3 de diciembre de 2012

La cava del faraón, o un desastre de principio a fin

Todo empezó con una oferta en internet: "Cena para dos personas en un egipcio en el centro de Madrid por 17€". Dado que me gusta la comida egipcia, y que no estaba mal de precio, pillamos la oferta.

Tardamos mucho en ir. La falta de tiempo y el no encontrar nunca hueco supusieron retrasarlo hasta el mismo día en que la oferta caducaba. Ahora casi me parece que era una señal de que no debíamos ir.

El restaurante, 'La Cava del Faraón', estaba cerca de la Latina, en la calle Segovia. La zona es bonita, y suele haber bastante ambiente, así que por esa parte, estaba bien.

El sitio.

Entramos. Era un jueves a las 11 de la noche, y aunque la zona estaba animada, en el restaurante no había ni un alma. Literalmente nadie. Vacío.

El local chocaba. Por una parte, había motivos egipcios, papiros, murales, y cristales con obras pictóricas del Egipto de los faraones. Por otro, las mesas y sillas parecían sacadas de cualquier venta de carretera española.

El camarero, que al vernos pasar por la ventana salió a la puerta y nos preguntó "¿¿¿van a cenar???", nos llevó a un "reservado".
El reservado era una mesa para dos pegada a la pared (que tenía varias grapas incrustadas), y que se rodeaba de una estructura de aluminio blanco atornillada a la pared de la que colgaban dos telas moradas semitransparentes. Un curioso intento de proporcionar un ambiente íntimo, que quedaba bastante raro por lo cutre que era.

Nos reímos de la ocurrencia, pero aún así íbamos con ganas.

La bebida.

El camarero se acercó a preguntarnos qué queríamos beber. Íbamos con una oferta que NO incluía bebida. Pedimos un par de refrescos y, además, una jarra de agua. ¿Por qué? Pues porque la buhonera aquí presente bebe mucho, y le gusta disponer de agua en la comida.
Al pedir la jarra, el camarero dijo inmediatamente que no tenían, que tenía que ser botella. Dijimos entonces que un par de vasos de agua. (Recordemos que ya habíamos pedido dos refrescos que nos iban a cobrar). Se negó, diciendo que los vasos de agua eran gratis, que con las ofertas de Internet ya perdían dinero, y que "le iban a echar la bronca" (no especificó quién).
Ya con mala leche, preguntamos si, habiendo pedido un refresco, realmente nos iba a negar un vaso de agua. Finalmente consintió.

Sin querer entrar en el debate de si un establecimiento se puede negar a dar agua del grifo, diré que la Organización de Consumidores y Usuarios de España ha reivindicado el derecho de poder pedir una jarra de agua en un restaurante si se quiere, y sin que te la cobren. Y en países como Francia, si pides agua te traen automáticamente una jarra, a no ser que especifiques que quieres una botella.

Primer plato.

Con la bebida nos trajeron el primer plato: Una degustación de 10 entrantes egipcios en
pequeños platitos: Hummus, un queso fuerte para untar, pasta de berenjenas, berenjenas salteadas con verduras, pimientos asados con cebolla, calabacines reahogados, patatas salteadas, y varias legumbres en "ensalada de verdura". Todo acompañado de tortas de pan.
El camarero lo sirvió con mucha parsimonia, colocando los platitos para que el conjunto tuviera forma de flor.

El hummus estaba buenísimo, y el queso y los pimientos también. Las patatas estaban duras como piedras, los platos con berenjena no se podían comer de puro amargo (para los que no cocinen, las berenjenas hay que dejarlas horas en agua con sal para que pierdan el amargor antes de cocinarlas), y los platos con legumbres no eran nada del otro mundo.

(En la foto el platito de calabacines, que regresaron desde mi infancia para volver a torturarme con su olor, su color, y su textura, ese desagradable "choffffff" al morderlos u.u)

Mientras comíamos, el camarero deambulaba por el local pegando adornos navideños. Además, cuando la música árabe que tenían para ambientar paraba un segundo, se escuchaba la tele a todo volumen.
Seguía sin entrar nadie en el local.

Segundo plato.

Con sorpresa ("¿Han terminado?"), ya que la mitad de los platitos seguían llenos, el camarero nos preguntó por el segundo.

Mi acompañante pidió "Suprema de pollo con arroz y salsa", y yo Kofta, que según el camarero eran dos rollitos de carne de ternera con especias.

Bueno. La foto de la kofta la tenéis aquí al lado: Dos filetes rusos de toda la vida, con algo de sabor a menta, duros como dos suelas de zapatos. Acompañados por patatas fritas, lechuga, tomate, y un cuenquito de salsa alioli. En un plato de florecitas.
Súper egipcio todo, y encima incomestible.

La suprema de pollo estaba algo mejor, aunque parecía que hubieran cocido arroz, le hubieran echado al plato un par de muslos de pollo, y hubieran echado un bote de salsa de queso y nata por encima.

Más o menos fue aquí cuando el camarero trajo un enorme árbol de Navidad, y acompañado por un hombre y una mujer, los bajó por las escaleras mientras hablaban a voces,

Postre.

Ya muerta de risa, y un poco indignada con lo que estaba resultando una cena cutre de narices, y muy surrealista, pedimos el postre.
El postre era una única opción: Baklava (un dulce hecho con hojaldre, piñones y miel),
dulce de coco y té. Ahí yo pensaba que sabía qué esperar: el baklava me encanta, lo he tomado en mil sitios de kebabs, y el coco y el té no me gustan, así que eso descartado.

Bueno, pues no.

Los baklavas estaban secos y duros por fuera y arenosos por dentro. Asquerosos.
El mejunje de coco (que por supuesto no probé), era según mi acompañante "como si al arroz con leche le quitas el arroz, y le echas a lo que queda virutas de coco por encima".

Eso sí, el camarero nos sirvió el té con mucho arte, y según mi acompañante estaba muy bueno.

La clavada final.

Pedimos la cuenta, ya deseando salir de allí, y ¡oh, sorpresa! Un precio más que alto. Los refrescos eran tremendamente caros (en ningún momento se nos ofreció una carta en que saber su precio), algo que se podía esperar yendo con menú, y además nos habían cobrado el pan que trajeron con los entrantes sin haberlo pedido nosotros. Algo que la Comunidad de Madrid no permite.

El camarero nos ofreció una cachimba (no incluída en el precio), y nos recomendó que volviésemos en fin de semana, que hay una bailarina de danza del vientre.

Nos fuimos. A hacer puñetas la cava del Faraón.



Yo pensaba dejarlo estar. Pero ocurrieron dos cosas que me decidieron a compartir la experiencia: La primera, que la comida me sentó como un tiro en las tripas, y me hizo estar acordándome del presunto kofta toda la noche. Y la segunda, que al llegar a casa y bsucar críticas del sitio, lo ponen por las nubes.
Desconozco si todas las críticas las ha hecho el camarero mientras se aburría de no servir comida a nadie, o si es que el sitio ha pegado un bajón, y antes sí que estaba bien.

Este blog no está pensado en absoluto para hacer crítica gastronómica, pero hay veces en que tu conciencia te exige evitar a otras personas malas experiencias que tú te has tenido que tragar (nunca mejor dicho). Espero que no se haya hecho pesado, y que os sirva para evitaros lo que me ha pasado a mí.

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