24 de septiembre de 2013

Arrebujada

Otra vez me ha pillado la noche sin apenas darme cuenta.
Otra vez me han dado las tantas sola en el salón.
Otra vez mi búho interior me ha impedido acostarme pronto.
Otra vez mi necesidad de silencio un ratito cada día me ha dejado aquí, perfeccionando mis ojeras.
Arrebujada en un sillón de esos que salen en las películas, que te acogen hasta casi sumergirte, como esas monedas que desaparecen de la vista entre los pliegues del asiento.

Escribiendo en un cuaderno que nunca pensé que llegaría a tener el uso que le doy, escuchando canciones que en lugar de ponerme triste me dan tranquilidad.

Dejándome caer en la falsa piel oscura, yo sola, dejando pasar mil ideas por la mente sin detenerme en ninguna. Permitiéndome, por una vez, respirar despacio y no pensar en lo que queda por hacer, ni en lo que se me ha llevado el tiempo.
Nada existe más allá de este salón, de mi cuaderno, de mi respiración y la música.

¿Qué pasaría si este momento se estirase? ¿Si el Sol por una vez no saliera? ¿Si los ruidos de la casa permanecieran extintos? Un instante alargado hasta lo imposible.
Qué curioso. Hasta ahora, los momentos que deseaba eternizar nunca eran como éste.

Fuera es de noche, hace frío, y las calles son silenciosas como sólo pueden serlo en un lugar como éste, casi al margen del resto del Mundo.
Pero en este salón hace calor, y hay más luz de la que me gustaría. Desde fuera se verán las rendijas de las contraventanas iluminadas, y tal vez alguien se sorprenda de que a las dos de la madrugada haya alguien levantado en este barrio.

Noto el pulso en mis muñecas, apoyadas sobre el teclado. La sangre que me irriga los dedos y me permite seguir escribiendo. Un latido cada vez, una corriente cada vez.
Sístole. Diástole. Sin detenerse.

Hay en el salón ese ligero desorden del abandono involuntario. De haber salido deprisa, sabiendo que todo volverá a encontrarse donde estaba. Unos zapatos en el suelo, folios en la mesa, un bolso, papeles... Objetos cotidianos en un lugar de paso, pensado no como un hogar sino como una circunstancia puntual y casi accidental en las muchas vidas que lo traspasan.

¿Cuántas personas se habrán sentado en este sillón? ¿Cuántas conversaciones han tenido lugar en el salón? Muchas, imagino. Pero hoy no me importa. Hoy sólo estoy yo. Con mi cuaderno, salvavidas en estas semanas absurdas, con la música que debería entristecerme y no lo logra, con la tranquilidad de quien sabe que está haciendo lo mejor, con la soledad buscada que es una pequeña isla en la travesía de ruido y compañía que es mi vida ahora mismo.

Mañana será otro día. Mañana saldré de nuevo ahí "a defender el pan y la alegría", a vencer a mil fantasmas, a los malvados mapaches, y a la chica del espejo.

Pero esta noche, aún me puedo permitir arrebujarme, sonreír despacio, escribir, y dejar pasar la noche entre mis dedos.




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