7 de mayo de 2012

Crónicas de la Buhonera: Una esperanza por un secreto

Llegué al pueblo pocas horas antes de que amaneciera. El cielo estaba teñido de ese negro tan oscuro que no podía ser del todo real. Las estrellas parecían diamantes engarzados en satén.
Abrí el carromato, solté a Curra de entre las varas y le di agua.
Monté mi pequeño expositor, y esperé.

Cuando rompió el día comencé a pregonar mi mercancía.


¡Especias!

¡Medicinas!
¡Telas de lugares lejanos!
¡Plumas!
¡Papel fino!
¡Tinta china!
¡Reparación de instrumentos!

Todos se asomaban al oírme, aunque pocos se acercarían a comprar. Mi mercancía no estaba compuesta de cosas que fueran útiles a todos ellos.


A lo largo del día mujeres y hombres se acercaron durante el día: El médico del pueblo, una mujer embarazada buscando una tela especial para cuando naciese su hijo, el afiebrado bibliotecario que intentaba ser escritor, la alcaldesa buscando sus especias predilectas…


Al atardecer se me acercaron aquellos que no se atrevían a venir a plena luz: Un hombre entrado en años buscando algo con lo que levantarse el ánimo, una mujer sabia con fama de bruja buscando ingredientes secretos, la hija pequeña del herrero que quería comprar libros prohibidos…


Con los últimos rayos de Sol, cerré el carromato y me dirigí a la playa con Curra. Ella se resistía.
-¡Vamos, yegua perezosa!-le increpé-Si no galopas de vez en cuando se te atrofiarán los músculos, ¡y yo no pagué una yegua de raza para hacer el trabajo de una mula!

E
n la playa monté sobre ella y la hice trotar y después galopar. El viento me bajó la capucha y me revolvió el pelo. La arena proyectada por sus cascos dejaba un reguero tras ella. Me sentí tan libre…



Galopó hasta meter las patas en el agua salada, y le hice salir entre risas.


-¡Es tarde para un baño!


En la orilla me encontré una observadora.

Era una niña de unos siete años, con una espesa mata de tirabuzones castaños, y los ojos más grandes que había visto en mi vida. Unos ojos que me observaban entre asombrada y anhelante.


-Es preciosa…-susurró mirando a Curra

-¿Verdad que sí?
Asintió bruscamente.
-¿Eres la buhonera?
-Sí
-Dicen que vendes magia…
-Bueno, yo no lo llamaría magia…
-¿No es verdad?-sus ojos reflejaron una honda decepción
-Vendo muchas cosas, unas podrían llamarse mágicas, otras sólo misteriosas.
-¿Tienes secretos?
-Sí
-¿Y deseos?
-Sí, aunque son peligrosos... ¿Es eso lo que quieres? ¿Un deseo?
-No
-¿Entonces?
-Quiero una esperanza

Me detuve a observar a la niña. Estaba muy lejos de la edad a la que se comienza a necesitar esperanza.

-¿Es para ti?

-Sí
-¿Y para qué la necesitas?
-Para los días en que llueve sin parar y los truenos hacen temblar las paredes. Para los días en que mi mamá está enferma y no se puede levantar. Para cuando me pierdo en el bosque y no recuerdo el camino de vuelta…
-¿No crees que es excesivo? Todos sabemos que las tormentas terminan. Tu madre es una mujer fuerte y…
-…para cuando pienso en mi futuro y sólo veo esta aldea. Para las noches en que me siento triste y no sé por qué.
Enmudecí. En sus enormes ojos se reflejaba el mar, y una sabiduría que jamás había visto en alguien tan joven.
-¿Tienes ese tipo de esperanza?
Pensé un segundo, y asentí. Saque de mi bolsa el baúl de madera de colores, lo abrí sin permitir que viese nada, y retiré la mano cerrada. Se la tendí, y ella abrió las suyas con solemnidad.

-Te dará esperanza, pero sólo si lo cuidas, si lo conservas, y si dejas que te ayude cuando creas que no es posible- le advertí.

Abrí la mano y la esperanza cayó en las suyas.

Era un cristal en forma de lágrima engarzado en un soporte de plata. Durante unos segundos fue transparente, pero al recibir los rayos de la puesta de Sol, se volvió de un naranja suave e intenso. Resplandecía en su fina cadena de plata.


-Es precioso…

-Es tuyo- sonreí, y añadí con malicia-. Si puedes pagarlo, claro…
Pensaba regalárselo, y esperaba que se asustase ante la posibilidad de pagar. Me equivoqué. Sonrió.
-Claro que puedo. Me dijiste que vendías secretos…
-Sí
-Entonces también los comprarás
-Claro
Su sonrisa creció. Se acercó a mi oído y me regaló un secreto a cambio de su esperanza.

Se apartó de mí y, con una carcajada deliciosa, se fue corriendo de la playa.


Al día siguiente me marché del pueblo. No la volví a ver hasta muchos años después. Y cada día de su vida llevó la esperanza al cuello, para calentarse en las noches frías y sembrar su sonrisa de entre las lluvias de lágrimas.

Y cada día de mi vida conservé yo su secreto, demasiado precioso para venderlo, demasiado delicado para revelarlo.



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