerpo, una niña preparaba su maleta para viajar hacia el centro de sí misma, dejando, eso sí, una notita pegada a la puerta.

Las estrellas parecían tan cercanas esa noche...

Salió de la habitación con paso rápido, con la sonrisa impresa en la cara, con la decisión de quien sabe que el único camino posible es hacia delante.
Con la certeza de quien sabe que todo va a salir bien.
Con los miedos encadenados en la mazmorra más oscura.
Con la esperanza sobre la frente, donde no pudiera escaparse.
Con el resplandor del cuello ardiendo en tonos naranjas.

Y se enfrentó al día de hoy, que ahora era el único.
Pues mañana no existía.
Y el futuro lo construiría a base de presentes bien vividos.

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