5 de noviembre de 2016

Encrucijadas,decisiones y amistades

Lo echo de menos.
Las tardes de juegos de mesa, las conversaciones, las carcajadas, los debates frikis, la cotidianidad.

La sensación de "grupo de amigos" que había perdido tras tantas mudanzas de casa, ciudad y país.

Durante casi dos años, había un círculo de personas que sin serme del todo propio me permitía sentirme cómoda. No dentro al 100%, quizás, en parte por mi voluntad. Pero lo bastante como para disfrutarlo y sentirme bien.

Hay cosas que no extraño, desde luego.
Los momentos hipócritas, los dramas soterrados, esa sensación de "bien mayor".

Aun así, hoy gana la nostalgia.

Y el caso es que en un otoño de mudanzas, cambios de trabajo, casa y vida, desaparecieron.

No es la decisión que yo hubiese tomado para mí. Pese a los signos de desgaste, a las cosas que hastiaban y a la discusión que a todos pareció terrorífica y para mí fue una estupidez. No eran cosas que me hiciesen pensar en la ruptura que sucedió.

Pero es que la decisión no era mía.

Cuando estás en pareja, a veces debes apoyar y secundar decisiones de la otra persona acatándolas como propias. Aceptando que son parte del trato y de la vida, seguir adelante sabiendo que siempre ganas más de lo que pierdes.
En este caso no era un paso que yo necesitase. Por mucho que me sacasen de quicio las intrigas internas y las chiquilladas, lo bueno compensaba. Habría estado cómoda en la misma situación indefinidamente. Pero no se trataba de mí, ni de mi comodidad. Lo que para mí era cómodo y agradable, para quien viajaba conmigo era una trampa asfixiante y la decisión era suya, así que eso fue todo.

Lo entendí y lo apoyé al máximo. Todo el que emprende un proceso de cambio pasa por ese momento en que levanta la cabeza y lo que siempre fue un lugar amable de pronto es una cárcel. El momento en que el amigo más cercano de pronto es un desconocido. Es parte de cambiar, de crecer y evolucionar. A veces las relaciones cambian y se fortalecen, haciendo que las dos partes crezcan infinitamente. A veces dejamos atrás antiguas amistades con naturalidad, simplemente siguiendo el camino. Otras veces es necesario cauterizar.

Él cauterizó. Y unos meses después, se reafirmó en su clausura.

Yo no la tuve. Clausura, quiero decir. Sólo silencio. Era consciente de que podía ocurrir, pese a que su decisión era sólo suya, pero fue triste.
No sé si se me consideró instigadora o simplemente "parte del pack" pero no hubo preguntas ni comentarios al respecto. Tampoco despedidas, reproches ni buenos deseos. Sólo silencio, por ambas partes. Por la mía, porque no sabía qué decir. Por la otra, supongo que ocurrió lo mismo.

Y de pronto lo que era una presencia más o menos constante se convirtió en ausencia. Atronadora al principio, y poco a poco imperceptible. Tardes de sábado en casa, otras formas de planificar, fechas marcadas en rojo que se borran con típex. Eliminar grupos de Whatsapp y amigos de Facebook cuando quedó claro que la distancia era insalvable y el silencio ininterrumpido. Sin comentarios, despedidas ni explicaciones. ¿Para qué?

Como en las rupturas de pareja, hubo intercambio de cosas prestadas. Me reencontré con un rehén al que consideraba perdido y del que me había despedido internamente, que volvió acompañado de un reproche sutil que no pretendía otra cosa, ya que al buscar profundizar, quedó en suspenso. De nuevo.

Y ya está. Ahora estás al otro lado, mirando las fotos que aparecen y sabiendo que no hay un hueco para ti en ellas, igual que no hay huecos en tu vida que esperen a nadie. Todos seguimos, todos vivimos, y hay cosas que son sólo recuerdos.

No me duele. Tengo la inmensa bendición de contar con amigos de magia pura a menos de un susurro de distancia. Además de la certeza de que todo ocurre para mejor.
Pero sí echo de menos cosas. Situaciones, gestos, conversaciones que eran parte de una cotidianidad bonita que tuvo que disolverse y que es improbable que vuelva a ensamblarse.

Se quedaron palabras sin decir, conversaciones que me habría gustado tener y nunca tuve. Al principio, porque sentía que no debía entrar en una ruptura en la que yo no era protagonista. Más tarde, porque ¿para qué? Desear tener una conversación no nos da derecho a imponerla a quien no quiere saber nada de nosotros.

Y pasó el tiempo. De pronto hace un año y me encuentro recordando y añorando. Pensando en que ojalá hubiese habido una forma de crecer juntos en vez de necesitar de un final para que él pudiese crecer tranquilo. Sabiendo que, de haber sido así, nada de esto habría ocurrido.
Pensando en que en otro tiempo (casi otra vida) me habría encantado contar y compartir con esas personas mi camino actual, todo lo que ha pasado, todo lo que sé que va a ocurrir. Que en parte aún me gustaría hacerlo.
Pensando en los sacrificios que hacemos para evolucionar y ser coherentes. En las decisiones que tomamos, y las que simplemente asumimos por solidaridad.
Pensando en las palabras por decir, que se van ajando en el recuerdo de una conversación mil veces imaginada.
Y me pongo a escribir.

Ésta es uno de esas poquísimas entradas que no sé por qué escribo. Tal vez a modo de mensaje embotellado, o de simple confesión al aire. Tal vez porque llevo días rumiando todo esto y ponerlo en negro sobre blanco es receta infalible para quitármelo de la cabeza.

El caso es que os echo de menos, y me entristece todo lo que pudo ser y no fue. Y cuando veo las fotos inevitables, se me escapa una sonrisa de nostalgia y muchas dudas. Cómo sería, qué se pensó, qué se dijo.

Y queda la espinita de que no hubo adiós, ni palabras, ni miradas. Sólo el silencio en blanco y la incomprensión velada de un otoño atronador.



19 de octubre de 2016

Caminando despacio

Descubrí que lo mejor era caminar despacio.

No fue fácil, ¿sabes? Porque todos nos piden que caminemos rápido.

Caminar rápido para no perder el metro.
Caminar rápido para llegar a la hora.
Caminar rápido para ser el primero en la cola.
Caminar rápido para quemar grasa.
¡Por dios! Si hasta nuestro presidente en funciones hizo un vídeo de sí mismo caminando rápido, vaya usted a saber por qué.

Nos piden que nos demos prisa para llegar a ninguna parte. Y yo, con mi paso ligero de madrileña adoptiva iba corriendo a todos lados, tirando con la correa de la parte más intuitiva de mí, que iba la pobre arrastrada por el suelo. Pasando metas volantes a toda hostia, pero sin dedicar un solo segundo a disfrutar de cada pequeño triunfo. 
¡No señora! ¡Que queda mucho por correr!

Y entonces, nos caímos al suelo. Porque la correa ya hacía heridas en el cuello y porque conseguir cosas para no gozarlas no sirve para nada. Y la funambulista se echó a llorar con los pies llenos de sangre. Para eso sirvió correr tanto, para que la caída doliese más...

Así que nos fuimos al bosque a aprender a andar despacio.

¿Alguna vez lo has intentado?
No, así no, eso es andar como los abuelillos, que andan lento porque no pueden andar rápido. Yo me refiero a caminar despacito porque quieres.

Es raro. Consiste en apoyar un pie entero y respirar. Y, después, levantar el pie despacito mientras apoyas el otro, respirando. Hay que respirar mucho, muy lento, para no perder el ritmo.
El resultado es curioso. Caminas tan despacio que la gente te mira, pensando que te pasa algo. Tú sientes como si fueses a cámara lenta en un mundo lleno de personas a cámara rápida. Al principio te da vergüenza y te impacientas. Tus piernas quieren su ritmo normal, quieren caminar rápido, a paso de marcha, devorando millas.
Hay que ser gentil y pedirles que esperen, decirles que valdrá la pena. Poco a poco te irán haciendo caso, aunque sea a regañadientes.

Cuando caminas despacio y respiras despacio, de pronto lo ves todo y lo oyes todo.
Te lo digo en serio, fliparías.
Miras los árboles y los ves distintos. Te das cuenta de que ninguno de ellos tiene el tronco marrón. El de éste es plateado, el de aquél verde musgo, y el que está al fondo parece negro. ¿De dónde nos sacamos que los árboles eran simplemente marrones?
Escuchas el crujir de tus suelas en la grava del camino. Es impresionante, yo no sabía que hacía tanto ruido al caminar, me sentía muy escandalosa la primera vez.
Escuchas pájaros y el roce del viento en los árboles. Sí, caminando deprisa también los puedes escuchar, pero menos, porque en un instante los has dejado atrás.
Sientes el tacto de las piedrecitas y las castañas bajo los pies. No se llegan a clavar, simplemente las percibes.
Sientes el frío en las manos, y en las mejillas, pero no corta. Es una caricia suave, como la de una mano que ha pasado mucho tiempo bajo el agua.
Tocas la corteza de un árbol y alucinas con el relieve.
De hecho, te apetece tocarlo todo. La hierba, las flores, las gotas de rocío. Quieres sentir en tus manos cada cachito de bosque. Te sientes un poco lunática, pero es divertido. 
Cuando inspiras huele muy fuerte a otoño y a lluvia y a tierra empapada. Son olores que conoces, pero como vas tan despacio puedes apreciar otros matices. Hacía años, por ejemplo, que yo no apreciaba el olor a pino. Huele a casa, como los eucaliptos.

Cuando caminas despacio, poco a poco la mente empieza a pensar despacio.
Al principio no quiere. Le pasa como a las piernas, se siente impaciente e incómoda y quiere correr, como siempre. Quiere pensar a la vez en los pasos que da, en el capítulo que vio anoche, en la comida de mañana, en lo que va a escribir esta noche y en lo que contestará a las entrevistas dentro de unos años. Todo al mismo tiempo. Y, a la vez, hacer fotos y mandar audios y...
Pero no.
Le pides que observe todo eso que le mandan los sentidos. Le pides que haga caso a las piernas, y a los pulmones, y vaya despacito.
Y de pronto, lo consigue. Se vacía. Y es una sensación maravillosa. Hay un silencio mágico entre tus orejas, y ninguna tarea por hacer. Tienes la mente y el corazón llenos de un presente infinito y delicioso.



De pronto llueve. Te caen encima gruesas gotas que hacen "ploc ploc" sobre la capucha. Y te quitas la capucha porque el ruido te distrae, dejando que las gotas te den en la cara.
Todo el mundo se pone a correr y a cubrirse y a hacer ruido, pero tú no.
Tú sigues caminando despacio, sintiendo las lágrimas frías del cielo en la piel, notando cómo se te va a empapando el pelo, arrebujada en el abrigo.
Y te paras a mirar la forma tan preciosa que dejan las gotas sobre las hojas de los árboles, o cómo vuela ese pájaro para no mojarse.
Y te preguntas por qué correrá tanto la gente para huir de la lluvia, si tampoco pasa nada por mojarse un poco.

De pronto te das cuenta de que llevas tres horas andando despacito y de que te has recorrido entero tu bosque particular. Y pones un momento los datos del móvil y los mensajes que te llegan son como pedradas que perturban el silencio de tu mente, así que guardas el cacharro en el bolsillo y sigues respirando.

Y entonces dices, ¿podré mantener ese silencio en mi cabeza si camino rápido?

Y es volver a empezar. 
La mente está cómoda en este nuevo sitio, le gusta esta lentitud. Eso está bien. Pero es que a las piernas también les ha gustado el nuevo ritmo, se sienten relajadas y no saben muy bien volver a andar deprisa si la mente está yendo tan despacito.
Al principio te sientes torpe, como cuando empiezas a conducir: Demasiadas cosas a las que estar atenta al mismo tiempo. Cabeza lenta, piernas rápidas, respiración profunda, sentidos abiertos...
Pero pronto también te habitúas a ello, y de pronto caminar deprisa no te estresa. Suspiras...

Eso me pasó a mí.

Y, ¿sabes? Antes de irme me senté bajo un árbol y me miré dentro un segundo. Y me di cuenta de que la correa se había roto, que no iba a volver a andar llevando a tirones a ninguna parte de mi ser. Porque no hace falta. Porque allí, bajo ese árbol, en ese momento, era plenamente feliz. 

¿Sabes por qué? Porque vivía únicamente ese instante de presente.
¿Y sabes lo maravilloso de sentir únicamente el presente? Que no hay quehaceres, ni recuerdos, ni preocupaciones. Porque todo eso pertenece al mundo del ayer o del mañana. El hoy denso, infinito y maravilloso es perfecto tal como es. El momento de otoño en el que viví esa mañana no tenía preguntas ni respuestas para nadie. Era sólo presente, y era inmejorable.

¿Por qué nos cuesta tanto vivir así cada momento? Al pensar rápido nos pasamos la vida corriendo del ayer al mañana, pisoteando el hoy en el proceso. 
Yo aprendí en el bosque que viviendo en el hoy me canso menos y disfruto más.

Todo es cuestión de poner un pie delante del otro, de respirar profundo y caminar despacio. Es la única forma en la que la funambulista puede llegar al otro lado, y la única manera de seguir avanzando, creciendo y aprendiendo sin morir en el intento.

Al final, caminando despacio se llega a los mismos sitios que caminando rápido, y el camino se disfruta mucho más.



12 de octubre de 2016

Llaves

Cierra la puerta.
Baja un paso
y otro
y otro
y otro mas.

Echa la llave
de otra puerta
baja la escalera
un escalón
y otro
y otro
y otro más.

Suspira.

Un manojo de llaves
doradas
plateadas
de cristal
de madera
de lustroso latón.

Suspira.

Echa otra llave.

Llaves construidas para cerrar y abrir las puertas secretas
propias
de otros.

Guardiana de puertas que ni siquiera entiende.

Sale del pasillo, se quita los zapatos. Ahí está el hilo.

Primero un pie, luego el otro
Funambulista, niña, artista
Las plantas de los pies hechas un callo
sangre manando de la cicatriz perpetua
de la tanza

Primero un pie, luego el otro
Sin venda en los ojos, sin pértiga en las manos
cruzando de nuevo el hilo afilado, hacia un nuevo amanecer
¿Llegará algún día al último?

Los pies sangran, las piernas arden
la espalda se acalambra
bajo el peso de los días, de los años, de las dudas
del miedo, de los errores, de los reproches, del tiempo transcurrido

Pero avanza. Primero un pie, luego el otro.
Mirando a ratos estoicamente el vacío que bajo el hilo espera

Hay días en avanza por el hilo entre carcajadas y pasos de baile, cantando a gritos mientras da volteretas sobre la frágil tanza, que en esos momentos parece indestructible.

Hoy no es uno de esos días.
Hoy sus pies se aferran al hilo entre gotas de sudor que amenazan con hacer resbaladizo el camino. Hoy el silencio se le clava entre las sienes y siente entre sus brazos el peso propio y ajeno. Hoy la tanza parece frágil, quebradiza y traicionera. Hoy las lágrimas le manchan la sangre de los pies.

Sabe que no pasa nada, todos los días son necesarios y hermosos. Sabe que mañana se sentirá aliviada del camino recorrido y lo recordará con amor. También sabe que necesita sentir el dolor en toda su crudeza. Y sabe que debe hacerlo sola.

Hay tanta soledad en la vida del funambulista...
A veces es soledad ansiada, silencio brillante y luz de luna en la piel.
Otras veces es soledad odiosa, gritos mudos y el frío horadando los pulmones.

Primero un pie, después el otro
deslizándose por el hilo de pescar
caminando hacia la próxima meta, el próximo descanso
Con el manojo de llaves a la cintura
con la mochila llena de sueños
con la piel llena de heridas
con los ojos llenos de vida
y de llanto
y de risa
y de sangre
y de amor

Con cosquillas alrededor de la cintura
amoratada
enamorada

Con el apunte de náusea
y las perlas en los dedos
brillando como pequeñas lunas

Funambulista, niña, artista

Funambulista
Recorriendo el hilo
manteniendo el equilibrio
aceptando cada día el riesgo de caer
aceptando cada día el riesgo de llegar
caminando
sangrando
riendo
bailando

Niña
Sintiendo el miedo a la oscuridad
brillando de inocencia
y entusiasmo,
oliendo a flores frescas
saltando
cantando
jugando
volando

Artista
Llevando cada instante a su máxima perfección
puliendo los detalles como delicadas joyas
dejando el alma
rozando
creando
amando
fluyendo

Funambulista, niña, artista
recorriendo cada noche su hilo de pescar
lleno de luces

Qué lejos parece hoy la meta, y qué engañosa es esa percepción. Lo sabe. Lo sabe tanto que le dan ganas de cortar el hilo, de caer, de descubrir qué demonios ocurre si se deja ir hasta el fondo más profundo, hasta el suelo de ese engañoso abismo que le acompaña a cada paso.

Pero no.

Primero un pie, después el otro
Sin prestar atención a las llaves que tintinean en su cintura
con las voces de las puertas abiertas
y cerradas
entre tantas escaleras resbaladizas.

Llaves de metal, de madera, de corcho, piel y cristal
Llaves que se abren a mundos luminosos o a nuevos abismos oscuros
Llaves propias y ajenas
Llaves que esperan

El pie roza el final
Suspira.

Funambulista, niña, artista.
Duerme. Respira.
Sigue viviendo orientada hacia esa luz.
Mañana será más dulce
mañana será distinto
tan bello como hoy
pero de una forma nueva y desconocida.



4 de septiembre de 2016

"No sólo duelen los golpes", una herida en la que refugiarse

La primera vez que oí hablar de Pamela Palenciano fue de boca de mi Ahijado scout. Me comentó que había un monólogo sobre la violencia de género que me fliparía. Lo vi. Me impresionó. Y a partir de aquel momento deseé fervientemente poder ver en escena a esa increíble mujer y darle las gracias.

Hoy, ha ocurrido.

Esta noche he ido a ver el monólogo "No sólo duelen los golpes" en el Teatro del Barrio, en Lavapiés. Un teatro pequeño, en una callecita cualquiera de este barrio lleno de cuestas, en el que el chico del sombrero, Aletheia y yo hemos asistido a algo impresionante.

Nos sentamos en primera fila y vimos una escenografía mínima: Un banco lleno de pintadas y una sudadera aparentemente inocente colgando de una percha.

Con esos dos elementos, a Pamela le sobra, porque el resto lo ponen su cuerpo y la brutal energía que desprende. Una energía que la disfraza y la moldea, transformándola según el momento en una princesa de cuento, un príncipe, un colega, su madre o Antonio, su maltratador.

Pamela cuenta su historia. La historia de una adolescente que se enamora de un chico normal. Una historia de amor que poco a poco se transforma en una pesadilla de violencia constante con una normalidad tremenda.
Porque eso es lo impresionante de la historia de Pamela: su normalidad. Todos podemos reconocer (o reconocernos) en lo que cuenta la protagonista. Hemos visto a hombres actuar como Antonio, hemos visto a mujeres actuar como Pamela. Y no nos ha llamado la atención.

Y es que este monólogo tiene el nombre bien puesto. No sólo duelen los golpes. No se trata sólo de las palizas, violaciones y asesinatos que decenas de mujeres sufren. Se trata de lo que conduce a ellas, de cada pequeño gesto machista aparentemente inofensivo que nos van moldeando como sociedad hasta ser lo que somos.

Yo he llorado durante el monólogo. Mucho. Y me he sorprendido. Porque sin haber sufrido jamás violencia de género por parte de ninguna de mis parejas, sí que he reconocido actos de acoso y maltrato que he vivido en mi día a día. Que me han hecho sentir humillada. Y que nunca habría identificado como machismos o violencia hasta hace muy poco tiempo.

Pero hay que hacerse consciente. De todo. De los dos mundos en los que vivimos en función del género en el que nos movemos. De que, como dice Pamela "a los hombres os ponen una armadura de príncipes que os pesa toda la vida, que os castra las emociones, que os educa en la violencia". Y de que a las mujeres se nos enseña a esperar "esperar a que me llame, esperar a que venga, esperar a que cambie...".



Hay que hacerse consciente de que ninguna mujer maltratada es tonta. "Antonio no era ningún monstruo. Era sensible, divertido... Cuando estábamos bien, era la hostia". De que un proceso lento e inexorable de anulación de la personalidad y destrucción de la autoestima tiene lugar para "dejar de ser PAMELA para ser LA NOVIA DE ANTONIO". Y una vez dentro de esa jaula invisible, ¿cuántos de nosotros seríamos realmente capaces de salir?

Y, sobre todo y ante todo, hay que aprender a AMARNOS A NOSOTROS MISMOS, a NOSOTRAS MISMAS. Porque es la base para crecer. La misma Pamela lo explica "Nadie, nunca, te podrá querer como te quieres tú". El problema es que, muy a menudo, esperamos a que otros nos quieran en lugar de darnos a nosotros mismos el corazón.

"No sólo duelen los golpes" escuece. Mucho. Escuece donde más duele. A unas, por lo que han sufrido o visto sufrir. A los otros, por lo que de su educación y comportamiento muestra.
El hombre al que Pamela Palenciano pone en escena con un lenguaje corporal impresionante lo hemos visto todos. En el instituto, en la plaza, en el metro, en el cine. En el trabajo. No hay que hacer ningún esfuerzo, conforme ves el monólogo te vienen flashes, y la sudadera de Antonio le entra como un guante a muchos hombres que conoces.

Por eso, quizás, esta admirable activista tiene que aguantar un acoso vergonzoso: Porque a nadie le gusta que le pongan un espejo delante de la cara y que la imagen que nos devuelva la mirada sea la de un maltratador. Porque nos gusta pensar que son locos, que son enfermos, que son casos aislados, sádicos... Pero no. Como se suele decir "No son locos, son hijos sanos del patriarcado".

Por supuesto que no todos los hombres acosan, matan ni violan a sus parejas. Nadie dice eso ni este monólogo lo defiende. Pero es esta sociedad machista plagada de pequeñas (y enormes) discriminaciones la que permite que personas como Antonio pueblen nuestras vidas.

Al terminar el monólogo, con una música esperanzadora, hemos salido de la sala removidísimos. Y al rato hemos vuelto a ver a Pamela, fuera de su traje de actuación. Emocionada, encantadora. Y nos ha escuchado, y nos ha abrazado, y nos ha dado las gracias. Cuando más gracias tenía que darle yo por llegar a esa herida desconocida y abrirla de golpe para permitirme curarla. 

Por favor, id a verla. Vedla en Youtube, sin duda, sólo por escuchar sus palabras. Pero, si podéis, vedla en directo. Porque todo lo que Pamela da en el escenario no se ve en un vídeo. La energía, la emoción, el alma que pone en cada palabra que dice hay que vivirlas cara a cara.

Muchas gracias de nuevo, Pamela, por esto. Por decidir convertir una experiencia dolorosa en una catarsis y en un espejo en el que miles de mujeres puedan identificarse y crecer. Nos veremos pronto, porque esta experiencia hay que vivirla más de una vez.


19 de agosto de 2016

Carta a un convulso 2016

Querido 2016,

Estás que no paras, ¿eh?
Desde que llegaste he oído a muchísima gente cagarse en ti. Creo que eres el año más odiado que he visto en mi vida.

Y no hablo de los acontecimientos grandes. Porque aunque estemos sin gobierno y haya habido atentados, guerras y horrores, en ese sentido hemos tenido años peores.

No. Yo hablo del terremoto que estás causando en las personas.

Y es que a todos nos están pasando mogollón de cosas desde que tú llegaste, y la mayoría han sido bastante revulsivas. Despidos, rupturas, enfermedades, cambios forzosos de casa... Lo que mucha gente consideraría "putadas".

Yo no lo veo así, la verdad. Creo que la inmensa mayoría de los cambios son para bien y que nos falta desapegarnos de lo viejo y aceptar lo bueno que pueda venir.
Pero claro, eso no significa que cuando me diste a mí mi gran cambio hace unos meses no me hinchase a llorar. Pá qué te voy a mentir.

Ayer el cambio le tocó a C. Me he enterado esta mañana y me he quedado pensativa. Y he decidido escribirte esta carta.

Gracias, 2016. De corazón. Por estar ayudándonos a todos a cambiar de etapa, a encontrar nuestro sitio. Estás forzando cambios que probablemente nunca hubiésemos escogido, pero que nos están sacando de nuestra zona de confort y nos están llevando a ser mejores. Nos estás llevando por caminos nuevos que dan mucho miedo y nos obligan a respirar hondo y explorar. Y eso es maravilloso.

Mi madre tenía la teoría de que los años pares son peores que los impares. Para mí era al revés: los pares eran la leche y los impares unos indeseables. Cuando cambié el chip, me di cuenta de que en mi vida los años impares habían sido años convulsos, de sembrar cosas que florecían en los años pares.

En tu caso, te estás saltando mi norma (sigues más bien la de mi madre). Y es interesante, porque el 2015 estuvo petado de cambios y cosas que yo interpreté como sembrados... Pero este año no estamos cosechando demasiado, más bien seguimos sembrando.

Eso, por un lado, me preocupa. Porque puede significar que vamos a tener 3 años seguidos de cambios y siembras, para volver a recoger en año par (2018 nada menos). Pero por otro lado, me flipa. Porque con tantos sembrados tan nuevos e inesperados, la cosecha va a ser la leche.

En cualquier caso, todos sabemos que la división en años de enero a diciembre es una arbitrariedad. De hecho, si yo catalogase mi vida en años por acontecimientos, mi año nuevo comenzó en noviembre de 2015, cuando cambié de casa y curro.
Pero tú me entiendes. La sociedad se nos mete en el cerebro y nos hace contar las cosas enmarcadas en calendarios.

Estoy divagando mogollón, 2016, perdona. 

Aún te quedan más de 4 meses con nosotros, un tercio de tu vida en el que te da tiempo a un montón de cambios más. Y no sabemos si tu primo 2017 vendrá en el mismo son o en otro. Es emocionante pensarlo.

Yo sólo te voy a pedir un poco de amor, de calorcito, para todos a los que nos estás cambiando la vida. Para C., para Alano, para Melazzura, para el chico del sombrero, para Vidya, para Quero, para mí... Porque por mucho que nos gusten las montañas rusas, a partir del quinto looping nos entra un apunte de náusea en el estómago y sudores fríos. Y en ese estado cuesta recordar que nos hemos subido a esto porque nos hace felices, y aceptando los loopings que tengan que venir.

Eso es todo, querido año 2016. Espero que estos cuatro meses sean geniales. Y no dejes que te llamen annus horribilis, que no te lo mereces. Nos estás ayudando a evolucionar.

Un abrazo,

La Buhonera.

2 de agosto de 2016

Reapareciendo

Madre mía, cuánto tiempo hacía que no volvía a este rinconcito. Han pasado tantas cosas...
¿Cómo empiezo yo a explicarme?
¿Cómo me disculpo yo antes las tres personas que leían regularmente?
¿Cómo comienzo a contar lo que ha pasado en estos meses?

No escribo aquí desde enero, y sin embargo no he dejado de escribir. Una historia que se llevaba construyendo en mi cabeza desde hacía años sin yo saberlo me estalló en los dedos y me cautivó cada segundo que pasaba fuera del trabajo.
Me asaltaban ideas de entradas, y me apetecía volver al Baúl, pero la incipiente historia necesitaba de toda mi atención. Como un bebé recién nacido, una hoguera que acaba de prender, o una planta que apenas brota, amenazaba con quedar en nada si no cuidaba de ella a cada instante, alimentándola, amándola.

Y pasaron los meses.
Pasaron las páginas de los cuadernos en los que un mundo nuevo se entretejía.
Pasaron las páginas en Word, construyendo vidas imaginarias cada vez más reales.
Pasaron los vientos de ese invierno tan extraño que nunca llegaba a ser invierno del todo.
Pasaron las horas en yoga.
Pasó una lumbalgia.
Pasaron las hojas de una agenda saturada.
Pasó una neumonía.
Pasaron las tardes en el centro de salud, enganchada a la bombona de oxígeno 40 minutos al día.
Pasaron las noches de tos.
Pasó un bloqueo creativo de tres meses.
Pasó la incorporación de dos nuevas miembros de la familia, pequeñas, peludas y maullantes.
Pasaron las semanas de mayor estrés de mi vida laboral y personal.
Pasó un gran final.
Pasó un shock.
Pasó una nueva oportunidad.
Pasaron cinco días maravillosos en Italia, entre los muros de Florencia y sobre las calles de Pisa.
Pasaron unas segundas elecciones.
Pasó un comienzo de verano.
Pasaron muchas risas y muchos llantos.
Pasaron varias revelaciones...
Y aquí estamos.

Resulta que, de manera totalmente inesperada, la vida me lanzó al destino que llevaba desde los ocho años barruntando, imaginando para más adelante... Hasta que más adelante se presentó en mi puerta cargado de páginas en blanco, diciéndome que ya era hora y que me sentase de una buena vez a hacer lo único que he deseado hacer toda mi vida.

Y en todos estos meses primero no tuve ganas, más tarde no tuve tiempo y por último no tuve inspiración para volver a este rincón.
Pero esta noche, ahora que empiezo a sentir con todo el corazón que las letras son mi profesión, ahora que he diseñado una estrategia, una rutina, y tengo un cuaderno amarillo como muleta para ser productiva y que esto funcione de verdad, he sentido unas ganas inmensas de volver aquí. De abrir las ventanas, airear los cuartos, poner cortinas nuevas, tirar ese espantoso sofá y llenarlo todo de palabras a estrenar.

Porque ahora que todo mi tiempo se desgrana entre páginas de papel y páginas de pantalla, no puedo estar escribiendo sólo fantasía, ni largas historias inventadas. Necesito otros formatos, otros tonos, otros sonidos que me alimenten.
Y, qué coño, tengo unas ganas locas de derramar un poco de mis barruntos diarios, mis tonterías y mis opiniones de nuevo. Éste no deja de ser mi sitio.

Tengo que confesar que, en parte, ninguna entrada me parecía lo bastante buena como para desterrar a la que durante todos estos meses ha encabezado el blog. Me encanta ese post, y me daba pena relegarlo. Pero ya es tiempo de seguir, aun teniéndolo presente a cada paso.

No sé de qué voy a escribir a partir de ahora. Tal vez aparezcan aquí retazos de la otra historia, que crece hermosa y lozana. O me dedique a hacer monográficos sobre esas mininas que últimamente me revolucionan la casa y los abrazos. O, como siempre, un día despotrique sobre política y otro me ponga moñas, mientras que un tercero me da por soltar el subconsciente a sus anchas. Qué más da.

No prometo plazos, porque a saber. Dependiendo de la inspiración y el tiempo, igual desaparezco un mes que planto tres entradas en un día. ¿Qué más da? Al fin y al cabo disto mucho de ser una influencer, y bien poco que me importa. Este blog lo leen tres amigos, dos cotillas, las hordas de quienes, como yo, no soportan El Principito y la manada de salidos que buscan cómo tener sexo en Blablacar y aterrizan en este post y en éste otro.
Éste ha sido siempre un baúl donde echar lo que me parecía y así seguirá de momento. Espero que disfrutéis de lo que venga, y os pido disculpas si me habéis echado de menos estos meses.

Y si no, pues no pasa nada. Yo vuelvo igual y os quiero de todas formas.

27 de enero de 2016

Herramientas mágicas: Amor a uno mismo


Para leer esta entrada, se recomienda tener a mano un espejo.

Mírate en el espejo.
La persona que tienes delante es la única persona de universo que ha vivido contigo cada momento de tu vida.
Es la única persona que ha compartido cada una de tus vivencias, que tiene tus mismos recuerdos.
Es la única persona que existe que conoce todos tus secretos, hasta aquellos que juraste no contar nunca.
Es el único hombre, la única mujer, que ha llorado contigo en cada momento triste y reído a tu lado en todos los momentos felices.
Es la única persona que conoce a todos tus amigos, a tu familia, a las personas que amas y a las que detestas. Es el único, la única, que sabe lo que sientes por cada persona de tu vida.
La persona que ves frente a ti es la única que ha vivido contigo tu pasado, y que estará a tu lado en el futuro. La única que planeará contigo lo que habrá de venir.
Es la única persona del universo cuya muerte acabaría contigo.

Ahora, pregúntate, ¿es esa persona la persona a la que más quieres en el mundo?

Si tu respuesta es sí, lo celebro muchísimo.
Si te has quedado dudando, no pasa nada.
Si te horroriza y te parece el colmo del narcisismo que uno mismo sea la persona a la que más se quiera... me temo que te queda un buen camino por delante.

A lo largo de la vida se nos enseña a valorar a los amigos, a la familia, a las personas incondicionales. Sin embargo, nunca se nos enseña a amar a la persona más incondicional de todas: Uno mismo.
De hecho, se nos educa en que está mal. En que anteponer la propia felicidad, el propio bienestar, al de los demás, es egoísta y despreciable.

Y así, la mayoría de las personas crecen sin preocuparse de quererse. Muchos incluso odiándose, despreciándose y descuidándose. Machacando día tras día al único ser de este mundo con el que vivirán siempre.

Es necesario cambiar eso.

Muchos preguntarán por qué. La respuesta corta es porque mereces quererte, porque sí.

La respuesta larga es que es la mejor forma de ser feliz, por un montón de razones.

Porque si te quieres, nunca necesitarás a nadie. Nunca tendrás relaciones dependientes. Sabes que tú puedes darte todo lo que te haga falta, que eres el único responsable de tu felicidad. Y así, las relaciones que establezcas serán siempre positivas, desapegadas.

A menudo buscamos en las relaciones cosas que no somos capaces de darnos a nosotros mismos: Alguien que nos diga que somos atractivos, porque odiamos nuestro cuerpo. Alguien que nos cuide, porque no sabemos cuidarnos. Alguien que nos diga que somos la leche, porque si nos lo decimos nosotros no lo creemos. Alguien que nos dé amor incondicional, porque nunca nos hemos parado a dárnoslo.
Buscamos parches para algo que nadie de fuera nos puede dar, porque es nuestra propia responsabilidad.

Si te quieres, tendrás a tu alcance todo lo que quieras. Las excusas de "yo no valgo para eso", "no se me da bien", "soy mala en esto", "me tienen manía", "mi jefe no me valora"... se irán todas por el wáter. Sólo necesitas tu propio reconocimiento, mirarte en el espejo y entender de una vez que vales para lo que decidas valer, que casi todo lo puedes conseguir proponiéndotelo, y dejando de ponerte palos en las ruedas.

Si te quieres, serás capaz de decidir sin chantajes. Si estás en un sitio que no te hace feliz, podrás irte y crecer en lugares nuevo. Incluso si otros se enfadan contigo y te dicen que eres un egoísta, podrás estar en paz con ello. Tu máxima responsabilidad es ser feliz, estar seguro de lo que haces, sentirte bien contigo. Los demás tienen que encargarse de sí mismos y no cargarte a ti con lo suyo.
Ésa es la respuesta larga.
Pero no basta con querernos. Es necesario que aprendamos a querernos incondicionalmente.

Piensa en la persona a la que más quieras en el mundo (si eres tú, a la segunda). En tu madre, tu padre, tu hijo, tu hermano, tu pareja...
Imagina que esa persona comete un acto horrible: Un crimen, un asesinato, una burrada indescriptible.
¿Seguirías queriéndole? ¿Podrías perdonarle?
Probablemente, la respuesta sea sí.

Ahora piensa que eres tú quien comete ese acto horrible.
¿Seguirías queriéndote? ¿Podrías perdonarte?
Probablemente, la respuesta sea no.

¿Cómo es posible que nos exijamos más a nosotros mismos que a los demás? ¿Cómo es posible que perdonemos y amemos con más facilidad a los de fuera que a nuestro propio interior?
Si lo piensas, es absurdo.

Puede que sea porque pensamos que tenemos que ganarnos el amor de otros (y el nuestro), que no somos dignos de ese amor sólo por existir. Craso error. El amor no se gana, se siente, se disfruta. Se vive. Y el amor a uno mismo no puede ser una excepción.

Y lo mejor es que sea incondicional, porque quererse es el pilar más fuerte sobre el que construir.

La mala costumbre de sentir que tenemos que "ganarnos" las cosas, que es correcto exigirnos más que a los demás y juzgarnos duramente es tremendamente autodestructiva. No te juzgues, mírate con indulgencia, acéptate, quiérete, perdónate y convéncete de que mereces lo mejor.

No se te ocurriría atacar a otros con esa dureza, ¿por qué te parece bien hacerlo contigo, el único, la única, que siempre te acompaña? Invierte ese tiempo en cuidarte...

¡Atención!  Quererse a uno mismo no significa pensar que siempre tienes razón, que estás por encima de los demás, que eres mejor que ellos o que puedes pisotearles para conseguir tus objetivos. Ni mucho menos.

Una persona que de verdad se quiere no se compara. No necesita sentirse mejor o peor que otros. Sabe que es maravilloso tal como es. Con cosas que mejorar, con maneras de crecer... sigue siendo una persona digna de amar. 
Y si no te comparas, no puedes sentir envidia, ni desear mal a otros sólo por destacar. No lo necesitas.

Una persona que de verdad se quiere no hace daño a otros porque no le aporta nada. No necesita que otros se sientan mal para sentirse fuerte, porque se siente fuerte sólo por existir.

Porque, y esto es crucial, la persona que se quiere incondicionalmente es la que puede querer a otros de la manera más pura y desinteresada. Ya lo hemos dicho, no busca en otros lo que no se da a sí mismo. Y, por eso, puede disfrutar de las relaciones de forma totalmente libre, preocupándose por el bien de otros sin segundas intenciones.

¿Crees que esto no tiene sentido? Yo también lo pensaba. Nos han educado en que mirarse al espejo es vanidad, quererse a uno mismo es ego, aceptarse tal y como somos conformismo. Nos han mentido. Nos han mentido porque les mintieron a ellos. Pero todos podemos desaprender y aprender de nuevo.

 Piénsalo. Mírate. ¿De verdad te quieres incondicionalmente? ¿De verdad crees que no serías más feliz si te quisieras más?

Y, en cualquier caso, ¿de verdad perderías algo por intentarlo?

No te voy a mentir, no siempre es fácil. Hay demasiados años de autoodio, o de autoignorancia en el mejor de los casos. Demasiados mensajes en contra de mirarnos en el espejo y a favor de los celos, la competitividad y la inseguridad.

Es un trabajo de todos los días. De detectar esa vocecita que te llama inútil, o te dice que Fulanito trabaja mejor que tú, o te sugiere que te calles para no quedar en ridículo. De callar sus palabras y convencerla de todo lo contrario con una descarga de amor que la deje patidifusa y termine por echarla de tu mente.

Coge el espejo, mírate. Sonríe. O llora. O grita. Y observa cómo cambia tu cara.

Estás delante de la persona más importante de tu vida, la única sin la que te sería imposible vivir. Quiérela mucho, demuéstraselo cada día.

Sé feliz.


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9 de enero de 2016

Los Reyes Magos no existen

Los Reyes Magos no existen. No es que sean los padres, es que no existen. No son personajes históricos, ni siquiera literarios. Los señores Melchor, Gaspar y Baltasar nunca existieron, son hijos de una tradición inventada, y no van a las casas de los niños buenos cada 6 de enero de madrugada.

Muchos adultos parece que no se han enterado de esto, dado el debate sangriento que hemos vivido en medios y redes sociales los últimos días. Unas broncas bochornosas, entre políticos, tuiteros, periodistas y gente de a pie debatiendo sobre si el traje de Gaspar es apropiado, sobre el bronceado de Baltasar, o si a Melchor le han cambiado de sexo.

Confieso que al principio me lancé al debate, pero terminé tan saturada que me detuve a pensar, a mirar... y me pareció todo muy lamentable.

Durante generaciones, nos hemos dedicado a mentir a nuestros niños. Les engañamos hablándoles de unos personajes ficticios que cada año vienen de "Oriente" (con lo jodidas que están las cosas en Oriente, para que vengan tres indocumentados en camello). Les decimos que traen regalos a los niños buenos y, a veces, les explicamos que el primero al que llevaron regalos fue a un bebé que nació en un pesebre hace dos milenios.

Los niños escriben la carta, o hacen círculos en la revista de la juguetería de turno. Los padres explican que los reyes sólo pueden traer X número de juguetes, o que sólo traerán un juguete si el niño ha jugado con uno similar el año anterior, o que este juguete educativo seguroseguroseguro que lo traen. Y se empeñan en leer la carta, violando la privacidad postal de mala manera.

Ponemos polvorones y vino para los reyes la noche del día 5. Dejamos un cubo de agua para los camellos o incluso, como hice yo una vez, dejamos un papelito pidiendo que nos firmen un autógrafo.

Y por la mañana aparecen los regalos. Montañas de caramelos, los juguetes deseados, algo de carbón dulce. El autógrafo firmado, los polvorones desaparecidos, el cubo de agua vacío.

¡Qué ilusión!

La historia no hay quien se la crea, claro, y menos ahora. Demasiad globalización. ¿Cómo justificar a los reyes si los yanquis tienen a Santa Claus, en Sudamérica están el Niño Jesús y el Viejo Pascuero, en Italia la Befana, en País Vasco el Olantzero...? Es imposible. Lo justificamos con magia mezclada con lógica. ¡Los reyes no pueden abarcar todo el mundo! Hay una especie de sindicato internacional del regalo en el que cada personaje va a un país.
Ajam.

Eso por no hablar de las cabalgatas que se transmiten en la tele, en la que los reyes, y las carrozas son cada una de su padre y de su madre, y poco tiene que ver con la del pueblo del niño.
Lo justificamos con magia y pragmatismo. ¡Los reyes no pueden estar en todos sitios a la vez! Los que van en las carrozas son pajes, que están por todas partes. Y si uno se parece a Manolo el frutero es porque a lo mejor es su pariente. Vete a saber.
Ajam.

También está la psicosis de los centros comerciales. Hombres y mujeres recorriendo jugueterías, joyerías y grandes superficies cargados de regalos ante los ojos de esos niños atónitos a los que se les ha dicho que desde diciembre no se puede regalar nada porque no vienen los Reyes.
Lo justificamos con magia y la ley de la oferta y la demanda. ¡Son demasiados juguetes en muy poco tiempo! Así que, a veces, los Reyes piden a los padres que reserven los regalos en las tiendas para ellos poder recogerlos.
Ajam.

Por último, tenemos la parte sangrante del asunto: ¿Por qué a mi amiga Noelia sólo le han traído una mochila de Frozen, y a mí unos Lego, un Nenuco, una Game Boy y una caja de bombones? 
Cómo le vas a explicar al niño que los padres de Noelia están en paro, les han desahuciado y toda la familia vive con el abuelo.
Lo justificamos con magia y cinismo. "Pues a lo mejor Noelia no ha sido tan buena como tú", o "Pues porque en casa de Noelia son más", o "Seguro que le han regalado más cosas pero no te lo ha contado".
O algunos, como pasaba en el libro de "Celia, lo que dice", explican que los reyes sólo dejan regalos a los niños con dinero para que ellos los compartan con los pobres.
Ajam.

Contamos mentiras de todos los colores para que la historia cuele. Y nos parece bien.
Pero eso sí, justificar con magia que Gaspar lleva un traje espantoso no es posible.
Ahí, se cae el mito, y los niños sufren. Es imposible creerlo. Y se les rompe la ilusión. No lo perdonaremos jamás.

Venga ya, coño, si lo raro es que se lo crean en algún momento. Es algo que sólo se consigue con la fe absoluta que tenemos los humanos en las cosas que queremos creer a toda costa. Es la única explicación.

Encima, cuando se descubre el pastel, las navidades no volverán a ser las mismas. Da igual si el niño lo averigua en el colegio, en la tele, lo deduce, o pilla a los padres poniendo los regalos. No importa. Desde ese momento sentirá que a sus navidades les falta "magia". Y se pasará el reto de su vida recordando aquellas navidades de ilusión en las que la mentira aún colaba.

Todo el mundo evoca las navidades de su infancia como más felices, más inocentes, más ilusionantes. ¿Por qué? Porque aún no nos habían destapado el pastel. 
Sabemos que contar la mentira de los Reyes hará que nuestros niños se desencanten con la Navidad, pero no nos importa. Preferimos que disfruten durante los 3 ó 4 años en los que lo creen (porque antes de los cuatro no se enteran, y a partir de los 8 empiezan a sospechar), porque nos hace disfrutar a nosotros. No se puede ser más egoísta.

No contentos con mentirles, y arruinarles la inocencia, les chantajeamos sin parar. "Los reyes traen regalos a los niños buenos", "Si sigues pegando a tu hermana te van a traer carbón", "¡Mira! Carbón de caramelo. ¡Eso es que no has sido tan bueno", "Si eres malo los días después de Reyes, vienen a llevarse los regalos", "Pórtate bien, que los Reyes tienen a sus pajes vigilando"...
Una extorsión incesante que enseña a los niños a portarse bien para lograr su recompensa, a ser buenos para tener regalos y a sentirse permanente vigilados.
¿Estamos locos?

Y encima, para colmo de males, para terminar de pervertir una idea que es perversa ya de base, la politizamos. Nos tiramos los trastos a la cabeza, nos insultamos y nos peleamos por unos personajes imaginarios.
Decidimos cambiar la tradición para innovar, o cagarnos en cualquier cambio por hereje. Asociamos la idea a la religión, como un evento sacro, o lo comparamos con el Orgullo Gay.
Y en esa espiral política vergonzosa, usamos una vez más a los niños como rehenes. Acusamos a unos y otros de traumatizarles, de robarles la ilusión, de engañarles. Los zarandeamos y nos los lanzamos a la cara como un argumento político.

Mientras ellos, ajenos al debate, cogen caramelos y escriben sus cartas.

Mi conclusión, tras todo esto, es que cuando tenga hijos no les contaré la gran mentira. Les diré que en Navidad es tradición hacerse regalos, porque nos queremos, porque es una época en la la gente quiere ser más generosa. Les diré que espero que sean buenos porque es lo correcto y lo que más felices les hará, no para conseguir un premio. Les diré que quiero que disfruten de estar con su familia, de la decoración, de las tradiciones, de los villancicos y la comida distinta toda su vida, sin necesitar de mentiras. Y les diré que prefiero no mentirles, porque a las personas a las que se quiere, no se les miente.

Y así, cuando vayan a la cabalgata coger caramelos y disfrutar del folklore de su país (porque no es otra cosa), les importará tres pitos si Gaspar lleva túnica, miriñaque o un traje de fallera. Y nadie podrá usarlos para sus intereses.

Porque los Reyes Magos no existen.

5 de enero de 2016

Luz

Respiró...

Sintió la luz entrar en su pecho y filtrarse por cada rendija.
Era cálida, dulce y suave. Olía a noches de ternura y a bizcocho de limón.

Notó un leve cosquilleo mientras recorría su cuerpo, paseando por sus venas, jugueteando con sus nervios, rozando sus músculos, enterrándose en sus huesos... Y se perdió en manos de la luz, que tomó el control de todo.

Cabalgaba por sus células, juguetona, transformándolo todo a su paso.

Con un chispazo fulgurante se enredó en su pelo, dándole brillo y maravilla. Columpiándose por las lianas de su melena, desparramándola sin contención.

Revoloteó por su piel, erizando el vello allí donde tocaba, rebuscando en los pliegues de los nudillos, el cuello, los costados, las comisuras de los labios... Patinando por la suavidad de su cuello y deslizándose por las curvas de sus senos. Imbuyendo toda su piel, su órgano más grande y misterioso, de la magia que llevaba consigo.

Se detuvo un instante en las puertas de sus ojos, titilando con orgullo al ver cómo las semillas que plantaba germinaban, florecían y se transformaban en frondosas matas de luz pura, de magia pura, de amor puro.

Se miraron, luz y mujer. Y la mujer respiró de nuevo. Y la luz, con un grito de júbilo, continuó su viaje.

Tiñó sus ojos del color de los sueños cumplidos, tejiendo con las lágrimas sin derramar una telaraña de catarsis, y derrapó por sus cejas, buscando la boca carnosa, que inundó de carcajadas desinhibidas, escandalosas, contagiosas.

Se deslizó hacia dentro y como una surfera experta cabalgó la ola de aire puro que entraba a unos pulmones cansados de contaminación. Los lavó con relente de mareas y zigzagueó por las arterias, hasta llegar al corazón para henchirlo de sangre límpida. Desbordando su propia luz en aquel corazón vibrante.

Jugó con las capas de grasa subcutánea, gritando a cada lipocito que era amado, que era maravilloso, que era merecedor de su lugar en el mundo. Invitando a aquellas células a unirse a su baile frenético, a impregnarse de ganas de vivir, a no quedarse detenidas donde no podían hacer más que aburrirse.

Brincó en las crestas ilíacas, haciendo piruetas y saboreando la textura de los huesos, bailando al son frenético del tuétano que trabajaba sin cesar. Pulió los huesos con sus pies de diamantes y los hizo cantar a su son.

Paseó con delicadeza por los entresijos del sexo, maravillándose de la perfección secreta, jugosa y acogedora que vivía entre aquellos pétalos hechos de pura sensación. Rozó con delicadeza la perla rosada y notó la tensión de los músculos, sintiendo la emoción contenida, el éxtasis esperando a ser liberado, la carne lista para derretirse en un gemido. 

Y en ese gemido salió la luz disparada, tocando las cuerdas vocales con sus dedos de cristal, para volver después con un brusco viraje.

Se sumergió en la espalda, calentando los músculos y observándolos relajarse, notando cómo se acomodaban y adormecían al escuchar su nana interminable. Vio marcharse las tensiones y deslizarse el estrés hacia fuera. 

Tomó una corriente nerviosa para dirigirse a los riñones, a los que abrazó y limpió, como una pequeña deshollinadora resplandeciente.
Después escuchó los cuentos del hígado, y rió sus chistes absurdos de químico incomprendido. Le dejó de regalo una estrella.

Pasó por los ovarios tranquilos, usando las trompas de tobogán improvisado, mientras dejaba a su paso un luminoso camino de vida y paz.
Se maravilló en la gruta uterina. Quedó callada, sentada, en aquel templo rojo, pulsátil y poderoso, sintiéndose en casa. Vio el futuro de aquel hogar expectante y mandó saludos a través del tiempo inexistente a sus futuros frutos.

Ahondó más y más en aquel ser, en aquella mujer que le había abierto las puertas.
Entró en los rincones más secretos y ocultos, hasta encontrar las puertas que rara ve se abrían.

Cruzó el umbral, atenuenado su propio resplandor para no molestar, y le sorprendió encontrar una luz mucho más grande que ella. Lució como una estrella para agradecer aquella bienvenida.

Caminó entre senderos de cristal. Recuerdos luminosos, emociones vibrantes, felicidades intensas, enfados terribles, un latido constante de emociones apuradas hasta sus últimas consecuencias. Se sintió embriagada, emborrachada de sentimientos. Y saltó, y voló.

Aquel lugar era precioso, era perfecto, y cantaba a su compás. Acarició cada esquina, rozó cada pensamiento, llenó de besos sus sueños y convirtió las pesadillas en lecciones importantes.

Llegó a las grandes heridas, aquellas demasiado secretas, demasiado profundas, demasiado recónditas. Las besó despacito, dejando fluir toda la luz que pudo encontrar, asombrada de cómo aquellas marcas cicatrizaban solas, y agradecían su presencia con una dignidad libre y sana, exenta de rencor y miedo.

Gritó de alegría, saltó y bailó bajo las intuiciones enraizadas en su ser, columpiándose en las ramas de su inconsciente y haciendo el pino entre sus deseos.

Todo brillaba, todo relucía, el cuerpo entero, el alma entera, la mente entera...

Y la luz salió, sabiendo que, en realidad, siempre viviría allí.

Espiró...

Y la luz, la magia, el amor infinito, se alejó vibrando, titilando, dejando tras de sí una estela casi imperceptible que conectaba el cuerpo de la mujer con todos los demás tocados por aquella luz traviesa y dulce. Formando una cadena interminable de seres que cantaban con la misma voz.