4 de abril de 2013

Las puertas abiertas están sobrevaloradas

Las puertas abiertas están sobrevaloradas. Mucho.
No sólo están sobrevaloradas sino que claramente tienen detrás una campaña de marketing que ha inflado tremendamente sus características.
Y no me refiero a las puertas abiertas como tal, a una estructura arquitectónica que comunica dos espacios. Ésas no están sobrevaloradas, están otras cosas e iré a ellas otro día.
Me refiero a las puertas abiertas metafóricas.
¿No me entendéis? Esperad, que me explico:

Durante toda la infancia, la adolescencia,y buena parte de la juventud, la frase "¡pero si tienes toda la vida por delante!" nos persigue. Nos la dicen profesores, padres, y cualquier adulto maduro cercano a la menor oportunidad. Sea porque se te ha ocurrido quejarte de tu situación presente, porque tienes miedo del futuro, o simplemente porque es una frase muy bonita que soltar.

Bien. Esos momentos de tener "toda la vida por delante" son las puertas abiertas a las que me refiero. Sobre todo los momentos de transición más "críticos", como antes de empezar una carrera o justo cuando vas a terminarla. En esas situaciones tienes ante ti cientos de puertas abiertas, esperándote, para llevarte a cientos de futuros posibles. Y eso no es hermoso, ni inspirador, señores.
Esas puertas abiertas son sencillamente aterradoras.

Por supuesto, el grado de terror que nos inspiran dependen mucho de nuestro pasado y nuestro presente. Por ejemplo: Alguien que termina bachillerato y se plantea iniciar una carrera universitaria, o un ciclo formativo, ve las puertas en función de su vocación, de lo que tiene "más salidas"... O tal vez pensando en qué puerta le llevará más lejos de la ciudad en la que vive, o cuál le permitirá las mejores borracheras. En cada caso, el miedo es distinto, y a menudo va muy mezclado con una ilusión teñida de vértigo.
Otras cosas también determinan el miedo en esa elección: ¿Tendré dinero para seguir si cojo esa puerta? ¿Tendrá esa carrera salidas cuando la termine?


Otro ejemplo: Quien acababa la carrera en España sobre el año 2000, podía tener cierto miedo y pensar "A ver qué hago ahora...". Pero quienes terminan la carrera en España en el año 2013 no pueden dormir por las noches porque sólo ven una puerta. Muy grande. Con una larga cola de gente en ella. Con la palabra "PARO" escrita encima.
El segundo caso, cuando alguien le dice "¡¡Pero si tienes toda la vida por delante!!" piensa "Pues como no te calles, a ti te va a quedar poca, cabrón". Las puertas abiertas que tiene delante le dan miedo, le parecen puertas amenazadoras que dirigen a futuros poco esperanzadores. Siente que el recorrido que ha hecho ha sido demasiado corto, demasiado rápido. Se pregunta qué puerta puede escoger que le lleve a un camino similar al que está terminando. No quiere un cambio mayor, no quiere arriesgar, le aterra.



Por supuesto, al final todos escogemos. Y nos damos cuenta de que a menudo podemos tomar otra puerta a medio camino. Pero en esas "puertas-puente" nos acojona algo más: ¿Estamos perdiendo el tiempo? ¿Hemos perdido el tiempo por haber escogido la anterior puerta? ¿Esa pérdida de tiempo nos retrasará a la hora de tomar la siguiente? ¿Qué estoy haciendo con mi vida?

A medida que crecemos, las puertas importantes son menos, y nos vemos muy condicionados por las que hemos escogido anteriormente. Es entonces cuando empezamos a decir a pobres indecisos: "¡Pero si tienes toda la vida por delante!". Porque sabemos cuántas puertas y puertas-puente pueden abrir aún, cuántos caminos les quedan por recorrer. Y les envidiamos.

Pero hacer eso es parte de una elección: La elección de ignorar las puertas, de desandar camino y escoger. Al crecer, tenemos miedo de la incertidumbre, de ese terror de elegir entre varias puertas. Y nuestra estrategia de defensa es decidir que las puertas son para los jóvenes. "¿Yo, a mi edad, empezar otra carrera?" "¿Yo, con la edad que tengo, y la vida hecha, empezar de cero en otro país?" "¿Yo, ponerme ahora con eso, a mis años?".
Y sellamos puertas. Nos volvemos cobardes. Perdemos la ilusión y el vértigo y dejamos que el terror a una puerta abierta nos cierre el horizonte y lo limite al camino que tenemos delante.
Y decimos a quienes están aprendiendo a vivir que tienen toda la vida por delante como si nosotros, de vuelta de todas las cosas, la hubiésemos dejado ya atrás. Para siempre.


Es por esto que digo que las puertas abiertas están sobrevaloradas. Las vivimos muy jóvenes, con vértigo, y al crecer, nos refugiamos en el camino y renunciamos a tomarlas, recordando el miedo. Sin darnos cuenta que la experiencia adquirida puede ayudarnos a elegir mejores puertas, a tener menos miedo, a caminar con más seguridad.
Pero no. Como hacemos con nuestra infancia, las ponemos en el altar de lo pasado, idealizándolas, haciendo de ellas momentos mágicos, y creando una terrible angustia a quienes vienen tras de nosotros y se encuentran con el papelón de elegir, de enfrentarse a ese momento crítico del que tanto le han hablado.

Así que, desde aquí, hago un llamamiento a secularizar las grandes decisiones de nuestra vida, a quemar las puertas abiertas y bajarlas a la realidad. Siempre podemos decidir. Siempre podemos volver atrás. Siempre, hasta el día en que morimos, tenemos toda la vida (que nos queda) por delante. Y nunca sabemos con exactitud cuánto tiempo será eso.
Y cuando las puertas sean deprimentes, o den miedo. ¿Por qué seguirlas? Mejor cerrarlas de una patada y avanzar campo través.

Ya que, al fin y al cabo, las puertas son una creación del hombre. Y antes que ellas, estuvieron los caminos abiertos a machetazos.






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