19 de agosto de 2013

Crónicas de la Buhonera: Alivios


El día había sido largo y decepcionante. La yegua se había clavado una espina en la pata, ralentizando la marcha, y al llegar al pueblo más cercano la acogida había sido más bien fría. No había vendido apenas nada, y los cuentos y canciones habían despertado miradas de fastidio y comentarios hirientes.

Me senté en una roca, entre la hierba, arrebujada en el poncho de lana parda. En momentos así extrañaba más que nunca llevar una vida normal, en una casa, con una rutina. Tener un marido que me esperase junto al fuego, vecinas con las que cotillear...

Al fin y al cabo, ¿de qué valía recorrer el mundo si aquellos a quienes dedicaba mis horas me trataban con desprecio?

Soplaba un viento frío, húmedo, cargado de hojas caídas. El otoño estaba ya muy entrado, pronto empezarían las nevadas, y tendría que darme prisa en viajar hacia el sur si no quería encontrarme atascada en aquella porquería blanca empapada que tanto detestaba.

Suspiré con melancolía y me dejé caer en la hierba, apoyando la cabeza en la roca. El cielo estaba tachonado de estrellas, alto, frío, lejano, tan ajeno a mí y a mis pequeños pensamientos.

Dejé que mis ojos se perdieran en el cielo, callada, sintiendo sólo a medias el frío que me iba calando poco a poco la ropa.

A lo lejos se escuchaban aún los sonidos del pueblo. Puertas, el ruido de platos y cubiertos, voces. Tan lejos...

Respiré hondo. Había tanta paz en aquel lugar... Una paz que sabía no encontraría en una vida normal, en una casa sin ruedas.

Vi cerca dos círculos brillantes, casi incandescentes, que se me acercaron hasta convertirse en los ojos de una gata blanca con manchas castañas y negras. Se subió a mi rodillas y frotó el lomo contra mi mejilla, ronroneando con suavidad.

-¿Me has echado de menos?-pregunté a la minina en un susurro de confidencia.

Me miró con seriedad y maulló. No pude contener una sonrisa.

-Anda, vámonos a dormir. Mañana irá mejor.

Eché una manta sobre la yegua y me eché en el jergón del carromato, demasiado cansada para acampar como es debido.

Miré largo rato las tablas del techo, pensando en los días pasados, y en los caminos que me faltaban por andar.
La gata se hizo un ovillo junto a mi cara, bostezó como una leona y cerró los ojos.

Su calor, tan cerca, me hizo sentir mejor. ¿Qué más daban los desplantes de un montón de desconocidos? ¿Qué más daban tres monedas más o menos en la bolsa? Cada día, esta vida que había elegido me daba pequeñas recompensas, pequeños alivios, que hacían valer cada momento de duda.

Y el mayor de ellos se hacía más grande cada primavera.

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"El día es hielo
y sin embargo yo logro arder
temo al Alma por su dictadura y cobardía
que rompe al caer

[...]

Y en cambio cuando te miro
todo cobra sentido
y, si vale la pena,
es por ti"

(María Rozalén - "Alivio")
http://www.youtube.com/watch?v=ZbiAaIJN-y4

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