18 de agosto de 2013

Empezó con un acorde...

Aquella vez, empezó con un acorde. Sencillo, melancólico, menor.
Que provocó un estremecimiento.
Que trajo una pequeña lágrima. Solitaria. Emocionada y sin tristeza.

Y llegó la magia, a raudales.
La inspiración.
La sensación de poder llegar a cualquier parte.
La seguridad.
El escalofrío.
Todo fue posible durante un rato, el mundo exterior desapareció, y el interior pareció inflamarse hasta abarcarlo todo.

El carromato casi salió despedido hacia atrás de la fuerza que emanó de aquella música, de aquella luz.

Y, de nuevo, se sintió con ganas de recorrer caminos diferentes, de crear, de ser distinta, de reencontrarse con viejos árboles y descubrir cómo habían brotado tallos nuevos.

Aquel acorde se alejaba, saltando de flor en flor, dejando rastro. Pero su huella pervivía.




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